28 de marzo de 2010

Silencio

Camino por la calle oscura, la luna brilla por su ausencia. La única luz es el foco parpadeante de un farol en la esquina, que ilumina agónico a toda la cuadra.
Oigo el sonido rítmico de mis pasos, impidiendo que el silencio nocturno sea absoluto, contundente. Pero sé que no estoy sola. Sé que aunque no puedo escuchar nada más que el clac clac clac de mis zapatos, hay algo más allí.
El presentimiento me recorre el cuerpo como un escalofrío ineludible, tiemblo y camino apretando el paso, convenciéndome a mí misma de que falta poco para llegar a mi destino.
La calle desierta, fantasmal, es tan inquietante que hasta me tienta esbozar una sonrisa sarcástica. No debería caer en lugares comunes, como asustarme por un poco de oscuridad. Pero la sensación de no estar sola es tan fuerte...
El frío sobre mi espalda aumenta, al igual que los latidos de mi corazón, que palpita cómo el de un pájaro acorralado por su felino cazador. Sé que hay algo. Sé que me persigue. Sé que no voy a escapar.
Me apuro, caminando más y más rápido. Sea lo que sea que me siga, no se va. No miro atrás, me aterra confirmar mis sospechas. La tétrica noche se abalanza sobre mí, y no puedo evitarlo. Es la noche, la oscuridad. Es la soledad, es el silencio.
Hay algo que quiere atraparme, y ese algo lo va a conseguir.
Desesperada, corro. Comienzo a correr de forma caótica, consciente de que no sirve para nada. Pero el instinto de supervivencia es más fuerte que la lógica. Y desde luego, aquello que me sigue es más fuerte que yo.
Al fin, sin poder creerlo, llego hasta la puerta. La puerta que me podría llevar a la salvación. Busco las llaves en mi cartera, sintiendo que eso cada vez está más cerca. Las encuentro e intento meter la adecuada en la cerradura, pero se me resbalan y confunden entre las manos. Sudo, respiro agitadamente y me tiembla el cuerpo entero. Estoy nerviosa, asustada.
La llave entra en la cerradura, la giro con triunfal alivio y...
Y es demasiado tarde.



22 de marzo de 2010

Volver


Caminas bajo la luna pensando en volver. Volver...
Parece tan lejano aquel día en el puerto, cuando dejabas atrás todo lo que conocías para embarcarte en una nave de sueños y anhelos. Pero aún así te sentías lista para afrontarlo.
Qué equivocada estabas.
Ni siquiera los días junto a él hicieron menos gris tu estancia al otro lado del océano. Simplemente no era tu lugar, no pertenecías a esas calles ni a los recovecos de la ciudad. Por más que él quisiera hacerte feliz, que pudieras contemplar las estrellas sin que intentaras imaginar si quienes dejaste atrás las estarían mirando también; eres consciente de que no iba a funcionar.
Ese cielo sobre tu cabeza no era tu cielo, y el suelo que pisabas no te pertenecía. No pertenecías a él y por eso la melancolía te inundaba como a un barco a punto de naufragar. Casi podías sentir el frío de aquel océano de lágrimas abrazándote, y era tentador dejarte ir en él, sin pensar.
Por eso, ahora caminas bajo la luza de la luna, pensando en volver.
Volver...


(para el ejercicio "Manchar la hoja en blanco" de Novelia)

19 de marzo de 2010

Ser...

Ser una hoja. Balancearse en el viento, en la brisa suave. Ser parte de un árbol, un bosque, un mundo. Ser abrigo, ser refugio, ser sombra, ser caricia. Ser sonido, ser murmullo, ser susurro. Ser verde, ser amarilla, ser marrón. Volverse seca, volverse vieja, volverse muerta. Ser primavera, ser otoño. Ser alfombra, ser camino, ya no ser...


12 de marzo de 2010

Rosa


Suaves pétalos, tallo espinoso. Así era ella, una flor delicada pero capaz de causar dolor, como la del Principito.
Pero ella era real, tan real que no creía en nada. Ni siquiera en las rosas, ni en príncipes. Menos aún uno de otro planeta.
Era suave, hermosa, embriagadora. Pero también era cínica, dura, fría.
Ella era una rosa. No cualquier flor.

9 de marzo de 2010

Que me miren

Me río sola.
La carcajada recorre mi garganta como cosquillas cálidas, para terminar entre mis dientes, intentando escapar de mis labios represores. Cierro los ojos; el recuerdo de aquella tarde en la plaza me inunda y lo veo tan nítido que casi puedo sentir el susurro de las hojas al moverse, el candor de ese sol otoñal, lo esponjosas que estaban las nubes.
Y te recuerdo. Te recuerdo sonriendo como si el tiempo fuera infinito, como si ese instante fuera infinito. Imposible olvidar lo dulce de tu mirada cuando se encontraba con la mía, lo suave de tus manos cuando rozaban mi piel. Tus palabras me hacían reír casi hasta llorar, tu voz me acariciaba como terciopelo.
Me río sola, la gente me mira extrañada, sin comprender por qué la risa acude a mi boca de una forma tan inesperada.
No me importa. Que me miren.