23 de diciembre de 2011

El gorrión



Soy un gorrión de arcilla. Me encuentro sobre un pedestal en un museo, justo debajo de la ventana, la misma ventana que me deja ver como los otros gorriones vuelan libres
Por el cielo turquesa de verano. Yo no puedo volar. Mis alas de arcilla están pegadas a mi cuerpo, y mis patas dobladas sobre él; me sería imposible levantar vuelo.
También me da envidia oírlos cantar, mi pico está eternamente cerrado, ningún sonido saldrá de él.
A veces sueño con que mis alas se abrirán y saldré volando por la ventana, directo hacia mis sueños de libertad, sintiendo el viento mover mis plumas. Podré cantar con los mismos hermosos trinos que mis compañeros, participando en la canción de los árboles, el viento y los pájaros. Sobrevolaré la ciudad y llegaré al bosque, deleitándome con el verdor de las hojas. Atravesaré al mar y me perderé en el azul infinito de sus aguas, hasta llegar a lo más alto del cielo y descender de vuelta a la tierra.
Pero son sólo sueños. Sé que jamás veré una nube más allá de la ventana, ni sentiré la lluvia mojar mi cuerpo.
En ese momento un temblor sacudió mi pedestal, lo sentí inclinarse, sentí como chocaba contra el aire ¡volaba! No me importó saber que al final me estrellaría contra el suelo, tal vez me quebraría en mil pedazos.
Yo sólo quería vivir el presente; y el presente era volar.

1 de diciembre de 2011

5 de noviembre de 2011

La canción termina

Se sube al 427, paga el boleto al guarda casi automáticamente, y se sienta contra la ventana en uno de los asientos que miran para atrás, de cara al resto de los pasajeros. Apoya la cabeza lánguidamente sobre el cristal. Los viernes de lluvia son como una patada al ánimo. Música triste suena en sus auriculares, como una mala broma. 
Luego de la siguiente parada, un 104 frena al lado de su ómnibus en la luz roja del semáforo. No sólo se sorprende del extraño encuentro de dos de las líneas más improbables de la ciudad; ahí está él. En los asientos laterales, junto al del guarda. Con la cabeza apoyada en el vidrio húmedo, justo igual que ella. 
El contacto visual, maravillosa conjunción cósmica, destino, karma, o simplemente casualidad, dura hasta la luz verde. Entonces el 427 dobla por un bulevar y el 104 sigue por el otro. Lo ve alejarse con la sensación de estar en un videoclip. Se despide en silencio, aún con las pupilas de él prendidas de las suyas. 
La canción termina. Él nunca estuvo allí. 


Quiero decir que, a pesar de que los que me conozcan puedan reconocer cierto contexto, esto no me pasó. No así, por lo menos. En el transcurso de los hechos, yo escuchaba If I had a Gun mientras imaginaba esta historia. Vi como el 104 se iba mientras le daba forma al final. Aunque sí, los viernes de lluvia son una mierda y el 104 y el 427 no pasan nunca. 

2 de noviembre de 2011

Palabras

Las palabras se vuelven pesadas
tan pensadas, tan rebuscadas
cuando es mucho más fácil
reír de la brisa de noviembre
que de figuras de cristal

Tan lindo es cuando
el verde de los árboles
baila sobre el azul del cielo
tan azul que duele
como cuando esa brisa hace bailar
los mechones de tu pelo
y mi pelo, y nuestras risas
tan, tan, tan...

Y es mucho más simple que sea así
más lindo que gastar
palabras de diccionario porque sí
mucho más fácil que buscar
palabras frías para impresionar

Porque basta con sentir en la piel
que las palabras son caricia
que los versos son pura miel
y hoy, tenemos antojo de dulzura
de noviembre, de cielo, de risa

16 de octubre de 2011

A veces me pregunto
cuantas horas podré robarle a ese reloj
antes de que los segundos
se vuelvan de piedra

cuantas veces podré
hacer eterno un minuto
y mecerme en los hilos
de un momento

y me encuentro con silencio
y las agujas giran tan lento
tan lento

cae la arena
(tic tac tic tac tic tac)
sobre mi pelo
palideciendo
en mis ojos
enceguecidos
tan rápido
y tan lento
tan lento




6 de octubre de 2011

Siete Galeras

Este cuento lo escribí hace unos cuantos años, para un trabajo de taller de lectoescritura -en el liceo-. La profesora nos había leído sobre personajes del Montevideo de principios del siglo XX, y en literatura dábamos la generación del 900. Así que la consigna resultó ser escribir un cuento sobre Siete Galeras.


La silueta inconfundible del llamado Siete Galeras se recortaba en la niebla de la ciudad de Montevideo. No había nadie en las calles, ni nadie se asomaba por las ventanas y terrazas, el silencio sólo era interrumpido por el viento sibilante. Hacía frío y el hombre buscaba refugio. 
Siete Galeras siguió caminando con tranquilidad, como siempre, como la gente acostumbraba a verlo. El frío se colaba entre sus harapos, sólo su cabeza estaba protegida de la ventisca por los numerosos sombreros que llevaba encima. 
 Pasando por un bar, escuchó risas y cantos. Un ligero olor a alcohol llegó a su nariz, y por un momento se sintió tentado de entrar, pero al escuchar una voz, desistió. 
Conocía a esa mujer, esa joven escritora, Vaz Ferreira. No le simpatizaba, era demasiado liberal para la sociedad actual, según su opinión. Paso de largo frente al bar, ya encontraría otro.
O tal vez, pasaría por lo del viejo Zorrilla a pedirle una copita, así recuperaría el calor en el cuerpo. 
De repente, un disparo quebró el silencio. Poco después, otro. La casa de donde provenía aquel sonido se fue rodeando de montevideanos curiosos, algunos con miedo, otros sólo para saber qué había ocurrido.
Los médicos se llevaron dos cuerpos, luego se supo que uno de los muertos era Delmira Agustini, asesinada por su ex esposo, que luego se había suicidado. Siete Galeras no aprobaba a esa mujer, pero aún así lamentaba su prematura muerte. 
El hombre continuó su camino lento y paciente, en otro día memorable del Uruguay del 900.

15 de septiembre de 2011

Imágenes

Vestía de aullido y bailaba bajo la luna estival. Era algo imposible, danzando allí bajo un cielo de ébano agrietado. Una luz azul parpadeando descalza en una playa infinita. El mundo tembló y la tierra y los cielos se invirtieron. La arena cayó y el tiempo siguió corriendo. Ahora ella gira mientras llueve polvo de estrellas sobre sus alas de cristal. Sigue bailando al son del viento, la canción del océano. La música no se detiene, vibrando en las gargantas de las olas. Y de pronto, silencio. La arena termina de caer. El mundo vuelve a invertirse, la danza continúa entre velos y flores de azahar.

5 de septiembre de 2011

El hijo de Yocasta

Digamos que este es uno de esos cuentos raros que me salen de vez en cuando y que después me dan miedo porque los escribí en primera persona. Va con música porque la consigna era escribir un relato para esta canción. 


