8 de enero de 2018

Komorebi



Un día te dije que tus ojos eran como ver la luz del sol entre las ramas de los árboles y me dijiste cursi. Tenías razón, pero no te estaba mintiendo.

Lloraste cuando te dije aquella vez en el subte, después de que me rompieras, que ya no podía ver el sol. Yo también lloré.

Lloramos también cuando nos rompimos del todo y nos quedamos sin sol y sin bosque y sin ganas de plantar árboles.

Lloré mientras te rompía y desde la pared nuestras fotos, nuestros pasados, gritaban qué hiciste, qué hiciste, mirá lo que hiciste, loca, imbécil, estúpida.

Loca imbécil estúpida.

Ahora extraño el bosque, aunque el sol haya dejado de brillar hace mucho. Habrá otros soles o me los haré yo sola con pedacitos de espejo y lo que no se llevó el cansancio.

Guardé las fotos, pero las oigo gritar desde los cajones. Y acá, yo, loca imbécil estúpida, trato de no pensar en lo mucho que duele que el silencio sea lo único que se filtra entre las hojas de los árboles.

Si incendié el bosque fue porque nos ganó el otoño.

31 de octubre de 2017

La desarmada

Hola a todos y feliz Halloween. Para celebrar, decidí traer a este blog —al que le he dado menos uso del que merece— el relato que leí, tal y como ven en la foto, en la reunión de octubre del #Clubdelectura.uy

Espero que lo disfruten.



Apuro el paso en las últimas cuadras.

Sé que está ahí.

No miro atrás, no quiero darle nada que parezca una invitación. Sigo caminando por la calle solitaria, esperando que alguien se asome y se dé cuenta y me salve.

Nadie lo hace, y la penumbra se extiende como humo negro, amenazante. 

Con cada paso, la calle se vuelve blanda y mis pies se mueven con dificultad. Trato de mantener la vista al frente, pero al final mis ojos bajan y se encuentran con que el asfalto ya no es asfalto. Mis pies se mueven sobre piel y carne, sobre muerte y despojo.

No miro atrás, pero sé que está cerca. Sé que no deja de seguirme. Sé que esos cuerpos también son míos. Sé que esos brazos y esas piernas sobre las que corro, ahora que corro, también son parte de mí.

El ruido del silencio me pesa y se convierte en un grito que no cesa. Los cuerpos gritan, los cuerpos se agitan bajo mis pies y me dicen algo, pero no lo distingo. Un coro de voces se alza en la calle oscura y grita. Las veo frente a mí, juntas pero solas, gritándome, con los ojos vacíos y una penumbra que se mueve en la noche y que nos abraza despacio.

Gritan, gritan y gritan, y yo grito con ellas, y mi grito se pierde en la inmensidad de una noche sin nombre. Todas gritamos porque está ahí, porque viene, porque se lleva esos cuerpos y se lleva el mío y apaga las voces y no deja nada. Por eso corro, y por eso grito.

Los gritos se desvanecen y ellas se alejan. Grito por ellas, pero mi voz se rompe. No las alcanzo.

Y me alcanza.

La calle se desarma y me traga y ya no hay más.


31 de marzo de 2016

Plumas de nieve

Lumi on syönyt kaiken
Routa raiskaa tämän maan
Joutsenetkin jäätyy kiinni jaloistaan

1

La música desaparece de los oídos de Ayn, y el sonido de los patines al deslizarse sobre el hielo es en lo único que se concentra mientras prepara el salto, patinando hacia atrás con la pierna izquierda en el borde exterior de la cuchilla, haciendo una curva. Con la otra pierna, entierra los picos del patín para impulsarse en el salto, y da tres vueltas en el aire, hasta aterrizar limpiamente con la pierna derecha.
Pero no termina allí. Apenas toca el hielo, se prepara para combinar el primer salto con otro, más simple. Cae hacia atrás, sobre la pierna derecha, finalizando la combinación.
El silencio se esfuma, la música regresa, el público rompe en aplausos.
Una combinación de Triple Lutz-Triple Loop perfecta.
Ayn lo sabe, por eso sonríe. Pero no se desconcentra, y sigue con el programa; nada puede fallar. Ella misma no se lo permite. Dando comienzo al Programa Corto, sabe que tiene que ser la mejor. Por eso está allí.
La música, Scheherazade, ya ha sido utilizada por grandes patinadoras antes que ella. Sin embargo, a Ayn le fascina y no le importa que luego la gente compare. Se deja llevar por la melodía mientras realiza varios giros, consciente de que su vestido reluce como una gema, y de que el público está prácticamente hechizado por sus movimientos.
Esa tarde, los saltos, los giros, cada figura, están saliendo espectacularmente bien. Ayn parece fluir sobre la pista como una energía misteriosa, una helada aparición.
Se siente totalmente libre en la secuencia en espiral; ama sentir el aire contra su rostro al deslizarse suavemente sobre el hielo. La velocidad es perfecta; la altura de los saltos, impactante; y la secuencia de paso intensa, manteniendo a todos con la vista clavada en ella, expectantes.
El Programa Corto termina con un último giro, y Ayn se detiene a la misma vez que la música, cuando el público empieza a aplaudir con fuerza. La chica saluda, sonriente, y se retira de la pista. Abrazada a su entrenadora, espera a las calificaciones de los jueces.
A pesar de saber que su actuación fue casi perfecta, no se sorprende al descubrir que está nerviosa. No lo demuestra, pero la llena de ansiedad saber qué puntaje ha obtenido. Los nueve jueces dan sus calificaciones, reveladas al público por los altavoces, y Ayn se siente desvanecer. Son tan altas…
Su puntaje final es de 61,95. En ese momento, su meta de ganar el Campeonato Nacional de Finlandia comienza a volverse real. Es el comienzo, se dice. Es el comienzo, y está siendo genial.
Se abraza nuevamente a Sini, su entrenadora, y se prepara para ver a las demás participantes. Espera que nadie la alcance, aunque todavía falte el Programa Libre. Quiere ganar. Tiene que ganar.
Pasea su vista por el público, que vitorea a una nueva patinadora. De pronto, se siente observada, lo cual es ridículo, porque hace bastante que las miradas se clavan sobre ella, esté en la pista o no. Sin embargo, esta vez es diferente. Siente sobre sí el frío de una mirada en particular, conocida, aunque no puede detectar exactamente de dónde proviene.
Nerviosa, busca su origen, pero el ruido, la música y los flashes la marean. Permanece sentada, aguardando. La chica que patina ahora lo hace muy bien, aunque comete un par de errores al aterrizar sus saltos. No puede recordar su nombre.
Ayn cierra los ojos e intenta calmarse. No deja que sus miedos la acosen, no de nuevo. Hace bastante que decidió olvidarse de ello, exactamente dos años. Desde entonces, no ha vuelto a pensar en su pasado, ni en aquello que podría arruinar su presente. Del futuro, ya se está encargando bastante bien.
Ahora, luego de una gran actuación, Ayn sólo quiere envolverse entre las cálidas mantas de su cama. Afuera el frío es desgarrador, pero en el interior puede olvidarlo. Olvidar el frío… olvidar la nieve. Olvidarlo todo, tal vez.
No, no todo.
El hielo ya es parte de ella.

[1] La nieve ha devorado todo/la escarcha ha violado la tierra/incluso los cisnes han quedado pegados al suelo, congelados. (Joutsenet, PMMP)