17 de mayo de 2010

Palabras


...palabras que se quedan a mitad de camino
palabras rotas que no llegan al destino
palabras viejas, palabras que mueren...

...frases desalmadas que atraviesan la piel
frases silenciosas que destruyen universos
frases frías, frases que lastiman...

...voces que quiebran voluntades
voces que ocultan mil verdades
voces que callan, voces que gritan a la luna...


palabras malditas...
...frases violentas...
voces perdidas...

16 de mayo de 2010

Ojos de tormenta

Estás muerta. Tu cuerpo reposa frío sobre la arena, y podrías pasar por dormida de no ser por tus ojos, abiertos a un mundo que jamás volverán a ver.
Tendrías que haberlo sabido. Tendrías que haberlo evitado, pero... ¿cómo?

Imposible saber si fue la noche, si fue el aire, o si fue la bebida. Pudo ser el baile, la gente, la calle. O tal vez fue el verano, aquella libertad estival, la que te hizo cometer aquella locura.
Nunca te habrías fijado en él si no fuera por Carolina. Tu amiga sostenía el vaso de plástico y bebía de él como si su contenido fuese infinito. Vos también querías, pero ella, en un arranque de egoísmo, se negaba a compartirlo contigo, alejando el vaso de tus manos cada vez que tratabas de quitárselo.
Era inevitable. Carolina se tropezó en el forcejeo, y vos esquivaste el líquido que escapaba del vaso. Pero él no pudo esquivarlo.
Te diste vuelta para evaluar los daños, y la irritación en el rostro del chico, por un momento, te asustó. Entonces, sin darte tiempo a respirar, él alzó los ojos hasta los tuyos, y tu destino quedó sellado desde ese instante. Sus iris eran grises como un cielo tormentoso, pero era la negrura absoluta de sus pupilas lo que te cortó la respiración.
―¡Perdón! ―te excusaste en cuanto la voz te regresó. Carolina sólo se rió, incapaz de disculparse, pero no te enojaste con ella. Ni siquiera te diste cuenta de que estaba allí. Toda tu atención estaba centrada en aquel joven a quien le habías manchado la blanca camisa. Sin embargo, él sonrió.
―No pasa nada ―contestó en un ronco susurro, casi un ronroneo.
―¿S-seguro? ―tartamudeaste medio hipnotizada, medio sintiéndote estúpida.
―Seguro ―afirmó, y esbozó una sonrisa felina. No pudiste evitar compararlo con una pantera negra, elegante y letal―. Soy Damián, ¿y vos?
Se te atragantó la voz y temiste quedar como una idiota, así que hiciste un esfuerzo sobrehumano para poder contestar.
―Micaela ―soltaste, al fin, y casi suspiraste de alivio. Esperaste que no lo notara, por supuesto.
Damián pasó su mano por la camisa, intentando arreglar un poco el desastre, en vano. Sentiste la sangre correr por tus venas con tal fuerza que tus latidos parecían el galope de miles de caballos.
―¿Entramos? ―te preguntó Carolina, señalando las entradas en tu muñeca y la suya.
Asentiste, y te preocupó un segundo el hecho de querer quedarte allí con Damián un poco más. O toda la noche.

El Centro de Atlántida estaba repleto de jóvenes, de turistas y de artesanos. Entraron a Gitana mezclándose entre la multitud, intentando no perderse la una de la otra, y ya sintiendo la música vibrando con fuerza.
No pudiste evitar  perderte en el baile, dejar que tu cuerpo siguiera los impulsos. El ritmo te inundaba por completo, sabías que Carolina estaba bailando a tu lado, pero su figura se desdibujaba mientras te ibas encerrando en tu propio mundo.
Pero pronto algo te sacó de tu ensimismamiento. O más bien, alguien.
―Hola de nuevo ―saludó Damián, con aquella voz ronca.
―Hola ―te sorprendiste, sintiéndote repentinamente cohibida.
Había algo en él, su sonrisa, la forma en que se movía... No pudiste despegar tu mirada de Damián, de sus ojos de tormenta. Casi esperaste ver un relámpago atravesándolos, y fue algo parecido lo que ocurrió cuando te dedicó una sonrisa algo diferente. Demasiado atractiva, como un imán. Inhumana.
Se acercó a vos como un depredador a su presa, y, sintiéndote un frágil gorrión, retrocediste. Pero él no te dejó escapar, y fue inevitable que comenzaran a bailar juntos, casi sin que entendieras cómo habías llegado a hacerlo. Sus manos, las tuyas, rozas sus brazos, su cuerpo...
Te estremeciste y te resultó imposible volver a caer en el torbellino de la música. Ahora estabas encerrada en la burbuja de Damián. En su tormenta.
Ya ni siquiera oías las canciones, la muchedumbre desaparecía como volutas de humo, y hasta el tiempo pareció enlentecerse.
No podías explicarte el por qué de aquella atracción hacia Damián. Simplemente sentías la necesidad de estar frente a él, de no perder la conexión con sus pupilas, que sus pieles siguieran tocándose. Quemaba.
Comenzabas a sofocarte, te sentías cada vez más cansada, tanto que tuviste que detenerte a respirar.
―¿Querés salir un poco? ―te preguntó Damián. Asentiste, sin fuerzas para hablar, y él, tomándote de la mano, tiró de vos hacia la salida.
―¿No vamos a ir al patio? ―preguntaste confundida, mirando hacia la dirección contraria.
―Hay mucha gente, va a ser lo mismo ―fue su contestación. Vos no replicaste, sumida en aquella fascinación extraña. No entendías qué te sucedía, por qué estabas saliendo de Gitana con un desconocido.
―¡Mica! ―te llamó Carolina con una mirada inquisitiva.
―¡Ya vengo! ―le gritaste.
Ella pareció tranquilizarse un poco, pero tampoco había quedado muy convencida. A vos no te importó en lo más mínimo. La atracción que ejercía Damián sobre vos era casi absoluta. Y estabas tan cansada...