 

Ya lo verás, hijo, que esto fue por tu bien.
Sí, yo sé que así son los jóvenes, tan reticentes a aceptar los cuidados de una madre; pero vas a ver que ahora todo es mejor, mi amor. Mamá sabe lo que dice.
Pronto vas a perdonarme. A veces es difícil explicar por qué una hace lo que hace, pero no dudes jamás que lo hice por ti. Porque te amo, hijo.
Desde pequeño, siempre fuiste frágil. El día en que naciste, supe que todo el dolor había valido la pena. Era hermoso. Tu primer llanto fue música, pero me prometí que evitaría todos los que pudiera.
Siempre preferí tu risa, los latidos de tu corazoncito recién estrenado, y tus balbuceos, tan adorables.
De inmediato, sentí que debía protegerte. El mundo era, y sigue siendo, demasiado peligroso para una criatura tan delicada.
Si tu padre no nos hubiera abandonado, tal vez ahora estaría menos cansada. Pero siempre fue tan egoísta... él no supo ver cuánto nos necesitabas, mi vida.
Estúpido borracho, tenía que morir en ese accidente y dejarnos solos, ¿ves que jamás pensaba en nosotros? Eras tan pequeño cuando se fue, tan vulnerable. El idiota de tu padre no pensó en eso cuando decidió que el whisky sería su prioridad.
¿Qué podía hacer yo, más que cuidarte, apartarte de todo eso que duele? Estaba sola, hijo, sola con el deber de hacer que tu vida fuera feliz. Siempre supe que si tú no lo eras, yo tampoco lo sería. Eres parte de mí, cielo. No podía permitir que te hicieran daño.
Por eso, apenas aprendiste a caminar comenzó el tormento. Inquieto, curioso, decidiste que el mundo era tu cuarto de juegos y que debías explorarlo cada vez que tenías la oportunidad. Comprendí que la libertad era algo que no podías enfrentar solo, que necesitabas mi ayuda para poder sobrevivir.
Y todo esto cobró más sentido cuando tu primera palabra fue mamá.

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2 de septiembre de 2011

Síntesis

Imaginar
Suponer
Saber

Y mientras tanto
crear escenas
diálogos
situaciones

Para al final
esperar
nada más
pero nada menos
que una palabra

una palabra
que jamás llegó

19 de agosto de 2011

Viernes

Otro viernes de lluvia.
De cielos grises, de pelo mojado
De una voz rota, de puertas cerradas
Repique de gotas contra la ventana
Las historias están cansadas de repetirse

26 de julio de 2011

Páginas menos



Lily esperó a que la tinta se secara sobre la hoja, antes de seguir escribiendo. Contempló su obra, orgullosa, e imaginó el momento triunfal en el que deslizaría la palabra "fin" sobre el papel.
Poco después, siguió con su tarea. Las ideas llegaban a su mente, convertidas luego en palabras que plasmaría en el cuaderno. Llenó varios renglones más con su magia, y luego se detuvo. Mientras la tinta se secaba, Lily se puso a leer lo que llevaba escrito. Poco a poco, su rostro se fue transformando en una mueca de horror.
Sin pensarlo dos veces, la muchacha arrancó la hoja, la arrugó y la tiró a la basura.
Tendría que empezar de nuevo.

18 de julio de 2011

Ventanas



A veces me da miedo la ventana. Allí, con las cortinas corridas, permanece como un pasadizo sellado, como un camino hacia otro universo, oculto a los ojos de la gente. Puedo imaginar que detrás de las cortinas hay todo un mundo, un lugar increíble donde cosas impensables suceden. Imagino que mi casa viajó a otra dimensión donde el cielo es lila y las flores cantan, y no hay nada que pueda hacerme daño. Pero entonces mamá abre las cortinas y tan sólo puedo ver el cielo gris, la pared plomiza de un edificio, y las gotas de lluvia contra el cristal. Me da miedo pensar que ese es el mundo real, y no el otro. Me da miedo mirar por la ventana y resignarme a ese ese universo de calles grises y rotas, como quienes las transitan.

14 de julio de 2011

Podría



Podría contarte lo que pasó en el verano, aquel verano en el que no paró de llover un sólo día de los que estuve en la playa. Creí morir de desesperación, que el aburrimiento me consumiría sin remedio. Pero...
Podría contártelo, pero no voy a hacerlo. No tiene caso contarle esto a un gato, por más suave y tierno que que seas. De todas formas, no ibas a entenderlo, querido. Y no vas a quedarte con la intriga de saber qué pasó.
Así que no voy a contarte qué pasó aquel verano, en el que el sol decidió esconderse tras las nubes justo cuando yo salí de vacaciones.
Al fin y al cabo, no es algo tan interesante. No valdría la pena.

7 de julio de 2011

Oro y escarlata


La pequeña cabeza pelirroja se confundía con las hojas otoñales del parque. La niña las lanzaba al aire y las recibía con los brazos abiertos, como si se tratase de lluvia dorada. Su padre la observó sacudir las trenzas escarlata, y encendió un cigarrillo. Dejó escapar suavemente el humo antes de sentarse en un banco y sonreír hacia la niña, que correteaba entre los árboles vestidos de incendio. Supo que daría su vida por ella si hiciera falta. Llevó el cigarrillo a sus labios una vez más, intentando que la tarde quedara grabada en sus retinas para siempre. 


