29 de diciembre de 2010

Querrías?

Y si quisieras
Sólo si quisieras
Podrías hacer que
cada palabra
cada susurro
cada pensamiento
tuviera otro significado
y no los derrochase
pensando en cómo hacer
para que lo tuvieran
sin saber si querrías

10 de diciembre de 2010

Humo


El humo del cigarro se eleva en etéreas volutas, que bailan al compás de la noche como si fueran de seda. Te atrapa su danza casual, la luz del cigarrillo, la forma en que su dueño se lo lleva a los labios. Todo te resulta extrañamente lejano, pero a la vez, tus sentidos lo perciben muy cerca.
Sacudís la cabeza, un poco aturdida. Contemplás disimuladamente tu entorno, la parada del Punta Carretas Shopping, donde esperás a que llegue tu ómnibus. Como muchos viernes por la noche, la parada está llena de gente de todas las edades, que decidieron ir a pasear o a comprar algo, o ambas cosas. Realmente no te interesa.
Volvés a mirar al desconocido que fuma. Que fumaba. Ya no lo hace.
Lo estudiás, mirándolo de reojo. Está apoyado despreocupadamente en el cartel con publicidad de la parada, y la luz de éste recorta su figura, dándole un aire extraño. Es joven, aunque sigue siendo mayor que vos. Desde tu posición en el banco, de esa misma parada, te resulta difícil observarlo sin que se de cuenta.
La noche, una noche cálida de principios de diciembre, se tiñe del aroma de los jazmines. Las luces de la ciudad no dejan ver todas las estrellas, pero algunas se asoman en la negrura del cielo, y saludan a quienes disfrutan del aire libre.
Hay algo en la luz de las estrellas que siempre te perturbó. Saber que el astro puede haber muerto hace muchísimo tiempo, y que su resplandor aún exista, te provoca una extraña sensación en el pecho. Algo indescriptible.
Volvés a girar tu cabeza hacia el desconocido. Esta vez, tu mirada cruza la suya, intensa, y le sonreís. Nunca te intimidó que te miraran a los ojos. La gente que no mira a los ojos, es porque tiene algo que ocultar. Sabés que en las pupilas de alguien podés llegar a descubrir mucho más que en sus palabras. Y quienes no miran a los ojos, lo saben también.
Pero sus pupilas no tienen miedo de que descubras sus secretos, más bien, te invitan a ello. Son como dos trozos de cielo nocturno, rodeados por tierra mojada. Un túnel del que resulta difícil escapar. Te preguntás quién va a romper el contacto visual primero, pero tu duda se resuelve pronto, cuando él gira la cabeza hacia la calle. No, el que para no es tu ómnibus, ni el suyo.
Tragás saliva, de repente consciente de que estabas conteniendo el aliento. Mirás el reloj, aunque en realidad no te estás fijando en la hora. Es tan sólo una postura, para no quedar como una idiota. Suponés que es demasiado tarde para eso, pero por lo menos podés no empeorarlo.
Entonces, sentís unas ganas enormes de hablarle. Decirle algo. Lo que sea.
Pero no podés preguntarle la hora, acabás de mirar tu reloj. Peor, tenés reloj, y es visible. Tampoco podés pedirle un cigarro, porque no fumás. Y cualquier otro intento de entablar una conversación, sería tan evidente. Tan obvio, tan poco vos.
Un niño llora. Su ómnibus demora y quiere volver a casa. La madre trata de calmarlo, porque las otras personas empiezan a mirarlo con mala cara. Cerca del niño, hay una pareja. Él la abraza, aunque no haga frío. Es ese tipo de calidez que nada tiene que ver con la temperatura, que tanto bien te haría ahora. A veces, la soledad es más fría que el invierno, incluso a principios de diciembre.
Eso te lleva a mirar de nuevo al desconocido, que deja que su mirada se pierda en la calle desierta, por la que pasa algún auto ocasional, y un poco menos seguido, algún ómnibus. Te preguntás qué hace él solo, por qué está allí. Incluso elaboras una historia en tu mente, algo que explique su presencia. Por lo menos, una historia más interesante que la tuya. Menos dolorosa.
Llega un 76 y el niño y su madre se van en él, junto con varias personas más. La parada queda un poco más vacía, y eso te lleva a considerar la posibilidad de que el desconocido, ya no tan desconocido, se tome el mismo que vos.
Lo imaginás subiendo detrás de vos, pagándole al guarda, siguiéndote hasta tu asiento. Entablando una conversación, poniéndole palabras a sus pupilas, como si no fuera suficiente con lo que éstas ya te dijeron. Lo imaginás hablando, imaginás su voz. Imaginás tanto...
Pero con imaginar no basta, ¿sabés? Porque entonces llega un 121, y él se sube. Y te deja allí, imaginando sus palabras y su voz. Dejándote sólo el humo y la certeza de que no vas a volver a verlo.
A vos todavía te queda tiempo de esperar.




