22 de mayo de 2018

Para Eliz


Pasó un mes y todavía parece mentira. Un chiste. Como si fueras a aparecer y decir «bueno, ya fue eso de morirme, hablemos de la vida y deliremos como hicimos toda la vida». Ya fue morirse sobre todo porque (obvio) nunca fue parte de tus planes, y todos sabemos lo que te gustaban tus planes. Vos, capricornio y cubito de hielo con rulos. Si hay algo que le gusta a la muerte es cortar de cuajo todos esos planes que hacemos, y si hay algo que le gusta decir a la gente cuando alguien muere es que la persona estaba llena de vida. Pero vos estabas llena de vida e ibas a comerte el mundo. Eso también lo sabemos todos. Estaba en tus planes y los ibas a llevar a cabo. No tengo la menor duda. 

Capaz es por eso que la palabra «muerta» suena tan rara, tan equivocada cuando la pienso contigo. Porque es imposible entender que no estés viva, justo vos, y tan así, tan de repente, tan en el medio de todo, tan fuerte. Sería muy fácil caer en creer que no pasó, en asumir tu ausencia pero no tu muerte, y por eso uso tanto la palabra, porque sería muy fácil y muy peligroso. Porque las palabras tienen eso de volver más reales las cosas, y ya vendría siendo hora de aceptar la realidad. 

Eso no quiere decir que no duela. Que no se me estruje el pecho con el recuerdo de todos estos años (más de diez, ¿te das cuenta?) de hablar y hablar y hablar y contarnos todo sin reparos, sin límites, sin vergüenza. Antes de vernos las caras y antes de tener voz. Antes de que la casualidad nos encontrara en un 17 de mañana, así, sin planes. Justo en un 17, podés creer. Nunca lo habríamos imaginado, pero igual fue bien una cosa que podría pasarnos a nosotras, si empezamos a hablar porque Papá Noel te había traído una frazada esa Navidad. Tan loco no es.

Creo que esta es nuestra única foto, y que la sacamos a la pasada, casi olvidadas, porque siempre nos olvidamos. Encima salimos rarísimas. Pero es nuestra foto y dice mucho de nosotras que nunca tuviéramos tiempo de pensar en sacarnos fotos. No había tiempo para aburrirse (qué íbamos a saber que no había tiempo para tantas otras cosas). 

No me gusta hablarte así, en un monólogo triste. Lo lindo contigo siempre fueron los diálogos y la risa, no esta cosa de fingir que por alguna magia rara va a llegarte algo de lo que te digo. Pero es necesario despedirse de alguna manera, y en esta ocasión no puedo esperar a que la casualidad me ayude, como siempre. Gracias por estos años y por estar siempre, por estar de verdad, más que muchos y mejor que la mayoría. Gracias por apoyarme en todo y por que en nuestra última conversación me dijeras lo mucho que te había gustado mi libro. Por el privilegio de ser amigas.

Siempre vas a ser la única persona que podría entender por qué los patos naranja no pueden comer ojos de anguila.

8 de enero de 2018

Komorebi



Un día te dije que tus ojos eran como ver la luz del sol entre las ramas de los árboles y me dijiste cursi. Tenías razón, pero no te estaba mintiendo.

Lloraste cuando te dije aquella vez en el subte, después de que me rompieras, que ya no podía ver el sol. Yo también lloré.

Lloramos también cuando nos rompimos del todo y nos quedamos sin sol y sin bosque y sin ganas de plantar árboles.

Lloré mientras te rompía y desde la pared nuestras fotos, nuestros pasados, gritaban qué hiciste, qué hiciste, mirá lo que hiciste, loca, imbécil, estúpida.

Loca imbécil estúpida.

Ahora extraño el bosque, aunque el sol haya dejado de brillar hace mucho. Habrá otros soles o me los haré yo sola con pedacitos de espejo y lo que no se llevó el cansancio.

Guardé las fotos, pero las oigo gritar desde los cajones. Y acá, yo, loca imbécil estúpida, trato de no pensar en lo mucho que duele que el silencio sea lo único que se filtra entre las hojas de los árboles.

Si incendié el bosque fue porque nos ganó el otoño.

31 de octubre de 2017

La desarmada

Hola a todos y feliz Halloween. Para celebrar, decidí traer a este blog —al que le he dado menos uso del que merece— el relato que leí, tal y como ven en la foto, en la reunión de octubre del #Clubdelectura.uy

Espero que lo disfruten.



Apuro el paso en las últimas cuadras.

Sé que está ahí.

No miro atrás, no quiero darle nada que parezca una invitación. Sigo caminando por la calle solitaria, esperando que alguien se asome y se dé cuenta y me salve.

Nadie lo hace, y la penumbra se extiende como humo negro, amenazante. 

Con cada paso, la calle se vuelve blanda y mis pies se mueven con dificultad. Trato de mantener la vista al frente, pero al final mis ojos bajan y se encuentran con que el asfalto ya no es asfalto. Mis pies se mueven sobre piel y carne, sobre muerte y despojo.

No miro atrás, pero sé que está cerca. Sé que no deja de seguirme. Sé que esos cuerpos también son míos. Sé que esos brazos y esas piernas sobre las que corro, ahora que corro, también son parte de mí.

El ruido del silencio me pesa y se convierte en un grito que no cesa. Los cuerpos gritan, los cuerpos se agitan bajo mis pies y me dicen algo, pero no lo distingo. Un coro de voces se alza en la calle oscura y grita. Las veo frente a mí, juntas pero solas, gritándome, con los ojos vacíos y una penumbra que se mueve en la noche y que nos abraza despacio.

Gritan, gritan y gritan, y yo grito con ellas, y mi grito se pierde en la inmensidad de una noche sin nombre. Todas gritamos porque está ahí, porque viene, porque se lleva esos cuerpos y se lleva el mío y apaga las voces y no deja nada. Por eso corro, y por eso grito.

Los gritos se desvanecen y ellas se alejan. Grito por ellas, pero mi voz se rompe. No las alcanzo.

Y me alcanza.

La calle se desarma y me traga y ya no hay más.