El aire fresco sopló en tu rostro al salir del baile. Aunque eso no te hizo sentir mejor, sólo tener más frío. El repentino cambio de temperatura no fue del todo bueno para tu cuerpo.
Damián pasó un brazo sobre tus hombros y volviste a estremecerte. Caminaron  por las calles repletas hasta una un poco más vacía, esperando allí poder respirar un poco. Seguías sofocada y hasta agotada.
La oscuridad no te reconfortaba ni te hacía sentir muy tranquila, pero Damián acarició tu hombro despacio, levemente, y todo perdió el sentido. Tus preocupaciones se alejaron como el vuelo de una paloma en una plaza, y la oscuridad se convirtió en tan sólo un escenario.
Estabas tan fascinada por el contacto de sus dedos sobre tu piel que no te diste cuenta de que habían llegado a la rambla.
―¿Bajamos a la playa? ―inquirió con voz irresistiblemente seductora. No respondiste, pero no fue necesario. Estabas tan hechizada por él, su voz, su sonrisa, que le habrías seguido hasta los confines del universo.
Cruzaron hasta la playa y te descalzaste en cuanto alcanzaron la arena. La sentiste bajo tus pies, fría, y eso te devolvió a la realidad.
Estabas en la playa, sola con un extraño. No era algo que normalmente harías, vos, una chica responsable y sensata.
Pero estabas tan cansada... demasiado como para decirle algo.
Damián notó que estabas un poco más recelosa, y te acercó a él, mirándote con una intensidad insoportable. Sus ojos de cielo tormentoso se clavaron en los tuyos como puñales de relámpagos, impidiéndote hacer un sólo movimiento. De todas formas, tampoco habrías podido hacerlo. Estabas realmente agotada, casi somnolienta.
Damián acarició tu mejilla y el rastro invisible tras sus dedos parecía echar chispas. Pero la caricia consiguió aturdirte, hasta darte mucho sueño. Tus ojos prácticamente se cerraban.
Se acercó aún más y apoyó sus labios contra tu boca. Ese simple contacto te provocó un estallido de sensaciones, tan intensas como su mirada. Igual de peligrosas, igual de adictivas. De no ser porque él te sostenía, te habrías desplomado, totalmente extenuada.
Al fin, rompió la poca distancia besándote, primero con suavidad, después con algo de voracidad. Hambre.
Haciendo acopio de todas tus fuerzas, te apartaste de él, con las emociones encontradas. Te hacía sentir tan bien pero... te asustaba. Sabías que estaba mal, por más que aquello hubiera sido una de las experiencias más extasiantes de tu vida.
―¿Qué... es... lo que... querés?  ―inquiriste, jadeando por el esfuerzo.
Damián sonrió, malicioso, y apoyó su frente sobre la tuya.
―Tal vez quiero tus labios ―murmuró, dándote un beso suave y corto―, tal vez quiero tu piel ―continuó en una caricia―. Tal vez tu corazón, tu alma... tu vida...
Aterrada, supiste que lo decía en serio. Muy en serio. Quisiste alejarte, pero su abrazo letal era imposible de romper. Volvió a besarte casi con una furia desenfrenada, y sentiste como poco a poco la vida se te escapaba, el cansancio te consumía, los ojos se te cerraban...

Estás muerta. Tu cuerpo reposa frío sobre la arena, y podrías pasar por dormida de no ser por tus ojos, abiertos a un mundo que jamás volverán a ver.
Tendrías que haberlo sabido. Tendrías que haberlo evitado, pero... ¿cómo?