23 de junio de 2011

Aqueronte



El infame chasquido del látigo estalló sobre el lomo de los caballos, que apresuraron el paso, adentrando el coche en la sombría niebla londinense. El vehículo se introdujo en una callejuela solitaria, cuyo silencio era sólo interrumpido por el sonido de los cascos. El cochero se estremeció, preguntándose por qué su cliente se dirigía  a esa parte de la ciudad. Pero su trabajo era conducir, no  hacer preguntas, aunque la intriga lo carcomiese.
Primero, el aspecto siniestro de su cliente. Con aquel alto sombrero de copa, la levita negra y el andar altivo, parecía ser una persona de alta sociedad. Y luego, una sola mirada suya bastó para que el cochero se convenciera de que no era adecuado hacerle pregunta alguna. El frío en los ojos del hombre le había dejado más que helado.
Volvió a agitar el látigo, deseando llegar al destino de una vez. A pesar de que estaba fresco, sentía las manos transpirar mientras apretaba con fuerza las riendas, intentando concentrarse en el camino. El traqueteo de las ruedas sobre las calles adoquinadas nunca lo había puesto tan nervioso.
Suspiró, reprendiéndose a sí mismo por su cobardía. Enderezó los hombros y se infundió ánimo. Ya pronto llegaría.
Su pecho se deshizo en alivio en cuanto alcanzó la estrecha calle que el hombre le había indicado. El coche se detuvo, y los caballos bufaron nerviosos. El cochero descendió y se apresuró a abrir la puerta. Un escalofrío volvió a recorrer su espalda cuando el rostro del pasajero se asomó, inspeccionando el lugar. Su nariz se curvó en una leve mueca de desagrado.
―Llegamos, señor ―balbuceó el cochero.
―Espere aquí ―respondió el hombre con voz sepulcral.
El cochero sólo asintió, con la garganta demasiado reseca para hablar.
El pasajero salió del coche y caminó con pasos aristocráticos hasta la entrada de una casa de apariencia desmejorada. La madera de las puertas y ventanas estaba podrida, y la opaca pintura verde se descascaraba como piel ajada. El hombre golpeó tres veces, de forma pausada pero contundente. Pasaron unos pocos segundos antes de que le abrieran.
―¡Señor Logan! ―gimió quien sostenía la puerta con dedos temblorosos. Era un hombre enflaquecido y de aspecto macilento. Sus labios estaban resecos y quebradizos por el frío, y dientes amarillos castañeaban en su boca. Tenía pómulos hundidos y ojos pequeños inyectados en sangre. Su ropa era apenas un despojo, un sombrero agujereado ocultaba su cabello sucio y renegrido.
Logan inclinó levemente la cabeza, pasando a su lado con claro desinterés. Atravesó el oscuro vestíbulo y pasó al salón sin detenerse, conocedor del camino.
En el salón podía notarse el perdido esplendor de antaño, que se reflejaba en los espejos polvorientos y brillaba en los cristales deslucidos de la imponente araña, que colgaba desde el techo ya sin la gracia que había sabido tener. Todo en aquella casa parecía haberse marchitado con el paso de los años.
Sin embargo, distaba mucho de estar abandonada.
―Lord Winterlark ―dijo Logan con gravedad―, usted sabe por qué estoy aquí.
El menguado Lord Winterlark, cabizbajo, se frotó las manos con nerviosismo.
―Lo sé, señor Logan, lo sé ―farfulló sin atreverse a levantar la mirada―. Pero tengo que repetirle que...
―¿Quién es, Kenneth...? ―interrumpió una voz débil desde arriba. La poca luz del vestíbulo dejó entrever primero la sombra, y luego la silueta de una mujer delgada, de apariencia enfermiza y delicada. Se quedó helada al ver a Logan allí, aferrándose con fuerza a las faldas de su raído vestido, que, deslucido, denotaba haber sido bellísimo alguna vez.
―Lady Winterlark ―saludó Logan con una sonrisa gélida―. Un gusto volver a verla.
Calista Winterlark terminó de bajar la escalera con la angustia pintada en el rostro. Clavó los ojos grises en el suelo y se acercó a su marido, que la envolvió con un brazo con recelo.
―No tenemos nada que ofrecerle, señor Logan ―masculló Lady Winterlark en voz muy baja―. Nada.
La mujer le sostuvo la mirada unos instantes, pero el hielo de Logan fue demasiado para ella. Se apartó de su marido, abrumada, y se marchó de la habitación entre toses, haciendo resonar fuertemente los tacos de sus zapatos.
―Lord Winterlark, usted sabe que esta es la única forma de recuperar la fortuna de su familia ―retomó la conversación Logan―. No sea necio.
―Y yo le repito, mi señor, que los libros no están en esta casa. Jamás expondría a mi esposa a vivir así, si tuviera otra alternativa.
Algo del antiguo Lord volvió a él al decir estas palabras. Logan sonrió casi burlonamente y sacudió la cabeza divertido.
―Quiero esos libros, mi querido Lord Winterlark. Usted sabe dónde están, no me tome por idiota ―entrecerró los ojos amenazadoramente―, ¿cuánto tiempo más van a sobrevivir usted y su mujer así? Entre ruinas y basura... siendo tan fácil volver a la corte. A los bailes, a las cacerías, a los viajes...
Los ojos de Lord Winterlark brillaron al atisbar en su mente fragmentos de su antigua vida, pero recobró la compostura a tiempo.
―No tenemos los libros.
―Usted solía ser un buen comerciante, Lord Winterlark ―prosiguió Logan con calma―. Sé que entiende perfectamente lo que le estoy diciendo. Entrégueme los libros y le devolveré todo aquello que una vez fue suyo, así como se lo quité.
Lord Winterlark apretó los puños con rabia, pero no dijo nada. Clavó los ojos en los de Logan y casi escupió sus palabras.
―No tenemos los libros ―repitió―, y no estoy interesado en su oferta.
Antes de que Logan pudiese replicar, el sonido de un objeto al cortar el aire llenó el salón, y luego el ruido del impacto de uno de los pesados candelabros de bronce contra la cabeza del hombre.
Logan cayó al suelo polvoriento con un golpe seco, con la expresión de sorpresa todavía en el rostro. A sus espaldas, Lady Winterlark aún sostenía el candelabro, respirando agitada y sin saber qué hacer. Se había acercado suavemente, descalza para no delatar su presencia. La idea de asesinar a Logan había surgido en su cabeza luego de mantener aquella mirada tan perturbadora. Aquel hombre era escalofriante, tan poco humano...
―Calista... ―susurró su marido, entre aliviado y aterrado. Lady Winterlark se arrojó en sus brazos y lloró compulsivamente, sin saber qué hacer. A sus pies yacía el cuerpo de Logan, sobre un charco carmesí que se agrandaba a cada segundo.
―¿Qué vamos a hacer? ―lloriqueó ella― ¿Qué vamos a hacer?
El olor metálico de la sangre comenzaba a marearla, y se sostenía de su esposo para evitar desmayarse. Era apenas consciente de lo que acababa de hacer, pero sin embargo tenía claro que no podía ser tan fácil deshacerse de ese hombre.
―Tenemos que sacar el cuerpo de aquí ―declaró él―. Antes de que alguien decida buscarlo.