Este relato fue publicado en el primer número de la revista digital Relatos a quemarropa. 

25 de noviembre de 2010

Tanto

Necesito que me quieras
que me quieras tanto
que no sea suficiente un abrazo
si no es en mis brazos
que no sea suficiente un beso
si no es de mis labios
que no sea suficiente una caricia
si no son mis manos
las que rozan tu piel
Necesito que me quieras
que me quieras tanto
pero tanto, tanto
que no haya abrazo que sea suficiente
si no es en tus brazos
que no haya beso que sea suficiente
si no es de tus labios
que no haya caricia suficiente
si no son tus manos
las que rozan mi piel

17 de noviembre de 2010

Risa y pico

Si alguna vez cambiás de opinión
y te animás a sonreír
a sonreírme
a entender que el tiempo vuela
como vuela el cóndor
como vuela el águila
y como vuela el picaflor
que no se detiene
que por eso tenés que sonreír
y dejar que te sonría
y cantar como un mirlo
como un ruiseñor
así de cursi
sí, para mí

15 de octubre de 2010

Retrato de tu ausencia

Cuando te recuerdo
a veces, de a ratos
se asemeja a la nada tu rostro
tan definidos los rasgos
como un espejo de agua

Cuando te pienso
en silencio, callada
tu voz, tus palabras
se desvanecen en el aire
en murmullos, en el eco, en el viento

Cuando te evoco
en mi mente, en sueños
tus manos, tu piel
se me escapan, sin alcance
sin piedad, de entre los dedos

Cuando te extraño
siempre, ahora
no sé si te recuerdo
o si en el olvido
soy yo quien te inventa

11 de octubre de 2010

Siempre la misma estúpida

No estabas.
En ese momento, cuando tenías que estar.
No estabas.
¿Y sabés qué?
Ya no importa.
No te necesito.
Andate.
Total, ¿qué te importa?.
No te importó antes.
No lo suficiente.
No estabas.
¿Y yo?
Siempre la misma estúpida.
No.
Ya no.
Andate, por favor.
No, no quiero ni saber.
No me lo digas.
No estabas, listo.
Si me duele es porque me importás.
Vos no te das cuenta.
Nunca te das cuenta.
Creo.
No importa.
Porque no estabas.
En el momento preciso.
Cuando me hacías falta.
No estabas.
Ni tu sonrisa, ni tus ojos.
Tus ojos como pozos oscuros.
No estabas.
Ahí.
En ese instante.
No estabas.
No, no te molestes.
Ni me lo digas.
No me hables.
No te acerques.
No, no me toques.
No, no te vayas.
No te alejes.
Vení.
Acercate.
Abrazame.
Quedate conmigo.

5 de octubre de 2010

Soledad

Paso a paso, Soledad camina entre la multitud, abriéndose camino hacia ninguna parte. Nadie la llama, no por lo menos en voz alta. Pero ella siente esa tortuosa necesidad de acompañar a quienes no encuentran a nadie. Carga con el deber de sentarse a su lado y cantarles, llenar el vacío, abrazarlos con su música silenciosa y llevarlos hasta la mismísima locura, si es necesario.
¿Por qué?
Soledad no lo sabe, pero siempre fue así. Desearía poder ser como Esperanza y llenar de fuerzas a los demás,  o por lo menos ser acompañada por Consuelo, para que su misión no sea tan dura.
Pero la única que a veces la acompaña es Dolores, siempre igual de implacable. Soledad se pregunta si la gente alguna vez va a dejar de sufrir cada vez que se acerca a ellos, si podrían llegar a desearla con la misma devoción que a Paz.
En el fondo, sabe que no.
Sabe que está condenada a ser una paria, una persona non grata.
Sabe que el suyo es un trabajo solitario.

