2 de abril de 2011

Surrender


Won't you please surrender to me?
Your lips, your arms, your heart, dear
Be mine forever
Be mine tonight

Nuestra película favorita siempre fue Casablanca.
A Simone la conocí en París. Era verano y un par de nubes regordetas flotaban níveas en el cielo azul. Como dice Cortázar, andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos. Y por supuesto, lo hicimos.
Simone tenía el pelo corto, apenas encima de los hombros, y una sonrisa que se insinuaba, sin mostrarse del todo. No porque no se atreviese a hacerlo, a pocas cosas no se atrevía Simone; no la mostraba porque sólo lo hacía cuando valía la pena.
Me siento afortunado de poder decir que, cuando nos cruzamos por primera vez, ella sonrió.
Pero decía; nuestra película favorita siempre fue Casablanca, y así como Ilsa y Rick tienen As time goes back, nosotros tenemos Surrender. Tal vez nuestro París no era el mismo París de los años cuarenta, y tal vez no teníamos a Sam para que tocara nuestra canción, pero cuando Simone ponía sus vinilos de Elvis Presley, el tocadiscos parecía cobrar vida y nos olvidábamos del universo.
Aprendí a amar la música gracias a Simone. En realidad, sería más correcto decir “aprendí a amar gracias a Simone”. Fue mi mejor maestra, y me hizo olvidar las enseñanzas de cualquier otra. Jamás pude volver a estudiar esos temas, después de Simone.
La ventana de mi casa recortaba un cuadro de París, que parecía pintado por las más exquisitas acuarelas. Nosotros, ajenos al mundo que se desplegaba más allá del pequeño apartamento sobre la Rue Cardinet, bailábamos al compás de Surrender¹ y otras canciones que nos hacían estremecer el alma. Esa en especial, decía todo lo que nosotros queríamos decirnos, lo que nuestros labios morían por suspirar mientras bailábamos muy juntos frente a la ventana.

When we kiss my heart's on fire
Burning with a strange desire
And I know, each time I kiss you
That your heart's on fire too


No sólo bailábamos en aquel apartamento sobre la Rue Cardinet. Teñíamos nuestras tardes de pasión, hablábamos durante horas sobre música y literatura -ambos adorábamos a Cortázar y a Baudelaire-, y soñábamos con el día en el que pudiéramos pasar una noche juntos.
Porque en cuanto el sol se ocultaba tras el horizonte, Simone tenía que marcharse. Volvía a su casa, junto a su marido. A su vida normal, la parodia que sostenía al borde del precipicio. Cada mediodía salía de su casa, diciendo que iba a leer al parque, pero venía a casa, a mí, a mis brazos.
Entonces comenzaba de nuevo: la pasión, el baile, los libros y el tocadiscos girando sin parar, dándole cuerda a nuestra rutina. Una rutina que, por si alguien se lo preguntaba, estaba feliz de poder conservar. Tal vez no era la mejor de las situaciones, pero aquel precario amor era lo único que me mantenía en París.
Mi sueño era volver a Praga, pero volver con ella. Simone no conocía mi ciudad natal, y tampoco le gustaba mucho la idea de alejarse de Francia.
Podemos ser felices aquí, Jan ―decía sentada en mi ventana, fumando un cigarrillo. Lo sostenía entre sus delicados dedos, llevándolo a su boca pequeñita. Toda ella parecía formar parte de mi hermosa acuarela parisina―. No necesitamos más.
Sonreía, apagaba el cigarro contra el marco de la ventana y se acercaba a mí. Sabía que podía, con el simple toque de su piel, hacerme olvidar lo que le estaba diciendo. Por supuesto que ella no necesitaba más, pero yo no podía seguir así. No podía soportar su ausencia en las noches, despertar cada mañana en soledad, anhelando su cuerpo entre mis sábanas. Recitarle al oído esos poemas de Baudelaire que tanto la hacían suspirar, al acariciar su piel suave y cálida.

Es dulce ver surgir a través de las brumas
La estrella en el azul, la luz en la ventana,
Alzarse al firmamento los ríos del carbón
Y derramar la luna su desvaído hechizo.

Sí, querido Charles², eran hermosas las noches en París, pero parecía faltarles la luna. Las estrellas se burlaban de mi sentimentalismo patético, y yo me encogía dentro de mi gabardina, caminando por la ciudad con el secreto deseo de encontrarme con ella y su marido, retarla a fingir que no me conocía, ver cómo reaccionaba.
Jamás sucedió, Simone y su marido nunca salían de casa por las noches. Él la trataba como un adorno, su adorable ruiseñor enjaulado. No tenía idea de que ese ruiseñor escapaba de su prisión cada día para encontrarse con un mirlo de plumas y corazón negro, que en ese momento todavía albergaba luz. No tenía idea de que su esposa fantaseaba con la idea de irse lejos, a Praga.
Pero Simone, por encima de todo, era una mujer sensata. Fantaseaba, sí, y sin embargo tenía los pies plantados firmemente en la tierra. Concretamente, en Francia. A veces me decía que iba a pensar en huir conmigo a Praga. Sería tan fácil dejarlo todo, hacer las maletas y tomar un tren hacia una nueva vida. No duraba mucho, al otro día destrozaba mis sueños con un gesto de la mano. Hacía una mueca y me instaba a tomar conciencia de la realidad.
No podíamos esperar nada más de la vida, nada más que las tardes de baile y juegos secretos en mi apartamento de la Rue Cardinet.