Su mujer asintió y se separó de él, volviendo sobre sus pasos para buscar sus zapatos, tenía los pies congelados. Volvió calzada y con un chal venido a menos sobre su cuerpo menudo. Se arrebujó dentro de él tosiendo, temblando por una mezcla de miedo y de frío.
Entre los dos cargaron el pesado cuerpo sin vida de Logan, ella sosteniendo sus pies, él manchándose la raída camisa de escarlata. Lo llevaron hasta las puertas de la casa, y Lord Winterlark abrió para inspeccionar la calle. Estaba vacía, salvo por el coche estacionado frente a su hogar. Miró a su mujer antes de extraer de una de sus botas agujeradas el puñal de su padre, con el escudo de los Winterlark en la empuñadura plateada.
Se dirigió silenciosamente hacia el cochero, que estaba de espaldas arreglando las riendas de uno de los caballos. Antes de que se diera vuelta, lo sujetó firmemente y apoyó el arma sobre su cuello. El cochero se retorció, pero luego se quedó inmóvil, consciente de que era mejor así, si quería sobrevivir.
―Necesitamos que nos lleves al muelle más cercano―le susurró al oído―. Hazlo y todo irá bien. Jamás volverás a vernos, ni a saber de nosotros.
El hombre asintió. Lady Winterlark arrastró con esfuerzo el cadáver de Logan hasta la calle, y el cochero la ayudó a subirlo, obligado por Lord Winterlark. La mujer se quedó dentro del carruaje, mientras que su esposo se sentó al lado del cochero, para mantenerlo vigilado. A ella no le gustaba nada permanecer al lado del cuerpo de Logan, pero no dijo ni una sola palabra al respecto. Aunque, cada vez que el coche traqueteaba sobre la calle de adoquines y el cadáver se movía hacia ella, se le cortaba la respiración.
Pasaron varios minutos de silencio, antes de que el cochero se atreviese a decir una palabra. Sabía que no era lo correcto, que quizás ese terminara siendo su último viaje, pero tenía que preguntar. La curiosidad podía con él.
―¿Usted conocía bien a ese hombre? ―preguntó.
Lord Winterlark estuvo a punto de no contestar, sorprendido por el atrevimiento del cochero, pero no le pareció importante guardar secretos ahora. Ya no había nada que le pareciera importante, además de su mujer.
―Demasiado bien ―repuso―. Él es quien destruyó a mi familia.
El cochero no supo si seguir preguntando, pero sentía que la intriga lo iba carcomiendo poco a poco, más de lo adecuado. Así que, aunque dudando, decidió continuar.
―¿Qué fue lo que hizo?
Lord Winterlark cerró los ojos un momento e inspiró profundamente. Las calles vacías cubiertas de niebla lo protegían de miradas indiscretas.
¿Estaba bien relatarle aquello a un desconocido?
―Ya perdí la cuenta de los años que pasaron desde aquel día ―comenzó, la vista nublada por la melancolía, pero los ojos secos―. Mi familia era enorme, rica, y con un una nobleza en la sangre que nos enorgullecía enormemente. Dígame de qué nos vale esa nobleza ahora, amigo mío.
El cochero esbozó una media sonrisa. Había sido despreciado demasiadas veces por nobles como para sentir una pizca de compasión.
―Y un día, sin que nadie lo esperase, el señor Logan apareció en nuestra casa, reclamando los libros de Elden Winterlark, mi tatara tatara abuelo. Algo totalmente ilógico, porque todos sabíamos que se habían quemado en aquel incendio, ¿recuerda? Se habló de ello durante años; yo aún era muy joven, un recién casado.  
―Lo recuerdo ―asintió el cochero, tirando de las riendas―. Mis padres murieron allí.
Lord Winterlark pareció ignorarlo, demasiado hundido en sus recuerdos.
―Logan quería que le diésemos los libros, nosotros insistimos en que ya no existían. Pero él seguía convencido de que los ocultábamos, así que se dedicó a destruir todo lo que nos importaba. Accidentes, asesinatos, envenenamientos. Nuestra reputación acabada, nuestra fortuna robada, dilapidada. Él jamás negó su responsabilidad, pero nos fue imposible ubicarlo para hacerle pagar por sus crímenes. Así, poco a poco, mi esposa y yo fuimos hundiéndonos en la miseria. Los criados nos abandonaron, diciendo no sé qué cosas sobre una maldición, usted sabe lo crédulas que son esas personas. La casa se llenó de polvo, la ropa fue desgastándose. La comida... la comida. No creo que sea necesario hablar de ello, me avergüenza.
―No se preocupe ―murmuró el cochero. Hizo estallar el látigo sobre los caballos, para  que se apresuraran. Pensar que su último cliente había sido un asesino le hacía replantearse varias cosas acerca de su empleo. En realidad, su último cliente no era Logan, sino Lord Winterlark. Pero de todas formas, al recordar el cadáver que ocupaba el coche, no podía decir que no se trataba de un asesino también. Definitivamente, no iba a ser una noche fácil―. Continúe.
Lord Winterlark carraspeó antes de proseguir.
―Dije que nos fue imposible encontrar a Logan, pero él siempre nos encontró a nosotros. Cada tanto tiempo volvía a casa para recordarnos su pedido. Y cada una de esas veces, al negarnos, las cosas se volvían peores y peores. El frío, el hambre... mi mujer está enferma. No sé cuánto tiempo más le queda a mi lado, pero ya no puedo soportar esto. Ahora que Logan está muerto, ¿qué podemos hacer? No creo que las cosas cambien mucho.
El cochero guardó silencio. Durante interminables instantes sólo se oyeron los cascos de los caballos, repiqueteando rítmicamente sobre los adoquines.
―¿Y por qué son tan importantes esos libros? ―inquirió por fin.
Lord Winterlark no contestó en seguida. Maldijo en su fuero interno aquellas páginas que habían convertido su vida en un calvario. Caviló un segundo, preguntándose si no había hablado ya suficiente. Era un simple cochero, no tenía por qué explicarle más. Sin embargo, sentía la necesidad de hablar, de quitarse esos años de dolor y que alguien más cargara con su peso durante unos instantes.
―Solían decirse muchas cosas acerca de Elden Winterlark. Se conocían de sobra sus tratos con personas no adecuadas, usted me entiende. Se lo acusó de traición en alguna ocasión, pero encontró la forma de salirse con la suya. Nunca estuvo preso, pero tampoco pasó mucho tiempo en Inglaterra. Viajaba cada vez que podía, a países lejanos, y registraba todo en sus cuadernos de viaje. Con ellos escribió tres libros, libros sobre la muerte ―recalcó―. Se dice que hay muchísimos secretos en sus páginas, cosas que nadie jamás debería saber. Lo cierto es que nunca vi esos volúmenes, ni antes ni mucho menos después del incendio.
―¿Y de verdad se quemaron? ―preguntó el cochero, sin poder disimular la fascinación en su voz.
―Mi estimado, ¿cómo podría saberlo? ―sonrió Lord Winterlark― Reconstruimos la casa, pero jamás encontramos los libros. No sé qué fue de ellos, ni siquiera sé si existieron realmente. Lo único que puedo asegurar es que, reales o no, esos libros arruinaron mi vida. Pero ya no importa, ya no importa...