25 de agosto de 2010

Blancanieves I

Blanca escarcha en mi ventana
piel nívea de sueños de invierno
que suspira el frío hálito del ocaso

Roja sangre que da vida a tu cuerpo
que fluye por tus venas inocentes
como un río encarnado

Negra noche que nos refugia
cuyo manto sagrado es el anhelo
de morir mil muertes contigo


Y ser por siempre yo
Eternamente
Blancanieves

17 de mayo de 2010

Palabras


...palabras que se quedan a mitad de camino
palabras rotas que no llegan al destino
palabras viejas, palabras que mueren...

...frases desalmadas que atraviesan la piel
frases silenciosas que destruyen universos
frases frías, frases que lastiman...

...voces que quiebran voluntades
voces que ocultan mil verdades
voces que callan, voces que gritan a la luna...


palabras malditas...
...frases violentas...
voces perdidas...

16 de mayo de 2010

Ojos de tormenta

Estás muerta. Tu cuerpo reposa frío sobre la arena, y podrías pasar por dormida de no ser por tus ojos, abiertos a un mundo que jamás volverán a ver.
Tendrías que haberlo sabido. Tendrías que haberlo evitado, pero... ¿cómo?

Imposible saber si fue la noche, si fue el aire, o si fue la bebida. Pudo ser el baile, la gente, la calle. O tal vez fue el verano, aquella libertad estival, la que te hizo cometer aquella locura.
Nunca te habrías fijado en él si no fuera por Carolina. Tu amiga sostenía el vaso de plástico y bebía de él como si su contenido fuese infinito. Vos también querías, pero ella, en un arranque de egoísmo, se negaba a compartirlo contigo, alejando el vaso de tus manos cada vez que tratabas de quitárselo.
Era inevitable. Carolina se tropezó en el forcejeo, y vos esquivaste el líquido que escapaba del vaso. Pero él no pudo esquivarlo.
Te diste vuelta para evaluar los daños, y la irritación en el rostro del chico, por un momento, te asustó. Entonces, sin darte tiempo a respirar, él alzó los ojos hasta los tuyos, y tu destino quedó sellado desde ese instante. Sus iris eran grises como un cielo tormentoso, pero era la negrura absoluta de sus pupilas lo que te cortó la respiración.
―¡Perdón! ―te excusaste en cuanto la voz te regresó. Carolina sólo se rió, incapaz de disculparse, pero no te enojaste con ella. Ni siquiera te diste cuenta de que estaba allí. Toda tu atención estaba centrada en aquel joven a quien le habías manchado la blanca camisa. Sin embargo, él sonrió.
―No pasa nada ―contestó en un ronco susurro, casi un ronroneo.
―¿S-seguro? ―tartamudeaste medio hipnotizada, medio sintiéndote estúpida.
―Seguro ―afirmó, y esbozó una sonrisa felina. No pudiste evitar compararlo con una pantera negra, elegante y letal―. Soy Damián, ¿y vos?
Se te atragantó la voz y temiste quedar como una idiota, así que hiciste un esfuerzo sobrehumano para poder contestar.
―Micaela ―soltaste, al fin, y casi suspiraste de alivio. Esperaste que no lo notara, por supuesto.
Damián pasó su mano por la camisa, intentando arreglar un poco el desastre, en vano. Sentiste la sangre correr por tus venas con tal fuerza que tus latidos parecían el galope de miles de caballos.
―¿Entramos? ―te preguntó Carolina, señalando las entradas en tu muñeca y la suya.
Asentiste, y te preocupó un segundo el hecho de querer quedarte allí con Damián un poco más. O toda la noche.

