25 de noviembre de 2009

Me quiere, no me quiere...


A veces el amor puede ser como jugar a la ruleta rusa. Es peligroso, pero siempre hay una oportunidad. Para mí, el amor era como jugar…sola.
Mi gran error no fue jugar, sino, no abandonar la partida a tiempo, cuando tuve la oportunidad.
No deseaba hacerlo, no quise, pero no pude evitarlo. Ella tuvo la culpa, ella me dijo que lo hiciera ¡Es su culpa, su culpa!
Y ella… ella era yo.
De cierta forma, claro. Yo era totalmente conciente de que si hubiera sido más precavida, ella nunca hubiera salido a la superficie, pero me confié demasiado.
No te quiere
-Sí, me quiere.
No te quiere
-¡Sí me quiere!
¡No te quiere!
¡BASTA!
La voz me rondaba la cabeza, me daba vueltas, me hacía temblar. Un tiempo atrás, supe controlarla. Cuando lo conocí, olvidé todo.
Él era mi vida, mi nueva vida. Me llenaba de alegría saber que me quería, que yo también era todo para él.
Pero ella no estaba de acuerdo.
Te está engañando
-No, él me ama.
No confíes en él
-Basta.
Tomé la medicación, sabía que tenía que tomar las pastillas para controlar mi enfermedad. A pesar de todo, llevaba una vida casi normal.
Ella era… era yo, sabía que era yo. Pero me destruía, me atacaba en mis puntos débiles. ¿Quién mejor que yo misma para hacerme daño? Nadie sabía tan bien como ella…. Cómo destruirme.
Por suerte existía medicación para acallar su voz. Benditas pastillas, pero maldito, maldito el día que no las tomé.
¡Pero fue ella! ¡Ella me convenció! Ella tomó las riendas de mi vida y me condenó, sin oportunidades.
Debí dejarlo… él era demasiado para mí, no debí seguir con él, exponiéndolo de esa forma a mi locura.
Éramos felices, él era mi motor. Mi risa, mis lágrimas, mi vida. Y yo era para él un puerto seguro, su fortaleza.
Pero allí estaba ella, para acabar con toda mi felicidad.
No confíes en él
-Basta, silencio.
No te ama, te desprecia
La silencié con una dosis de mis medicinas. Me llenaba de placer no escuchar su voz molesta y aguda, porque, no puedo negarlo, también me llenaba de dudas.
¿Y si él de verdad me engañaba?
Tonta, tonta, tonta. Sí, tonta yo. ¿No me había dicho el doctor que no le hiciera caso? Tonta.
Pero no lo podía evitar. Oírla era un tormento que sembraba intrigas en lo más profundo de mi corazón.
Y como siempre, llegó el día que desencadenó la tragedia. Era obvio, me confiaba demasiado de él y de mi, tanto que olvidé comprar nuevas pastillas. Me quedaba todavía una caja, así que no me preocupé más.
La noche estaba calmada… sólo mirábamos televisión. Una velada normal, inocente. Perfecta.
Y de repente, sonó su celular. Él miró el número, y salió de la habitación para contestar.
¿Por qué se va para hablar?
¡Otra vez su asquerosa voz! ¿Qué pretendía?
No quiere que escuches
Necesitaba las pastillas… ya mismo. Las tomé del botiquín del baño, me calmé en seguida. Me desesperaba que se escapara de mi control, odiaba depender de las medicinas; pero no me quedaba otra opción.
Me dolía la cabeza, a veces me dolía después de ingerir mis remedios. Volví al living con cara de “no pasa nada”. Él no se preocupó, no sabía nada de mi problema, pensaba que tenía “jaquecas”. Nunca se me pasó por la cabeza contarle ¿y si se asustaba? No, no. ¡Cómo me iba a arrepentir de esa decisión en tan poco tiempo!
No hice más comentarios, pero ya no pude seguir viendo la tonta comedia romántica que estábamos mirando. Ella… ella había sembrado la duda.
