31 de octubre de 2017

La desarmada

Hola a todos y feliz Halloween. Para celebrar, decidí traer a este blog —al que le he dado menos uso del que merece— el relato que leí, tal y como ven en la foto, en la reunión de octubre del #Clubdelectura.uy

Espero que lo disfruten.



Apuro el paso en las últimas cuadras.

Sé que está ahí.

No miro atrás, no quiero darle nada que parezca una invitación. Sigo caminando por la calle solitaria, esperando que alguien se asome y se dé cuenta y me salve.

Nadie lo hace, y la penumbra se extiende como humo negro, amenazante. 

Con cada paso, la calle se vuelve blanda y mis pies se mueven con dificultad. Trato de mantener la vista al frente, pero al final mis ojos bajan y se encuentran con que el asfalto ya no es asfalto. Mis pies se mueven sobre piel y carne, sobre muerte y despojo.

No miro atrás, pero sé que está cerca. Sé que no deja de seguirme. Sé que esos cuerpos también son míos. Sé que esos brazos y esas piernas sobre las que corro, ahora que corro, también son parte de mí.

El ruido del silencio me pesa y se convierte en un grito que no cesa. Los cuerpos gritan, los cuerpos se agitan bajo mis pies y me dicen algo, pero no lo distingo. Un coro de voces se alza en la calle oscura y grita. Las veo frente a mí, juntas pero solas, gritándome, con los ojos vacíos y una penumbra que se mueve en la noche y que nos abraza despacio.

Gritan, gritan y gritan, y yo grito con ellas, y mi grito se pierde en la inmensidad de una noche sin nombre. Todas gritamos porque está ahí, porque viene, porque se lleva esos cuerpos y se lleva el mío y apaga las voces y no deja nada. Por eso corro, y por eso grito.

Los gritos se desvanecen y ellas se alejan. Grito por ellas, pero mi voz se rompe. No las alcanzo.

Y me alcanza.

La calle se desarma y me traga y ya no hay más.


31 de marzo de 2016

Plumas de nieve

Lumi on syönyt kaiken
Routa raiskaa tämän maan
Joutsenetkin jäätyy kiinni jaloistaan

1

La música desaparece de los oídos de Ayn, y el sonido de los patines al deslizarse sobre el hielo es en lo único que se concentra mientras prepara el salto, patinando hacia atrás con la pierna izquierda en el borde exterior de la cuchilla, haciendo una curva. Con la otra pierna, entierra los picos del patín para impulsarse en el salto, y da tres vueltas en el aire, hasta aterrizar limpiamente con la pierna derecha.
Pero no termina allí. Apenas toca el hielo, se prepara para combinar el primer salto con otro, más simple. Cae hacia atrás, sobre la pierna derecha, finalizando la combinación.
El silencio se esfuma, la música regresa, el público rompe en aplausos.
Una combinación de Triple Lutz-Triple Loop perfecta.
Ayn lo sabe, por eso sonríe. Pero no se desconcentra, y sigue con el programa; nada puede fallar. Ella misma no se lo permite. Dando comienzo al Programa Corto, sabe que tiene que ser la mejor. Por eso está allí.
La música, Scheherazade, ya ha sido utilizada por grandes patinadoras antes que ella. Sin embargo, a Ayn le fascina y no le importa que luego la gente compare. Se deja llevar por la melodía mientras realiza varios giros, consciente de que su vestido reluce como una gema, y de que el público está prácticamente hechizado por sus movimientos.
Esa tarde, los saltos, los giros, cada figura, están saliendo espectacularmente bien. Ayn parece fluir sobre la pista como una energía misteriosa, una helada aparición.
Se siente totalmente libre en la secuencia en espiral; ama sentir el aire contra su rostro al deslizarse suavemente sobre el hielo. La velocidad es perfecta; la altura de los saltos, impactante; y la secuencia de paso intensa, manteniendo a todos con la vista clavada en ella, expectantes.
El Programa Corto termina con un último giro, y Ayn se detiene a la misma vez que la música, cuando el público empieza a aplaudir con fuerza. La chica saluda, sonriente, y se retira de la pista. Abrazada a su entrenadora, espera a las calificaciones de los jueces.
A pesar de saber que su actuación fue casi perfecta, no se sorprende al descubrir que está nerviosa. No lo demuestra, pero la llena de ansiedad saber qué puntaje ha obtenido. Los nueve jueces dan sus calificaciones, reveladas al público por los altavoces, y Ayn se siente desvanecer. Son tan altas…
Su puntaje final es de 61,95. En ese momento, su meta de ganar el Campeonato Nacional de Finlandia comienza a volverse real. Es el comienzo, se dice. Es el comienzo, y está siendo genial.
Se abraza nuevamente a Sini, su entrenadora, y se prepara para ver a las demás participantes. Espera que nadie la alcance, aunque todavía falte el Programa Libre. Quiere ganar. Tiene que ganar.
Pasea su vista por el público, que vitorea a una nueva patinadora. De pronto, se siente observada, lo cual es ridículo, porque hace bastante que las miradas se clavan sobre ella, esté en la pista o no. Sin embargo, esta vez es diferente. Siente sobre sí el frío de una mirada en particular, conocida, aunque no puede detectar exactamente de dónde proviene.
Nerviosa, busca su origen, pero el ruido, la música y los flashes la marean. Permanece sentada, aguardando. La chica que patina ahora lo hace muy bien, aunque comete un par de errores al aterrizar sus saltos. No puede recordar su nombre.
Ayn cierra los ojos e intenta calmarse. No deja que sus miedos la acosen, no de nuevo. Hace bastante que decidió olvidarse de ello, exactamente dos años. Desde entonces, no ha vuelto a pensar en su pasado, ni en aquello que podría arruinar su presente. Del futuro, ya se está encargando bastante bien.
Ahora, luego de una gran actuación, Ayn sólo quiere envolverse entre las cálidas mantas de su cama. Afuera el frío es desgarrador, pero en el interior puede olvidarlo. Olvidar el frío… olvidar la nieve. Olvidarlo todo, tal vez.
No, no todo.
El hielo ya es parte de ella.