El Centro de Atlántida estaba repleto de jóvenes, de turistas y de artesanos. Entraron a Gitana mezclándose entre la multitud, intentando no perderse la una de la otra, y ya sintiendo la música vibrando con fuerza.
No pudiste evitar  perderte en el baile, dejar que tu cuerpo siguiera los impulsos. El ritmo te inundaba por completo, sabías que Carolina estaba bailando a tu lado, pero su figura se desdibujaba mientras te ibas encerrando en tu propio mundo.
Pero pronto algo te sacó de tu ensimismamiento. O más bien, alguien.
―Hola de nuevo ―saludó Damián, con aquella voz ronca.
―Hola ―te sorprendiste, sintiéndote repentinamente cohibida.
Había algo en él, su sonrisa, la forma en que se movía... No pudiste despegar tu mirada de Damián, de sus ojos de tormenta. Casi esperaste ver un relámpago atravesándolos, y fue algo parecido lo que ocurrió cuando te dedicó una sonrisa algo diferente. Demasiado atractiva, como un imán. Inhumana.
Se acercó a vos como un depredador a su presa, y, sintiéndote un frágil gorrión, retrocediste. Pero él no te dejó escapar, y fue inevitable que comenzaran a bailar juntos, casi sin que entendieras cómo habías llegado a hacerlo. Sus manos, las tuyas, rozas sus brazos, su cuerpo...
Te estremeciste y te resultó imposible volver a caer en el torbellino de la música. Ahora estabas encerrada en la burbuja de Damián. En su tormenta.
Ya ni siquiera oías las canciones, la muchedumbre desaparecía como volutas de humo, y hasta el tiempo pareció enlentecerse.
No podías explicarte el por qué de aquella atracción hacia Damián. Simplemente sentías la necesidad de estar frente a él, de no perder la conexión con sus pupilas, que sus pieles siguieran tocándose. Quemaba.
Comenzabas a sofocarte, te sentías cada vez más cansada, tanto que tuviste que detenerte a respirar.
―¿Querés salir un poco? ―te preguntó Damián. Asentiste, sin fuerzas para hablar, y él, tomándote de la mano, tiró de vos hacia la salida.
―¿No vamos a ir al patio? ―preguntaste confundida, mirando hacia la dirección contraria.
―Hay mucha gente, va a ser lo mismo ―fue su contestación. Vos no replicaste, sumida en aquella fascinación extraña. No entendías qué te sucedía, por qué estabas saliendo de Gitana con un desconocido.
―¡Mica! ―te llamó Carolina con una mirada inquisitiva.
―¡Ya vengo! ―le gritaste.
Ella pareció tranquilizarse un poco, pero tampoco había quedado muy convencida. A vos no te importó en lo más mínimo. La atracción que ejercía Damián sobre vos era casi absoluta. Y estabas tan cansada...