Dejó que su mirada se perdiera en la nada, hundida en una profunda melancolía. El coche dobló y llegaron a un pequeño muelle sobre el Támesis. El lugar ideal.
Los dos hombres, ya cómplices, bajaron del coche y le abrieron la puerta a Lady Winterlark. Ella agradeció poder salir, harta de la compañía del cuerpo sin vida de Logan. Se sentó en la escalerilla del vehículo y se abanicó con una de sus pálidas manos, antes de empezar a toser. Su esposo la miró preocupado, pero enseguida volvió a su tarea.
Junto con el cochero, arrojaron el cadáver al río, para luego mirarse satisfechos, con una extraña y reciente complicidad. No era una sensación tan terrible la de deshacerse de una persona así.
―¿Los llevo de vuelta? ―se ofreció, incluso. No entendía por qué, pero no quería dejar de ser parte de aquella historia. Volver a la realidad, tan llena de normalidad, de calles grises y cielos plomizos, era como terminar una novela pero seguir atrapado entre sus páginas.
Lady Winterlark iba a asentir, pero se quedó de piedra antes de poder siquiera levantar la cabeza. Entre la niebla que cubría al río, una forma irregular avanzaba hacia ellos, lentamente, pero sin vacilar. Pronto fue distinguible  una barcaza, y sobre ella, una figura que remaba sin prisa.
El miedo que se cernía sobre ellos era casi envolvente, paralizante. La intuición de que algo terrible se acercaba era tangible, la certeza de que habían dado por finalizada la historia antes de tiempo. Calista comenzó a temblar.
Los dos hombres intentaron alejarse de la orilla, pero sus pies parecían plantados allí, sobre las tablas húmedas del pequeño muelle. Cuando el barquero se hubo acercado lo suficiente, sus ojos no acreditaron lo que vieron. Aunque, en cierto punto, no esperaban otra cosa. No podía ser nadie más que Logan, con el rostro pálido y serio.
El terror los invadía, pero Logan no se acercó a ellos al bajar del bote, si no a Lady Winterlark.
―Una mala idea, arrojar el cuerpo de Caronte al río, una noche en la que el Támesis hace de Aqueronte ―sonrió burlonamente, como solía hacer en vida.
―¿Caronte...? ―gimió ella. Conocía de sobra el nombre del barquero del Hades, aquel que llevaba las almas de los muertos al otro lado. Pero jamás, jamás lo habría esperado de Logan. Ni de nadie.
Los dos hombres quedaron perplejos, esperando a que Logan riera el chiste. No era posible. No podía ser cierto. Tenía que estar bromeando.
―Ahora, querida, quiero los libros ―exigió, esfumando de su cara todo rastro de sonrisa.
―No los tenemos ―intervino Lord Winterlark con voz cansina, aunque estaba aterrado―, ¡no los tenemos!
Logan, o Caronte, se volvió hacia él y lo fulminó con la mirada.
―Usted no los tiene, milord. Usted.
Y miró a Lady Winterlark, que se abrazaba a sí misma, temblorosa. Sus ojos grises se cubrieron de lágrimas al dirigir la vista hacia su esposo.
―¿Calista...?
Logan no le dejó hablar.
―Sé que los tienes ―constató―. Cosiste las páginas a tus enaguas, sabiendo que nadie iba a buscar allí. Te vi revisarlos, en el coche, estabas preocupada. Antes no te importó. Leíste sobre los secretos de la muerte, y tu egoísmo no te permitió conservar la vida a tu alrededor. Te estás muriendo, Calista Winterlark, y lo sabes. La tuberculosis podría llevarte al otro lado antes que yo, o quizás no. No hay nada en esos libros que pueda evitarlo.
Lord Winterlark seguía prendado a la mirada de su esposa, sintiendo que una herida sangrante se abría en su pecho. Habría deseado que esa herida fuese real, y morir ahí mismo. Todo antes que presenciar la escena que se desarrollaba frente a sus ojos.
Se debatía entre el terror, la incredulidad y la desazón, incapaz de comprender que todos esos años de sufrimientos pudiesen haber sido evitados, que la mujer que amaba había tenido la clave para ello todo ese tiempo, y no había hecho nada al respecto. Tampoco podía creer que Logan fuese quien decía ser. Todo frente a él lo corroboraba, pero se negaba a aceptarlo. Era imposible.
El cochero no estaba mejor que él. Estático, su boca y sus ojos se hallaban abiertos, en una mueca de horror y asombro. Su curiosidad había sido saciada en demasía.
―No podía dárselos, Kenneth ―se defendió ella―. Tú no comprendes, no sabes lo que yo sé. Lo que hay en esos libros, Kenneth, Kenneth... ―rompió a llorar―. Valió la pena, todo lo que sucedió. Todo, absolutamente todo. Lo juro.
El barquero la miró con condescendencia, aquella expresión que los Winterlark tanto odiaban.
―Calista, Calista... ¿qué vas a hacer ahora? ¿cómo vas a mirar a la cara a tu esposo? ¿cómo podrías seguir viviendo luego de esto?
―Yo... ―pero no terminó. Tan sólo dejó que las lágrimas escurrieran por su rostro, derrotada.
―No voy a dejarte ir, Calista ―aseguró Logan―. Quiero esos libros, ningún mortal debe leerlos. Tampoco puedo permitir que sigas aquí, sabiendo lo que sabes. Así que tú decides. O vienes conmigo, y tu esposo y este cochero pueden irse, o me llevo a los tres al otro lado. No es muy difícil, en realidad. No suelo hacer tan malos negocios.
La mujer enjugó su llanto y caminó hacia su marido, temblando. Antes de llegar hasta él, un ataque de tos le hizo detenerse. Se miró las manos y se horrorizó al ver sangre. Se limpió en el sucio y destrozado vestido, y se lanzó en los brazos de Lord Winterlark.
―Te amo ―le dijo, antes de besar apenas sus labios por última vez. Él no contestó, no supo hacerlo. No supo si la amaba, si la odiaba o si sentía miedo de perderla. O si, tal vez, la certeza de perderla para siempre no le permitía reaccionar. No pensaba detenerla, por más que su pecho se contrajese y sus manos se crisparan, conteniendo la necesidad de salir corriendo y recuperar a su mujer. Una parte de su ser lo encontraba justo.
Ella no dijo nada más, antes de seguir a Caronte a la barca, sin mirar atrás. Lord Winterlark la miró partir, hasta que su silueta desapareció entra la niebla del Támesis. O quizás el Estigia, o el Aqueronte.
Así se quedaron, los dos hombres, contemplando por un largo rato el lugar en el que la barcaza se había desvanecido. Casi parecía que todo lo ocurrido había sido un sueño, o algo demasiado lejano en el tiempo y cuyo recuerdo se nublaba y carecía de sentido.
―¿Lo llevo? ―preguntó, al fin, el cochero.
Lord Winterlark sonrió con amargura.
―A un bar ―suspiró―. Necesito olvidar.
No tenía dinero, pero ya se las arreglaría de alguna forma. No le importaba demasiado, tampoco. No le importaba nada.
―¿Podrá?
Respiró profundamente. Evocó el rostro de su mujer, los años felices. Toda su vida, todo lo que tenía sentido, y todo lo que no. Los ojos de Calista al partir. Lo fríos que estaban sus labios en ese último beso. Lo lejanas que parecían ahora sus palabras.
―Puedo intentarlo.