Fue entonces cuanto tomé la amarga decisión. Esa tarde vimos Casablanca por decimoquinta vez. Nos sabíamos los diálogos de memoria, y hasta jugué a modificarlos para hacerla reír. El cielo vestía de gris, ella vestía de azul³.
Bailamos Surrender, junto a la ventana, junto a París. El tocadiscos no dejó de girar, y nosotros tampoco. La sentía más cerca que nunca, casi como un sueño. Pero el sueño comenzó después, al atardecer. Quería volver a casa, sin saber que estaba en casa. Ese ocaso, sin embargo, no la dejé irse. Le rogué de rodillas que sólo una vez se quedara conmigo a pasar la noche.
Quizás fue el tono de mi voz, la angustia disfrazada, lo que la convenció. Como dice en Rayuela: Espero cualquier cosa de esta noche, hay como una atmósfera de fin del mundo.
Así me sentía la noche del fin de nuestro mundo, esperando lo que fuera. Después de todo, le dice Ilsa a Rick: El mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos.
Casablanca, Rayuela, Surrender.
Hoy no soy capaz de pensar en ello sin derrumbarme un poco.
La única noche que pasamos juntos se vistió de duelo, pero yo le quité el vestido y nos encargamos de hacerla eterna. Cada segundo, cada roce de su piel me quedó grabado. Jamás voy a olvidarlo.
Sólo una vez desperté junto a ella, y me dediqué a observarla dormir. Presté infinita atención a su respiración acompasada, hasta que abrió sus ojos y me llenó de una ternura hasta ese entonces desconocida. Se me encogió el corazón al pensar que sería la última vez.
Pensamos mil excusas para que Simone le dijera a su marido, acerca de su ausencia. No llegamos a nada, pero me dijo que ya pensaría en algo. Nos despedimos con un último beso, que alargué todo lo que pude. Simone parecía extrañada, pero no dijo nada. Si sospechó algo de mi comportamiento, nunca lo supe. Ni lo sabré.
En cuanto se fue, hablé con mi casera y le dije que me marchaba. Le dejé una nota en caso de que Simone volviera -lo haría, seguramente, pero no podía decírselo así como así-, junté las pocas cosas que tenía y me marché del pequeño apartamento de la Rue Cardinet.
Irónico era que, siendo nuestra película favorita Casablanca, las cosas terminaran así. Pero yo no tenía intenciones de viajar a un lugar tan lejano como África, yo sólo quería volver a casa. Con el corazón destrozado, pero en mi hogar.
A medida que el tren avanzaba, me fui despidiendo de nuestros momentos juntos, las tardes, el amor. Una fruta prohibida, lejos de nuestro alcance mientras Simone no fuera capaz de dejar a su marido y arriesgarse a huir conmigo. O sea, para siempre.
¡Qué irónico, sí, que las cosas acaben de esta forma!
No puedo terminar mi relato con otra frase, ni aunque quisiera.
Adiós, Simone.
Siempre nos quedará París.





¹When we kiss my heart's on fire/Burning with a strange desire/And I know, each time I kiss you/That your heart's on fire too/So, my darling, please surrender/All your love so warm and tender/Let me hold you in my arms, dear/While the moon shines bright above/ All the stars will tell the story/ Of our love and all its glory/Let us take this night of magic/And make it a night of love/Won't you please surrender to me/Your lips, your arms, your heart, dear/Be mine forever/Be mine tonight.
²Charles Baudelaire, Paisaje, de "Cuadros Parisienses"
³Rick a Ilsa: "Recuerdo cada detalle. Los alemanes iban de gris. Tú ibas de azul."

5 comentarios:

  1. Vengo de leerte en Bad Romance, fue algo mágico, debería decir. Esa historia de amor imposible, tan usual y a la tan diferente. Me gustó.

    Un saludo, querida.

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  2. Serán las citas, será la forma de escribir. O que se yo que será. Pero tú relato en el e-book me dejó con la boca abierta. De verdad. Estoy enamorada de ese relato. Y tengo unas ganas de ver Casablanca que no te imaginas. Porque no, no la he visto y ya toca xD
    En serio, whoa.

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  3. Me encantó tu relato. No sé porqué me gusta a mi tanto este tipo de historias, aunque quizá también se trate de tu modo de contarlas. Genial :)

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  4. Me encantó Surrender :) París es un escenario precioso, y tu manera de introducir Casablanca (una de mis pelis pereferidas) es simplemente maravillosa.
    Un besooo :)

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