Alejé de mi mente esos pensamientos. No iba a caer en su juego, no de nuevo. La última vez no sólo me habían expulsado del colegio, si no que había perdido a mis padres en un accidente.
No debí gritar, mis padres debieron ignorarme… hubieran visto el cartel de PARE y el camión no hubiera estrellado el auto. Siempre me preguntaba por qué ellos habían muerto… y yo no.
Fue tu culpa
¿Otra vez?
Me levanté rápido y corrí al baño. Me tragué la pastilla y la bajé con un gran vaso de agua. ¿Cómo era posible? Maldita voz…
Te odia, te engaña
¿¡Cómo era posible!? Abrí de nuevo el botiquín… y no pude creer lo que veía.
No tenía más pastillas.
Me sentí enloquecer, tenía miedo, no quería lastimarlo, de verdad lo amaba.
¿Pero él te ama?
¡Basta!
No te quiere
¿Y si ella tenía razón? Lo sé, debía hacerle caso al doctor, pero en ese momento los celos me cegaron completamente.
¿Quién había llamado?
Te engaña, no te quiere
Tenía que hacer algo. No soportaba el dolor, los celos… se me nublaba la vista.
Mátalo, mátalo
Sí, tenía que matarlo… ¿Matarlo? ¿¡Matarlo!? ¿Qué estaba diciendo? No, no debía hacerle caso.
¿Vas a dejar que se ría de ti?
Salí del baño, él estaba en la cocina. Necesitaba algo, alejar la voz de mi cabeza.
-¿Quieres un té? –le dije.
-Sí, gracias – contestó con una sonrisa.
Puse el agua a hervir, y busqué un sobrecito de té. Me temblaban las manos cuando tomé el veneno para ratas.
Échalo en el té
No, no lo haría. Dejé la caja sobre la repisa y seguí haciendo el té.
-Voy a salir un rato mi amor. Voy al aeropuerto a buscar a mi madre –dijo él.
-Ah… muy bien –dije yo.
¿Ves? ¡Te engaña!
No podia creerle, era demasiado.
¡Échale el veneno al té!
No podía pensar… no podía reaccionar….
¿Valía la pena dejar todo, mi vida, mi amor, por el susurro de una voz imaginaria?
Pero para mi no era imaginaria… era real, muy real.
El té siguió calentándose cuando en la sala volvió a sonar el celular.
-Yo voy –me apresuré a decir.
Corrí y atendí rápidamente, sin ver el número. Al escuchar mi voz, colgaron.
¿Necesitas más pruebas? ¡Te engaña!
Desesperada, busqué en todos los cajones de la casa una nueva caja de pastillas. No había, ¡no había! Me mordí las uñas, estaba enloqueciendo.
El celular volvió a sonar, pero no llegué a atender. Miré las llamadas perdidas y sentí que el mundo se me venía abajo.
Había tres llamadas que decían….mamá.
Corrí a la cocina y llegué a tiempo para ver como él ya tenía una taza en la mano y bebía inocentemente su sentencia de muerte.
-Está muy rico, mi vida –me dijo con la misma calidez de siempre, con su última sonrisa.
Me eché a llorar ¿Qué había hecho? Él empezó a toser mientras me miraba aterrado. Su miedo me hizo tomar conciencia de todo… y no pude aferrarme ni siquiera a los pedazos del mundo que acababa de destruir.
Le pedí perdón, le rogué, le lloré hasta que él dejó de moverse.

Era tarde para pedir perdón. Seguí la partida hasta que fui la única jugadora. Era mi turno hasta el fin en esa ruleta mortal.
Entre lágrimas, apreté el gatillo….
Y perdí.




3 comentarios:

  1. Me ha encantado :) genial!

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  2. Ya te había dicho de lo mucho que me gustaba, ¿verdad? Jeje, súper mamá Vega XD

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  3. hola! 8D
    soy chukie de JR xD
    me he leido el relato y te he comentado xD

    me ha encantado... en serio... y casi me pongo a llorar xD

    tambien estoy ojeando tu blog ^^
    ya tienes a otra seguidora 8D

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