14 de junio de 2011

Palabras trémulas

Si sé que estás a mi lado

 

no controlo el temblor






ese que ataca mi labio


y que me delata a tus ojos


esos que se clavan 


en mis pupilas turbadas





y exigen una respuesta


y anhelan una palabra




y abrigan una esperanza







y esconden todo


todo lo que yo quiero saber



pero es secreto





y mis pupilas no se atreven 


a intentar descubrirlo

23 de mayo de 2011

Tanto de más

No era necesario decir tanto
hablar tanto, tanto de más
ni que tus palabras se escurrieran
bajo mi piel, dentro de mí
porque duelen tanto, tanto de más

No era necesario hablar tanto
si aprendí tanto, tanto de más
con tu silencio, con tus miradas
en mis retinas, dentro de mí
que repito tanto, tanto de más

No era necesario conocernos tanto
y alejarnos tanto, tanto de más
que quererte aún me duele
en mi alma, dentro de mí
y perdura tanto, tanto de más

14 de mayo de 2011

Nube


No voy a perdonarte.
Lo sé.
Nube se mira los pies descalzos, evitando su mirada. Escucha su propia respiración. Los latidos de su corazón resuenan como tambores de guerra.
Entonces, ¿por qué todavía sigues aquí? ―pregunta él, sin moverse.
Nube también se lo pregunta. No entiende por qué sus piernas insisten en clavarse en la tierra, por qué sus pies no quieren levantarse.
Ya no hay nada que pueda hacer.
Vuelve a casa, Nube ―le dice Trueno.
La muchacha levanta la vista hacia él, y puede notar que se desvanece.
No te vayas ―ruega―. No todavía.
Trueno no le responde. Ella sabe que su silencio dice muchísimo, pero no quiere escuchar nada de eso. Ahora, tan sólo le gustaría escuchar su voz. Por última vez.
Aunque lo que más desea, en realidad, es poder levantar su brazo y tocarlo. Sabe que es imposible. Sabe que no puede alcanzarlo. Que su piel, sus manos, sus labios, todo lo que el tacto le decía que era Trueno, ya no existe. No de esa forma.
La vista y el sonido deben bastarle, ya que los otros sentidos le están vedados. Si se esfuerza, puede imaginar el olor de Trueno, el que la envolvía cuando estaba entre sus brazos.
Brazos imposibles. Brazos lejanos.
Adiós, Nube ―se despide Trueno, con voz baja pero contundente.
Nube extiende su mano hacia él, inconscientemente, aunque tenga claro que no es posible tocarlo. No dice adiós. Ella no está preparada para despedirse.
Un trueno, de los del cielo, resuena con fuerza, señal de que él ya se ha marchado. Nube eligió esa noche precisamente porque se venía una tormenta. Era el momento perfecto para llamar el espíritu de Trueno.
Comienza a caer la lluvia, primero despacio, apenas unas gotas. Luego, se intensifica hasta casi volverse dolorosa. Nube, sin embargo, no se mueve. No llora, ni emite sonido alguno. Tan sólo mira el espacio vacío donde hace unos segundos se encontraba el espíritu.
Otro trueno estalla, mucho más potente, despertándola de su ensimismamiento. A pesar de haberse ido, de no perdonarla, él la sigue cuidando. Nube reacciona y emprende retirada, huyendo entre los árboles como un ciervo asustado. Su pelo se empapa, y su vestido se vuelve pesado.
De repente, siente el frío meterse en su cuerpo. Apura el paso para poder llegar a la aldea y resguardarse de la lluvia. Para eso debe llegar al claro en el que habita la Tribu del Cielo, la última de las tribus en el Gran Bosque. No puede permitirse morir, porque es mujer, y son pocos. Por más pena que haya en su corazón, la supervivencia es ahora lo más importante.
Recuerda su infancia, cuando solía encontrarse con los niños de la Tribu del Viento. En esos días de inocencia y felicidad, se hizo amiga primero de Eco, y luego de su hermano, Trueno. Las mujeres de ambas tribus se encontraban en el lago, que compartían para asearse.
La Tribu del Cielo y la Tribu del Viento eran amigas, e incluso peleaban juntas en algunas de las guerras contra otras tribus, dividiéndose las pieles, armas y mujeres que conseguían al vencer.
Una de esas mujeres, una vez, fue la madre de Nube. Vino de la Tribu del Fuego, hace muchísimas lunas. Ahora su gente ya no existe. Todos murieron cuando llegó la plaga.
Nube lo recuerda muy bien. Antes, era normal encontrarse en el arroyo que cruza el Gran Bosque, con gente de otras tribus, para el trueque de pieles y otros utensilios. A veces, hasta se intercambiaban mujeres, para mantener la paz. No todas aceptaban dejar su tribu de buen grado, pero así eran las cosas. Ninguna se hubiese atrevido a empezar una guerra.
En estos tiempos, el arroyo está vacío y ya nadie se puede dar el lujo de rechazar una unión. En la Tribu del Cielo son apenas cincuenta personas, y lo primordial es procrear, no importa con quién.
Sobre todos pesa la vergüenza, la terrible culpa, de haber acabado con la Tribu del Viento.


Para seguir leyendo, click aquí, página 17 :)

4 de mayo de 2011

La dama de la flor negra


Fue lo que fue
y no lo que es
lo que es ya no es
lo que fue alguna vez

Cuentan en tierras del norte, o eso me dijeron, historias sobre una dama de la corte, la Dama de la Flor Negra. Sí, así le dicen, querida mía. No, no recuerdo su nombre, es que, ¿sabéis? Las lenguas del norte son increíblemente extrañas. Como un gruñido con significados.
En fin, decía. Esa dama, mi señora, era una mujer bellísima, pero terriblemente fría. Escuché más sobre su helado corazón, que de su piel nívea, su cabello dorado y sus ojos de bruma. Tal vez es que es en esas cosas en las que se fijan los hombres del norte, o lo que más recordaba el juglar que me lo contó. Mi señora, le aseguro que no hay belleza comparable a la vuestra, pero la de esa dama... la de esa dama era letal.

Cabellos de oro, ojos de bruma
baila en la nieve
baila bajo la luna
baila dormida
hasta que el sol nos una

No dejéis que mi laúd os engañe, señora. Esta no es una historia alegre. NO me miréis con ojos de reproche, amada mía, ¿queréis que os cante otra cosa? ¿no? Pues entonces preparaos, que ahora es cuando realmente comienza.
Esta dama, cuentan los juglares, era profundamente admirada en su corte, y muchísimos caballeros, de los más nobles, pidieron su mano en matrimonio. Ella siempre los rechazaba, como suelen hacer las mujeres en las canciones. Las otras damas le advertían, celosísimas, que si no tomaba un marido ahora, que estaba en la edad ideal, moriría soltera o en un convento. Y que a nadie le gustaba una mujer tan soberbia.
La Dama de la Flor Negra, aunque aún no le decían así, las ignoraba, y ellas se morían de rabia y envidia.

Silencio en tus ojos, señora
frío en tus labios, tu mano se escapa
no pierdas mas tiempo, ya es hora
tu canto helado me atrapa

Como era obvio, querida mía, llegó el día en que uno de los caballeros no aceptó ser rechazado. Habiendo peleado cruentas batallas, surcado tantos mares bravíos, y viajado por tantas tierras lejanas; una mujer no iba a ser quien le derrotase.
Este orgulloso, feroz guerrero, juró que la dama se casaría con él; y hasta lo juró por esos dioses paganos en los que creen en secreto los del norte. Si hubiese sabido de qué madera estaba hecha esa mujer, no habría malgastado juramentos.
Intentó cortejarla, dicen. Le pidió ayuda a incontables trovadores y juglares, que compusieron canciones en su honor, a su belleza, al amor que el guerrero le profesaba. Ella, impasible, las escuchaba con seriedad, pero luego ni se dignaba a mirarlo. El guerrero estallaba en rabia por sus desplantes.

