13 de junio de 2019

Alturas 2

Doy un paso. Luego, temerosa, muevo el otro pie apenitas, despacio, respirando profundamente. Repito la acción hasta llegar a la mitad del puente y, aunque no había cerrado los ojos, los abro de verdad y me concentro en lo que hay a mi alrededor. Los autos pasan por la calle que hay debajo con una facilidad insultante, ajenos a mi sufrimiento. Los miro, pequeñitos, y los envidio. ¿Moriría si cayera del puente? Me vi trepar la baranda y saltar. ¿Caería de frente o de espaldas? ¿Qué parte de mí golpearía el piso primero? Imagino el impacto, el dolor, el ángulo en el que se doblarían mis extremidades, la sangre derramada cuando mi cráneo se partiera contra el asfalto. Me recompongo y obligo a mis pies a seguir con el movimiento, dejar de lado la fantasía. Desde afuera, seguramente, todo parezca normal. En mi cabeza, sin embargo, hay un cuerpo que camina y otro cuerpo que se desangra. 

El balcón me mira como desafiándome, cruel e inevitable. Me mantengo alejada y sigo con lo que estoy haciendo, juego a ignorarlo mientras mis ojos se desvían a la abertura, a la luz que entra y me invita a caer. Me rindo ante tal tentación y me acerco, vacilante. El balcón no es horizontal, aunque lo veo horizontal, y llano, y seguro, y firme. El balcón parece un tobogán y se inclina hacia lo que parece el infinito, el agujero del Conejo Blanco, la nada. Yo veo una calle, sin embargo, y no tan lejana. Los autos no son pequeñitos. Aun así, me pregunto, ¿qué tanto dolería? ¿Cuánto duraría? ¿Sería un segundo, o ese segundo duraría para siempre, como en las películas? Suelto el aire que sin darme cuenta contengo y huyo despavorida hacia la seguridad de la tierra firme, de lo conocido, de las cosas que no se caen. 

¿Por qué la gente festeja cumpleaños en azoteas? ¿Acaso no tienen miedo de caer? De caer, de la caída, de las manos débiles del aire. Me siento con un vaso de algo, no importa, y trato de no acercarme a ese borde tan tentador, tan cercano, tan fácil de sortear y caer. El miedo, a veces, es tan, tan atrayente. Los límites se desdibujan y no puedo evitar pensar en lo frágil de mi cuerpo, lo rápido que podría caer, de repente, sin quererlo, sin siquiera acercarme, solo porque ese borde está ahí y me llama y me recuerda que hay una caída, aunque no caiga, y que puedo caer ahora, siempre, cada vez que el borde lo quiera. Me caigo incluso sin darme cuenta, mientras sostengo el vaso y hablo con un amigo, mientras mi boca se mueve y de ella salen sonidos, mientras nadie en esa azotea tan quebradiza se imagina que la caída está cerca y que todos nos caemos mientras hablamos y festejamos. Mientras la noche nos traga y no queda nada. 

Qué miedo da caer. Qué dulce suena.

4 de junio de 2019

La trampa del otro Montevideo

Me había resignado a que el otro Montevideo jamás contestaría mis preguntas. Que nunca iba a entender qué había pasado finalmente con mi novio, de dónde salía ese culto ni de qué manera estaba involucrada. La respuesta llegó en forma de trampa, una en la que caí por confundir este Montevideo y el otro. 

Como tantas veces, el otro Montevideo se asomó tras otro sueño. Uno que ya había soñado y que ya sabía cómo seguiría, pero salía mal y me frustraba. Terminó de forma abrupta y de esa manera también llegamos a la fiesta. El salón está lleno y la familia de mi novio —una muy distinta a la del Montevideo del que provengo— es de las anfitrionas, como siempre. No es nuestra primera fiesta allí.

Y sabemos bien qué oscuridades se enmascaran tras el espíritu festivo.

El hermano de mi novio —aunque en mi realidad tiene una hermana— nos presenta a su novia, una chica de cara amable, inocente y mejillas sonrosadas. No puedo evitar apenarme porque, aunque ella no lo sepa y solo esté nerviosa por conocer a su familia, pronto descubrirá la verdad.

Hay comida sobre largas mesas rectangulares, cubiertas por manteles de un blanco impoluto. La gente conversa y yo me sirvo una margarita enorme, de crema amarilla, sabrosa y brillante. Todo es inocente, hasta aburrido, pero nosotros sabemos que las cosas van a cambiar.

Se hace silencio en el salón. La gente se pone seria y las familias anfitrionas, las más influyentes, se colocan en el centro y empiezan con su discurso. No los escucho, solo puedo fijarme en los mozos que ahora entran con la verdadera comida: insectos.

Insectos confitados, insectos llenos de condimentos y decoración, pero insectos al fin y al cabo. Hay más, pero no puedo quitar mi vista de ellos y preguntarme por qué, si sabía que esa era la realidad, sigue espantándome. No logro ver a la otra chica, en quien podría reconocerme a mí misma la primera vez que estuve allí —si tan solo lo recordara, si tan solo fuera real.

Es el culto que buscaba. El que se llevó a mi novio en la procesión, en un pasado que visité recientemente. El que se lo llevó cuando hablé demasiado. El que en mis sueños intento destruir.

Nerviosa, intento servirme otra margarita, pero la mano de mi novio lo impide. Le doy un beso, riéndome, y vuelvo a intentar agarrarla. No me lo permite y ningún beso logra devolverle la sonrisa. Allí debo hacerle caso, porque así son las cosas en el culto y no pueden saber que nosotros no lo seguimos, que escapamos a sus designios.

De todas maneras, ¿qué mal puede hacernos una margarita?

Nos miran y él se ve molesto.

—¿No me podés dejar disfrutar un rato por lo menos?

«Disfrutar un rato». ¿De qué, de tenerme bajo su control? ¿De una fiesta con su familia y el culto que lo arrastró desde aquella noche? Después de aquello, de su secuestro, del casamiento y de mi búsqueda, no puede hablar en serio. ¿No?

Entonces me doy cuenta, horrorizada.

No puedo confiar en él.

28 de mayo de 2019

El muro del otro Montevideo

Mi prima vive en Solymar y allí es donde soñé esto, pero no se escapa de las garras decadentes del otro Montevideo. Se confude tras un sueño inofensivo, sin sentido y difícil de narrar. Aparece cuando este termina y me encuentro con mi prima detrás de su casa, frente a un muro bajito de piedra gastada, muy antiguo. Quiere que la acompañe a su liceo, que está al lado de la escuela a la que fue durante toda su infancia. 

El viaje es largo y atravesamos una pradera, hasta llegar a la entrada de una cueva. Bajamos, bajamos y la hallamos llena de muebles y útiles de papelería. Como si fueran restos de distintas escuelas, eras geológicas educativas. A veces encontramos plata que ya no existe. 

Cuando llegamos al otro lado, a la escuela, me doy cuenta de que mi prima estuvo yendo toda la vida a una escuela en otro mundo. Como si fuera el país de las hadas, un lugar imposible de alcanzar para muchos y lleno de magia para otros.

¿Acaso encontramos, en el otro Montevideo, el camino a incluso otro universo?