El aire fresco sopló en tu rostro al salir del baile. Aunque eso no te hizo sentir mejor, sólo tener más frío. El repentino cambio de temperatura no fue del todo bueno para tu cuerpo.
Damián pasó un brazo sobre tus hombros y volviste a estremecerte. Caminaron  por las calles repletas hasta una un poco más vacía, esperando allí poder respirar un poco. Seguías sofocada y hasta agotada.
La oscuridad no te reconfortaba ni te hacía sentir muy tranquila, pero Damián acarició tu hombro despacio, levemente, y todo perdió el sentido. Tus preocupaciones se alejaron como el vuelo de una paloma en una plaza, y la oscuridad se convirtió en tan sólo un escenario.
Estabas tan fascinada por el contacto de sus dedos sobre tu piel que no te diste cuenta de que habían llegado a la rambla.
―¿Bajamos a la playa? ―inquirió con voz irresistiblemente seductora. No respondiste, pero no fue necesario. Estabas tan hechizada por él, su voz, su sonrisa, que le habrías seguido hasta los confines del universo.
Cruzaron hasta la playa y te descalzaste en cuanto alcanzaron la arena. La sentiste bajo tus pies, fría, y eso te devolvió a la realidad.
Estabas en la playa, sola con un extraño. No era algo que normalmente harías, vos, una chica responsable y sensata.
Pero estabas tan cansada... demasiado como para decirle algo.
Damián notó que estabas un poco más recelosa, y te acercó a él, mirándote con una intensidad insoportable. Sus ojos de cielo tormentoso se clavaron en los tuyos como puñales de relámpagos, impidiéndote hacer un sólo movimiento. De todas formas, tampoco habrías podido hacerlo. Estabas realmente agotada, casi somnolienta.
Damián acarició tu mejilla y el rastro invisible tras sus dedos parecía echar chispas. Pero la caricia consiguió aturdirte, hasta darte mucho sueño. Tus ojos prácticamente se cerraban.
Se acercó aún más y apoyó sus labios contra tu boca. Ese simple contacto te provocó un estallido de sensaciones, tan intensas como su mirada. Igual de peligrosas, igual de adictivas. De no ser porque él te sostenía, te habrías desplomado, totalmente extenuada.
Al fin, rompió la poca distancia besándote, primero con suavidad, después con algo de voracidad. Hambre.
Haciendo acopio de todas tus fuerzas, te apartaste de él, con las emociones encontradas. Te hacía sentir tan bien pero... te asustaba. Sabías que estaba mal, por más que aquello hubiera sido una de las experiencias más extasiantes de tu vida.
―¿Qué... es... lo que... querés?  ―inquiriste, jadeando por el esfuerzo.
Damián sonrió, malicioso, y apoyó su frente sobre la tuya.
―Tal vez quiero tus labios ―murmuró, dándote un beso suave y corto―, tal vez quiero tu piel ―continuó en una caricia―. Tal vez tu corazón, tu alma... tu vida...
Aterrada, supiste que lo decía en serio. Muy en serio. Quisiste alejarte, pero su abrazo letal era imposible de romper. Volvió a besarte casi con una furia desenfrenada, y sentiste como poco a poco la vida se te escapaba, el cansancio te consumía, los ojos se te cerraban...

Estás muerta. Tu cuerpo reposa frío sobre la arena, y podrías pasar por dormida de no ser por tus ojos, abiertos a un mundo que jamás volverán a ver.
Tendrías que haberlo sabido. Tendrías que haberlo evitado, pero... ¿cómo?

28 de marzo de 2010

Silencio

Camino por la calle oscura, la luna brilla por su ausencia. La única luz es el foco parpadeante de un farol en la esquina, que ilumina agónico a toda la cuadra.
Oigo el sonido rítmico de mis pasos, impidiendo que el silencio nocturno sea absoluto, contundente. Pero sé que no estoy sola. Sé que aunque no puedo escuchar nada más que el clac clac clac de mis zapatos, hay algo más allí.
El presentimiento me recorre el cuerpo como un escalofrío ineludible, tiemblo y camino apretando el paso, convenciéndome a mí misma de que falta poco para llegar a mi destino.
La calle desierta, fantasmal, es tan inquietante que hasta me tienta esbozar una sonrisa sarcástica. No debería caer en lugares comunes, como asustarme por un poco de oscuridad. Pero la sensación de no estar sola es tan fuerte...
El frío sobre mi espalda aumenta, al igual que los latidos de mi corazón, que palpita cómo el de un pájaro acorralado por su felino cazador. Sé que hay algo. Sé que me persigue. Sé que no voy a escapar.
Me apuro, caminando más y más rápido. Sea lo que sea que me siga, no se va. No miro atrás, me aterra confirmar mis sospechas. La tétrica noche se abalanza sobre mí, y no puedo evitarlo. Es la noche, la oscuridad. Es la soledad, es el silencio.
Hay algo que quiere atraparme, y ese algo lo va a conseguir.
Desesperada, corro. Comienzo a correr de forma caótica, consciente de que no sirve para nada. Pero el instinto de supervivencia es más fuerte que la lógica. Y desde luego, aquello que me sigue es más fuerte que yo.
Al fin, sin poder creerlo, llego hasta la puerta. La puerta que me podría llevar a la salvación. Busco las llaves en mi cartera, sintiendo que eso cada vez está más cerca. Las encuentro e intento meter la adecuada en la cerradura, pero se me resbalan y confunden entre las manos. Sudo, respiro agitadamente y me tiembla el cuerpo entero. Estoy nerviosa, asustada.
La llave entra en la cerradura, la giro con triunfal alivio y...
Y es demasiado tarde.



