29 de diciembre de 2010

Querrías?

Y si quisieras
Sólo si quisieras
Podrías hacer que
cada palabra
cada susurro
cada pensamiento
tuviera otro significado
y no los derrochase
pensando en cómo hacer
para que lo tuvieran
sin saber si querrías

10 de diciembre de 2010

Humo


El humo del cigarro se eleva en etéreas volutas, que bailan al compás de la noche como si fueran de seda. Te atrapa su danza casual, la luz del cigarrillo, la forma en que su dueño se lo lleva a los labios. Todo te resulta extrañamente lejano, pero a la vez, tus sentidos lo perciben muy cerca.
Sacudís la cabeza, un poco aturdida. Contemplás disimuladamente tu entorno, la parada del Punta Carretas Shopping, donde esperás a que llegue tu ómnibus. Como muchos viernes por la noche, la parada está llena de gente de todas las edades, que decidieron ir a pasear o a comprar algo, o ambas cosas. Realmente no te interesa.
Volvés a mirar al desconocido que fuma. Que fumaba. Ya no lo hace.
Lo estudiás, mirándolo de reojo. Está apoyado despreocupadamente en el cartel con publicidad de la parada, y la luz de éste recorta su figura, dándole un aire extraño. Es joven, aunque sigue siendo mayor que vos. Desde tu posición en el banco, de esa misma parada, te resulta difícil observarlo sin que se de cuenta.
La noche, una noche cálida de principios de diciembre, se tiñe del aroma de los jazmines. Las luces de la ciudad no dejan ver todas las estrellas, pero algunas se asoman en la negrura del cielo, y saludan a quienes disfrutan del aire libre.
Hay algo en la luz de las estrellas que siempre te perturbó. Saber que el astro puede haber muerto hace muchísimo tiempo, y que su resplandor aún exista, te provoca una extraña sensación en el pecho. Algo indescriptible.
Volvés a girar tu cabeza hacia el desconocido. Esta vez, tu mirada cruza la suya, intensa, y le sonreís. Nunca te intimidó que te miraran a los ojos. La gente que no mira a los ojos, es porque tiene algo que ocultar. Sabés que en las pupilas de alguien podés llegar a descubrir mucho más que en sus palabras. Y quienes no miran a los ojos, lo saben también.
Pero sus pupilas no tienen miedo de que descubras sus secretos, más bien, te invitan a ello. Son como dos trozos de cielo nocturno, rodeados por tierra mojada. Un túnel del que resulta difícil escapar. Te preguntás quién va a romper el contacto visual primero, pero tu duda se resuelve pronto, cuando él gira la cabeza hacia la calle. No, el que para no es tu ómnibus, ni el suyo.
Tragás saliva, de repente consciente de que estabas conteniendo el aliento. Mirás el reloj, aunque en realidad no te estás fijando en la hora. Es tan sólo una postura, para no quedar como una idiota. Suponés que es demasiado tarde para eso, pero por lo menos podés no empeorarlo.
Entonces, sentís unas ganas enormes de hablarle. Decirle algo. Lo que sea.
Pero no podés preguntarle la hora, acabás de mirar tu reloj. Peor, tenés reloj, y es visible. Tampoco podés pedirle un cigarro, porque no fumás. Y cualquier otro intento de entablar una conversación, sería tan evidente. Tan obvio, tan poco vos.
Un niño llora. Su ómnibus demora y quiere volver a casa. La madre trata de calmarlo, porque las otras personas empiezan a mirarlo con mala cara. Cerca del niño, hay una pareja. Él la abraza, aunque no haga frío. Es ese tipo de calidez que nada tiene que ver con la temperatura, que tanto bien te haría ahora. A veces, la soledad es más fría que el invierno, incluso a principios de diciembre.
Eso te lleva a mirar de nuevo al desconocido, que deja que su mirada se pierda en la calle desierta, por la que pasa algún auto ocasional, y un poco menos seguido, algún ómnibus. Te preguntás qué hace él solo, por qué está allí. Incluso elaboras una historia en tu mente, algo que explique su presencia. Por lo menos, una historia más interesante que la tuya. Menos dolorosa.
Llega un 76 y el niño y su madre se van en él, junto con varias personas más. La parada queda un poco más vacía, y eso te lleva a considerar la posibilidad de que el desconocido, ya no tan desconocido, se tome el mismo que vos.
Lo imaginás subiendo detrás de vos, pagándole al guarda, siguiéndote hasta tu asiento. Entablando una conversación, poniéndole palabras a sus pupilas, como si no fuera suficiente con lo que éstas ya te dijeron. Lo imaginás hablando, imaginás su voz. Imaginás tanto...
Pero con imaginar no basta, ¿sabés? Porque entonces llega un 121, y él se sube. Y te deja allí, imaginando sus palabras y su voz. Dejándote sólo el humo y la certeza de que no vas a volver a verlo.
A vos todavía te queda tiempo de esperar.




Este relato fue publicado en el primer número de la revista digital Relatos a quemarropa.