Tantos versos te he escrito
tantas cuerdas he rasgado
pero mi canto ya es un grito
mi laúd se ha marchitado

El caballero, henchido de furia, comenzó a seguir sus pasos, presa de una obsesión que lo arrastraba inexorablemente a la locura. Cada vez que la dama salía de su hogar, el guerrero estaba allí, en la penumbra, para volverse parte de su sombra.
Tal vez por eso, señora mía, descubrió sus viajes secretos al bosque. Los círculos de piedra en el claro, los animales sacrificados, los cánticos prohibidos. La dama, la hermosa dama, estaba practicando las negras artes del Diablo. Era una bruja.

Hermosa hechicera, maldad era tu frío
de tu sombrío encanto es imposible huir
este corazón ya no es mío
maldigo, oh hereje, este sentir

El guerrero, espantado, no supo qué hacer. Podía contar lo que había visto. Reclamar de inmediato que fuera quemada por brujería, pero... su honor quedaría manchado. Un caballero de tal fama y renombre como él, bajo el hechizo de una bruja. Sería terrible.
Entonces, señora, tomó una infortunada decisión: salió de su escondite, aferró a la dama de sus cabellos de sol hasta que la escuchó ahogar un grito de dolor. Ofendido por su soberbia, la empujó al suelo y escupió. La dama, humillada, clavó sus ojos furiosos sobre él, pero el caballero no se amedrentó. Le espetó que la había visto, y que si no se casaba con él, descubriría su secreto frente a todos.
La dama se tomó unos segundos antes de aceptar. El guerrero sonrió satisfechos, pero la sonrisa se borró de su rostro cuando ella también esbozó una, enigmática e indescifrable.

Oh dama, te uniste a mí
tanto odio en tus ojos niebla
tanto horror, el que no preví
quiera Dios que mi alma no pierda

La corte se sumió en una sorpresa absoluta, al saber del compromiso entre la dama y el guerrero. Mujeres celosas, que hubiesen querido ser ellas esposas de tal caballero; y hombres que habían sido rechazados, heridos en su orgullo.
Se celebró la ceremonia muy pronto, casi como para asegurarse de que la dama no huyera. Un halo de misterio envolvía a la novia, que, esplendorosa, hipnotizaba a los allí presentes. Algo en la forma de moverse, en sus palabras, algo fuera de este mundo.
No me miréis de esa forma, señora. No era una belleza limpia, angelical como la vuestra. Era algo maligno, demoníaco, producto de viles brujerías. Vos sabéis, mi dama, cómo son esas mujeres, amantes del demonio.

Vil y cruel serpiente
querida del amo del Infierno
le ruego a mi alma que despierte
antes de que la congele tu invierno

Hubo una fiesta luego de la unión, un suntuoso banquete, música y vino. Hubo cantos y bailes, hasta y después de que los ahora marido y mujer se marcharan.
Fue esa noche, en la habitación, cuando sucedió. Cuando el guerrero intentó acercarse a ella para consumar el matrimonio. La dama le permitió tocarla, comenzar a quitar el elaborado vestido, de tela suave como tersa era su piel. El guerrero, enfrascado en su tarea, no fue consciente de que su mujer reía. Pero no lo hacía con alegría, sino con un gozo escalofriante. Obnubilado por sus prisas, no notó la crueldad en las pupilas de la dama.

Piel nívea, piel de seda
me envuelve la bruma
tu calor me quema
tu tacto sacrílego
es candor que abruma

Señora mía, por favor, os lo ruego, no se escandalice por lo desvergonzado del relato. Es la única forma de que pueda entenderse la vileza del acto, lo terrible de su soberbia, el orgullo ciego del caballero. Cómo, señora, pagó por sus pecados.
Porque por la mañana, apenas el sol despertó de su letargo, los criados sintieron algo terrible en aquella morada. Algo siniestro en el aire, algo diabólico. Al abrir la puerta, aterrados, fueron testigos de lo que allí había acontecido. Sobre la cama desordenada, helado y pálido como el pétalo de un lirio, yacía el guerrero. Los ojos abiertos, la boca de labios azulados contraídos en una mueca de horror. Parecía haber muerto congelado. Sobre su pecho desnudo, reposaba una flor negra.
La dama jamás fue vista de nuevo, y la historia fue contada por todos los reinos.
¿Qué? ¿Que si todo esto es verdad? No lo sé, señora mía, yo soy sólo un juglar.

11 de abril de 2011

Es abril

Es abril otra vez
y abril se tiñe de tu voz
se abraza a toda esa locura
a todos esos desencuentros

Es abril, de nuevo abril.
Otra vez las mismas caras sin color
te llevaste el color
te llevaste el viento

Es abril y grita el silencio
se agita la nada, se agita tu pelo
te quedaste el calor
te quedaste el viento

Abril de nuevo y no tengo tu voz
se alejaron las manos cálidas
cuando sopla el viento
porque te llevaste el viento
y el color
y no se agita tu pelo
y ya no estás vos

2 de abril de 2011

Surrender


Won't you please surrender to me?
Your lips, your arms, your heart, dear
Be mine forever
Be mine tonight

Nuestra película favorita siempre fue Casablanca.
A Simone la conocí en París. Era verano y un par de nubes regordetas flotaban níveas en el cielo azul. Como dice Cortázar, andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Y por supuesto, lo hicimos.
Simone tenía el pelo corto, apenas encima de los hombros, y una sonrisa que se insinuaba, sin mostrarse del todo. No porque no se atreviese a hacerlo, a pocas cosas no se atrevía Simone; no la mostraba porque sólo lo hacía cuando valía la pena.
Me siento afortunado de poder decir que, cuando nos cruzamos por primera vez, ella sonrió.
Pero decía; nuestra película favorita siempre fue Casablanca, y así como Ilsa y Rick tienen As time goes back, nosotros tenemos Surrender. Tal vez nuestro París no era el mismo París de los años cuarenta, y tal vez no teníamos a Sam para que tocara nuestra canción, pero cuando Simone ponía sus vinilos de Elvis Presley, el tocadiscos parecía cobrar vida y nos olvidábamos del universo.
Aprendí a amar la música gracias a Simone. En realidad, sería más correcto decir “aprendí a amar gracias a Simone”. Fue mi mejor maestra, y me hizo olvidar las enseñanzas de cualquier otra. Jamás pude volver a estudiar esos temas, después de Simone.
La ventana de mi casa recortaba un cuadro de París, que parecía pintado por las más exquisitas acuarelas. Nosotros, ajenos al mundo que se desplegaba más allá del pequeño apartamento sobre la Rue Cardinet, bailábamos al compás de Surrender¹ y otras canciones que nos hacían estremecer el alma. Esa en especial, decía todo lo que nosotros queríamos decirnos, lo que nuestros labios morían por suspirar mientras bailábamos muy juntos frente a la ventana.