22 de marzo de 2010

Volver


Caminas bajo la luna pensando en volver. Volver...
Parece tan lejano aquel día en el puerto, cuando dejabas atrás todo lo que conocías para embarcarte en una nave de sueños y anhelos. Pero aún así te sentías lista para afrontarlo.
Qué equivocada estabas.
Ni siquiera los días junto a él hicieron menos gris tu estancia al otro lado del océano. Simplemente no era tu lugar, no pertenecías a esas calles ni a los recovecos de la ciudad. Por más que él quisiera hacerte feliz, que pudieras contemplar las estrellas sin que intentaras imaginar si quienes dejaste atrás las estarían mirando también; eres consciente de que no iba a funcionar.
Ese cielo sobre tu cabeza no era tu cielo, y el suelo que pisabas no te pertenecía. No pertenecías a él y por eso la melancolía te inundaba como a un barco a punto de naufragar. Casi podías sentir el frío de aquel océano de lágrimas abrazándote, y era tentador dejarte ir en él, sin pensar.
Por eso, ahora caminas bajo la luza de la luna, pensando en volver.
Volver...


(para el ejercicio "Manchar la hoja en blanco" de Novelia)

19 de marzo de 2010

Ser...

Ser una hoja. Balancearse en el viento, en la brisa suave. Ser parte de un árbol, un bosque, un mundo. Ser abrigo, ser refugio, ser sombra, ser caricia. Ser sonido, ser murmullo, ser susurro. Ser verde, ser amarilla, ser marrón. Volverse seca, volverse vieja, volverse muerta. Ser primavera, ser otoño. Ser alfombra, ser camino, ya no ser...


12 de marzo de 2010

Rosa


Suaves pétalos, tallo espinoso. Así era ella, una flor delicada pero capaz de causar dolor, como la del Principito.
Pero ella era real, tan real que no creía en nada. Ni siquiera en las rosas, ni en príncipes. Menos aún uno de otro planeta.
Era suave, hermosa, embriagadora. Pero también era cínica, dura, fría.
Ella era una rosa. No cualquier flor.

9 de marzo de 2010

Que me miren

Me río sola.
La carcajada recorre mi garganta como cosquillas cálidas, para terminar entre mis dientes, intentando escapar de mis labios represores. Cierro los ojos; el recuerdo de aquella tarde en la plaza me inunda y lo veo tan nítido que casi puedo sentir el susurro de las hojas al moverse, el candor de ese sol otoñal, lo esponjosas que estaban las nubes.
Y te recuerdo. Te recuerdo sonriendo como si el tiempo fuera infinito, como si ese instante fuera infinito. Imposible olvidar lo dulce de tu mirada cuando se encontraba con la mía, lo suave de tus manos cuando rozaban mi piel. Tus palabras me hacían reír casi hasta llorar, tu voz me acariciaba como terciopelo.
Me río sola, la gente me mira extrañada, sin comprender por qué la risa acude a mi boca de una forma tan inesperada.
No me importa. Que me miren.