[1] La nieve ha devorado todo/la escarcha ha violado la tierra/incluso los cisnes han quedado pegados al suelo, congelados. (Joutsenet, PMMP)

17 de septiembre de 2015

Princesa astronauta en la órbita de Júpiter

¿Te acordás de cuando te prometí que no iba a escribir sobre las luces? Me besé el índice derecho, vertical y horizontalmente, muy rápido, para asegurarte que jamás incumpliría mi promesa.
¿Te acordás?
Bueno, te mentí.

Supe que iba a escribirlo desde el momento en que te juré que no lo haría. Tendrías que haberte dado cuenta, vos, que siempre me leías la mente incluso antes de que fuera capaz de pensar en algo. A lo mejor lo hiciste, pero preferiste ignorarlo.
Qué sé yo, ¿todavía te fijás en las luces? Hubo un tiempo en que no brillaban para mí. Quiero decir, sí, estaban ahí, con un resplandor falso, triste, sin sentido. Brillaban pero no, digamos. Como la luz huérfana de una estrella muerta, destinada a desaparecer. Así de dramático. Sabés que siempre me gustó exagerar.
Al final volvieron, pero no eran las mismas. Las de ahora no tienen ese nosequé capaz de robarme el aliento, ¿sería igual contigo? Mirá qué pregunta idiota, no me prestes atención.
En fin, se suponía que estaba acá para incumplir mi promesa, no para llenar la hoja de melancolía edulcorada y metáforas de bolsillo. Vas a tener que perdonar que, a pesar de todo lo que dije, sea yo quien no tiene muchas luces.

No me acuerdo de cómo te conocí. Dale, enojate, yo lo haría. Solo me acuerdo de que empecé a prestarte atención cuando contaste la historia de la princesa astronauta.
Al principio me reí, como todos. No te importó. Continuaste relatando acerca de quienes creen que las linternas del Salvo y el Barolo eran usadas para comunicarse a través del río. Me gusta más tu teoría de las naves espaciales.
¿Lo parecen, verdad? Siempre que cruzo la Plaza Independencia me pregunto qué pasaría si de repente el Palacio Salvo decidiera despegar, dejando atrás una estela de fuego y escombros. Te considero responsable de eso.
La princesa astronauta partió en su nave hace muchísimo tiempo, llevándose consigo un tercer palacio que nadie recuerda. El original, el que inspiró los otros dos, gigantes que jamás despegarán hacia el infinito. Soñabas con capitanear uno de ellos para descubrir qué había sido de la princesa.
¿Qué tan lejos se hallaría su nave? ¿Cuántos planetas habría alcanzado? ¿Cómo se verían las luces desde el espacio?
Las luces.
Vos decías que hablaban. Que nos susurraban sus secretos todo el tiempo. Un farol, el fuego, los autos formando un firmamento en la carretera. La luna no, la luna era sólo un eco. Creo que lo que no te gustaba era que no brillara con luz propia.
Pero eso me lo contaste sólo a mí, en confianza. Me pediste que no lo repitiera, que no escribiera al respecto, que era algo entre vos y yo. Y acá me ves.
Me enseñaste a reconocer los planetas a simple vista. No titilan, repetías, y yo intentaba recordar cuál era cuál. Venus, Marte, Júpiter, ¿qué importaba? A mí lo que me gustaba era escucharte, y a vos Júpiter, porque calculabas que la princesa debía andar por ahí, mirando la eterna tormenta roja y sonriendo.
¿Qué le dirían las luces a ella?
Quizás las linternas de los palacios sí hablaran de orilla a orilla, después de todo. O quizás la princesa está muerta y lo único que nos llega es su luz. No lo sé, me gustaría preguntarte. Eras vos quien sabías responder a este tipo de cosas. Yo nunca tuve demasiada imaginación, hasta me costó recuperar las luces.
Tampoco sé cumplir mis promesas. Es mucho lo que no sé, como podrás ver. Pero sería lindo poder volver a hablar de las luces contigo. Que me volvieras a dar clases básicas de astronomía. Que me narraras los viajes de la princesa.
Sería lindo saber si desde tu ventana se ve Júpiter.




Este cuento está publicado en la antología Hilando Historias (CreateSpace Independent Publishing Platform, 2014), que puede conseguirse acá: http://www.amazon.com/Hilando-Historias-Spanish-taller-literario/dp/1494974274/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1438738968&sr=8-1&keywords=hilando+historias