When we kiss my heart's on fire
Burning with a strange desire
And I know, each time I kiss you
That your heart's on fire too


No sólo bailábamos en aquel apartamento sobre la Rue Cardinet. Teñíamos nuestras tardes de pasión, hablábamos durante horas sobre música y literatura -ambos adorábamos a Cortázar y a Baudelaire-, y soñábamos con el día en el que pudiéramos pasar una noche juntos.
Porque en cuanto el sol se ocultaba tras el horizonte, Simone tenía que marcharse. Volvía a su casa, junto a su marido. A su vida normal, la parodia que sostenía al borde del precipicio. Cada mediodía salía de su casa, diciendo que iba a leer al parque, pero venía a casa, a mí, a mis brazos.
Entonces comenzaba de nuevo: la pasión, el baile, los libros y el tocadiscos girando sin parar, dándole cuerda a nuestra rutina. Una rutina que, por si alguien se lo preguntaba, estaba feliz de poder conservar. Tal vez no era la mejor de las situaciones, pero aquel precario amor era lo único que me mantenía en París.
Mi sueño era volver a Praga, pero volver con ella. Simone no conocía mi ciudad natal, y tampoco le gustaba mucho la idea de alejarse de Francia.
Podemos ser felices aquí, Jan ―decía sentada en mi ventana, fumando un cigarrillo. Lo sostenía entre sus delicados dedos, llevándolo a su boca pequeñita. Toda ella parecía formar parte de mi hermosa acuarela parisina―. No necesitamos más.
Sonreía, apagaba el cigarro contra el marco de la ventana y se acercaba a mí. Sabía que podía, con el simple toque de su piel, hacerme olvidar lo que le estaba diciendo. Por supuesto que ella no necesitaba más, pero yo no podía seguir así. No podía soportar su ausencia en las noches, despertar cada mañana en soledad, anhelando su cuerpo entre mis sábanas. Recitarle al oído esos poemas de Baudelaire que tanto la hacían suspirar, al acariciar su piel suave y cálida.

Es dulce ver surgir a través de las brumas
La estrella en el azul, la luz en la ventana,
Alzarse al firmamento los ríos del carbón
Y derramar la luna su desvaído hechizo.

Sí, querido Charles², eran hermosas las noches en París, pero parecía faltarles la luna. Las estrellas se burlaban de mi sentimentalismo patético, y yo me encogía dentro de mi gabardina, caminando por la ciudad con el secreto deseo de encontrarme con ella y su marido, retarla a fingir que no me conocía, ver cómo reaccionaba.
Jamás sucedió, Simone y su marido nunca salían de casa por las noches. Él la trataba como un adorno, su adorable ruiseñor enjaulado. No tenía idea de que ese ruiseñor escapaba de su prisión cada día para encontrarse con un mirlo de plumas y corazón negro, que en ese momento todavía albergaba luz. No tenía idea de que su esposa fantaseaba con la idea de irse lejos, a Praga.
Pero Simone, por encima de todo, era una mujer sensata. Fantaseaba, sí, y sin embargo tenía los pies plantados firmemente en la tierra. Concretamente, en Francia. A veces me decía que iba a pensar en huir conmigo a Praga. Sería tan fácil dejarlo todo, hacer las maletas y tomar un tren hacia una nueva vida. No duraba mucho, al otro día destrozaba mis sueños con un gesto de la mano. Hacía una mueca y me instaba a tomar conciencia de la realidad.
No podíamos esperar nada más de la vida, nada más que las tardes de baile y juegos secretos en mi apartamento de la Rue Cardinet.

Fue entonces cuanto tomé la amarga decisión. Esa tarde vimos Casablanca por decimoquinta vez. Nos sabíamos los diálogos de memoria, y hasta jugué a modificarlos para hacerla reír. El cielo vestía de gris, ella vestía de azul³.
Bailamos Surrender, junto a la ventana, junto a París. El tocadiscos no dejó de girar, y nosotros tampoco. La sentía más cerca que nunca, casi como un sueño. Pero el sueño comenzó después, al atardecer. Quería volver a casa, sin saber que estaba en casa. Ese ocaso, sin embargo, no la dejé irse. Le rogué de rodillas que sólo una vez se quedara conmigo a pasar la noche.
Quizás fue el tono de mi voz, la angustia disfrazada, lo que la convenció. Como dice en Rayuela: Espero cualquier cosa de esta noche, hay como una atmósfera de fin del mundo.
Así me sentía la noche del fin de nuestro mundo, esperando lo que fuera. Después de todo, le dice Ilsa a Rick: El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos.
Casablanca, Rayuela, Surrender.
Hoy no soy capaz de pensar en ello sin derrumbarme un poco.
La única noche que pasamos juntos se vistió de duelo, pero yo le quité el vestido y nos encargamos de hacerla eterna. Cada segundo, cada roce de su piel me quedó grabado. Jamás voy a olvidarlo.
Sólo una vez desperté junto a ella, y me dediqué a observarla dormir. Presté infinita atención a su respiración acompasada, hasta que abrió sus ojos y me llenó de una ternura hasta ese entonces desconocida. Se me encogió el corazón al pensar que sería la última vez.
Pensamos mil excusas para que Simone le dijera a su marido, acerca de su ausencia. No llegamos a nada, pero me dijo que ya pensaría en algo. Nos despedimos con un último beso, que alargué todo lo que pude. Simone parecía extrañada, pero no dijo nada. Si sospechó algo de mi comportamiento, nunca lo supe. Ni lo sabré.
En cuanto se fue, hablé con mi casera y le dije que me marchaba. Le dejé una nota en caso de que Simone volviera -lo haría, seguramente, pero no podía decírselo así como así-, junté las pocas cosas que tenía y me marché del pequeño apartamento de la Rue Cardinet.
Irónico era que, siendo nuestra película favorita Casablanca, las cosas terminaran así. Pero yo no tenía intenciones de viajar a un lugar tan lejano como África, yo sólo quería volver a casa. Con el corazón destrozado, pero en mi hogar.
A medida que el tren avanzaba, me fui despidiendo de nuestros momentos juntos, las tardes, el amor. Una fruta prohibida, lejos de nuestro alcance mientras Simone no fuera capaz de dejar a su marido y arriesgarse a huir conmigo. O sea, para siempre.
¡Qué irónico, sí, que las cosas acaben de esta forma!
No puedo terminar mi relato con otra frase, ni aunque quisiera.
Adiós, Simone.
Siempre nos quedará París.





¹When we kiss my heart's on fire/Burning with a strange desire/And I know, each time I kiss you/That your heart's on fire too/So, my darling, please surrender/All your love so warm and tender/Let me hold you in my arms, dear/While the moon shines bright above/ All the stars will tell the story/ Of our love and all its glory/Let us take this night of magic/And make it a night of love/Won't you please surrender to me/Your lips, your arms, your heart, dear/Be mine forever/Be mine tonight.
²Charles Baudelaire, Paisaje, de "Cuadros Parisienses"
³Rick a Ilsa: "Recuerdo cada detalle. Los alemanes iban de gris. Tú ibas de azul."