24 de febrero de 2010

Palabras para un reencuentro

Sí, ya sé lo que haré cuando te tenga en frente, cuando te vuelva a ver, si algún día lo hago.
Voy a reconocer tu espalda tan familiar y a correr hacia ti gritando tu nombre, como en aquellas películas de las que tanto nos gustaba burlarnos. Vas a darte vuelta lentamente y a contemplar con sorpresa las lágrimas de emoción que escaparán mis ojos.
Yo, mientras tú vas a estar demasiado aturdido como para hablar, voy a abrazarte diciendo tu nombre una y otra vez, como lo hago todavía las noches en que me haces falta, pero esta vez, sintiendo tu calor envolver mi cuerpo, y no el frío de las sábanas solitarias.
Te diré que te echo de menos, que extraño tus sonrisas adormiladas por la mañana, aquellas caricias como una brisa estival, tus ojos de tierra mojada. Te diré que fui una idiota, que fuiste un idiota, que fuimos idiotas.
Repetiré hasta el cansancio que maldigo el momento en que nuestros labios dejaron de entonar dulces melodías para soltar el veneno corrosivo de un insulto.
Voy a mojar tu mejor traje, el mismo que heredaste de tu abuelo, con mi llanto patético y telenovelesco. Vas a apoyar tu barbilla sobre mi cabeza y a susurrar que deje de llorar, que no me entiendes una sola palabra.
Y yo me voy a reír y te voy a decir que nunca debiste tomar el avión, que fue una medida demasiado drástica, que me persones, que no quise herirte, que te quiero, que te amo, que te necesito.
Y entonces, estoy segura, vas a apartarme y a clavar tu mirada en mis ojos vidriosos, y con dolor vas a decirme que no tengo excusas.
Yo, ciertamente, te daré la razón miles de veces, hasta el cansancio, murmurando que fue culpa del alcohol, pero mía también. Que no debí dejarme atrapar por el hechizo de sus ojos azules.
Y ahí voy a romper a llorar nuevamente, anhelando que tus labios que ahora tanta falta me hacen, se posen sobre los míos y me hagan recorrer nuevamente aquellos senderos remotos que transitamos en tantas ocasiones.
Pero tú vas a sostenerme, tus brazos fuertes, tu pecho seguro. Vas a acariciar mis mejillas, mis labios, vas a mirarme con decepción y tristeza, pero con nostalgia.
Y entonces, ¿me darías otra oportunidad? ¿Me concederías tu sagrado perdón, el que no merezco, pero tanto ansío?
¿Volverán a ser mías tus manos, tus ojos, tus labios, tu pelo, tu piel y tu voz?
Porque yo sigo siendo tuya, sin olvidar ni una sola tarde de abril en aquella plaza silenciosa. Sin olvidarte. Jamás.
Si, creo que eso es lo que voy a decirte cuando te vuelva a ver. Si vuelvo a verte, algún día...



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17 de febrero de 2010

Lágrimas



Cuando las lágrimas llovían desde el cielo

En aquel nublado abril
Yo imaginaba tu sonrisa en cada charco
Y me alejaba de allí.
Hoy siento una tormenta eterna
Un sueño triste del que quiero despertar
Hoy siento que el amor es un suicidio lento
Ya no tengo más ganas de pensar.
El susurro de la noche me entierra en el pasado
La esperanza perdida de los sueños jamás abrazados
Y tu mirada lejos en el atardecer.
Ahora si llueve sólo me protege un paraguas
Si el cielo se nubla ya no eres el sol
Se han acabado las sonrisas del mes de abril
Y la visión de los charcos me hace sufrir
Hoy siento que la vida tiene algo de aguacero
Una pesada carga que no quiero llevar
Hoy siento que el amor es un suicidio lento
Ya no tengo más ganas de pensar.
El susurro de la noche me entierra en el pasado
La esperanza perdida de los sueños jamás abrazados
Y tu mirada lejos en el atardecer

4 de febrero de 2010

Cliché gris con tintes azulados

Corrés el riesgo de ser cliché repitiendo lo gris que te parece la ciudad. Aunque ese color tampoco te complace. Y es que Montevideo es gris con tintes azulados, un mar de corazones de piedra a orillas de una ciudad de olas. O tal vez al revés. No importa.
Hay algo en el lugar en el que te tocó nacer que te hace sentir alejada, como si la ciudad fuese una ola a destiempo, arrastrando tu melancolía.



¿Es la cercanía de ese río con aires de océano lo que te hace suspirar sin motivos? ¿Es el viento, azotando tus cabellos, el que te llena de nostalgia?
No hay cómo saberlo. Tampoco es que te importe. Nada te importa. O más bien, nada te importa lo suficiente como para levantar la cabeza y mirar a tu alrededor. Ni para intentar oír los ecos de las risas, que se pierden en los silencios de un verano lluvioso.
Mientras la ciudad consume poco a poco tu esencia, se desvanecen tus pasos por la arena. Sólo queda un rastro de lágrimas y una herida que sangra niebla azulada.