4 de mayo de 2011

La dama de la flor negra


Fue lo que fue
y no lo que es
lo que es ya no es
lo que fue alguna vez

Cuentan en tierras del norte, o eso me dijeron, historias sobre una dama de la corte, la Dama de la Flor Negra. Sí, así le dicen, querida mía. No, no recuerdo su nombre, es que, ¿sabéis? Las lenguas del norte son increíblemente extrañas. Como un gruñido con significados.
En fin, decía. Esa dama, mi señora, era una mujer bellísima, pero terriblemente fría. Escuché más sobre su helado corazón, que de su piel nívea, su cabello dorado y sus ojos de bruma. Tal vez es que es en esas cosas en las que se fijan los hombres del norte, o lo que más recordaba el juglar que me lo contó. Mi señora, le aseguro que no hay belleza comparable a la vuestra, pero la de esa dama... la de esa dama era letal.

Cabellos de oro, ojos de bruma
baila en la nieve
baila bajo la luna
baila dormida
hasta que el sol nos una

No dejéis que mi laúd os engañe, señora. Esta no es una historia alegre. NO me miréis con ojos de reproche, amada mía, ¿queréis que os cante otra cosa? ¿no? Pues entonces preparaos, que ahora es cuando realmente comienza.
Esta dama, cuentan los juglares, era profundamente admirada en su corte, y muchísimos caballeros, de los más nobles, pidieron su mano en matrimonio. Ella siempre los rechazaba, como suelen hacer las mujeres en las canciones. Las otras damas le advertían, celosísimas, que si no tomaba un marido ahora, que estaba en la edad ideal, moriría soltera o en un convento. Y que a nadie le gustaba una mujer tan soberbia.
La Dama de la Flor Negra, aunque aún no le decían así, las ignoraba, y ellas se morían de rabia y envidia.

Silencio en tus ojos, señora
frío en tus labios, tu mano se escapa
no pierdas mas tiempo, ya es hora
tu canto helado me atrapa

Como era obvio, querida mía, llegó el día en que uno de los caballeros no aceptó ser rechazado. Habiendo peleado cruentas batallas, surcado tantos mares bravíos, y viajado por tantas tierras lejanas; una mujer no iba a ser quien le derrotase.
Este orgulloso, feroz guerrero, juró que la dama se casaría con él; y hasta lo juró por esos dioses paganos en los que creen en secreto los del norte. Si hubiese sabido de qué madera estaba hecha esa mujer, no habría malgastado juramentos.
Intentó cortejarla, dicen. Le pidió ayuda a incontables trovadores y juglares, que compusieron canciones en su honor, a su belleza, al amor que el guerrero le profesaba. Ella, impasible, las escuchaba con seriedad, pero luego ni se dignaba a mirarlo. El guerrero estallaba en rabia por sus desplantes.

Tantos versos te he escrito
tantas cuerdas he rasgado
pero mi canto ya es un grito
mi laúd se ha marchitado

El caballero, henchido de furia, comenzó a seguir sus pasos, presa de una obsesión que lo arrastraba inexorablemente a la locura. Cada vez que la dama salía de su hogar, el guerrero estaba allí, en la penumbra, para volverse parte de su sombra.
Tal vez por eso, señora mía, descubrió sus viajes secretos al bosque. Los círculos de piedra en el claro, los animales sacrificados, los cánticos prohibidos. La dama, la hermosa dama, estaba practicando las negras artes del Diablo. Era una bruja.

Hermosa hechicera, maldad era tu frío
de tu sombrío encanto es imposible huir
este corazón ya no es mío
maldigo, oh hereje, este sentir

El guerrero, espantado, no supo qué hacer. Podía contar lo que había visto. Reclamar de inmediato que fuera quemada por brujería, pero... su honor quedaría manchado. Un caballero de tal fama y renombre como él, bajo el hechizo de una bruja. Sería terrible.
Entonces, señora, tomó una infortunada decisión: salió de su escondite, aferró a la dama de sus cabellos de sol hasta que la escuchó ahogar un grito de dolor. Ofendido por su soberbia, la empujó al suelo y escupió. La dama, humillada, clavó sus ojos furiosos sobre él, pero el caballero no se amedrentó. Le espetó que la había visto, y que si no se casaba con él, descubriría su secreto frente a todos.
La dama se tomó unos segundos antes de aceptar. El guerrero sonrió satisfechos, pero la sonrisa se borró de su rostro cuando ella también esbozó una, enigmática e indescifrable.

Oh dama, te uniste a mí
tanto odio en tus ojos niebla
tanto horror, el que no preví
quiera Dios que mi alma no pierda

La corte se sumió en una sorpresa absoluta, al saber del compromiso entre la dama y el guerrero. Mujeres celosas, que hubiesen querido ser ellas esposas de tal caballero; y hombres que habían sido rechazados, heridos en su orgullo.
Se celebró la ceremonia muy pronto, casi como para asegurarse de que la dama no huyera. Un halo de misterio envolvía a la novia, que, esplendorosa, hipnotizaba a los allí presentes. Algo en la forma de moverse, en sus palabras, algo fuera de este mundo.
No me miréis de esa forma, señora. No era una belleza limpia, angelical como la vuestra. Era algo maligno, demoníaco, producto de viles brujerías. Vos sabéis, mi dama, cómo son esas mujeres, amantes del demonio.

Vil y cruel serpiente
querida del amo del Infierno
le ruego a mi alma que despierte
antes de que la congele tu invierno

Hubo una fiesta luego de la unión, un suntuoso banquete, música y vino. Hubo cantos y bailes, hasta y después de que los ahora marido y mujer se marcharan.
Fue esa noche, en la habitación, cuando sucedió. Cuando el guerrero intentó acercarse a ella para consumar el matrimonio. La dama le permitió tocarla, comenzar a quitar el elaborado vestido, de tela suave como tersa era su piel. El guerrero, enfrascado en su tarea, no fue consciente de que su mujer reía. Pero no lo hacía con alegría, sino con un gozo escalofriante. Obnubilado por sus prisas, no notó la crueldad en las pupilas de la dama.

Piel nívea, piel de seda
me envuelve la bruma
tu calor me quema
tu tacto sacrílego
es candor que abruma

Señora mía, por favor, os lo ruego, no se escandalice por lo desvergonzado del relato. Es la única forma de que pueda entenderse la vileza del acto, lo terrible de su soberbia, el orgullo ciego del caballero. Cómo, señora, pagó por sus pecados.
Porque por la mañana, apenas el sol despertó de su letargo, los criados sintieron algo terrible en aquella morada. Algo siniestro en el aire, algo diabólico. Al abrir la puerta, aterrados, fueron testigos de lo que allí había acontecido. Sobre la cama desordenada, helado y pálido como el pétalo de un lirio, yacía el guerrero. Los ojos abiertos, la boca de labios azulados contraídos en una mueca de horror. Parecía haber muerto congelado. Sobre su pecho desnudo, reposaba una flor negra.
La dama jamás fue vista de nuevo, y la historia fue contada por todos los reinos.
¿Qué? ¿Que si todo esto es verdad? No lo sé, señora mía, yo soy sólo un juglar.

4 comentarios:

  1. Estoy hipnotizada! Cuando he empezado a leerlo ya no podía parar y, al acabar, ¡quería más!

    Me encanta la poesía intercalada, y la prosa juglaresca (mejor que algunos libros de la época que he leído, te lo digo yo :S).

    La historia, el juglar, la dama.

    Espero que lo presentes a algún concurso, porque es muy bueno :)

    ¡Aix, qué orgullosa! ¡Mi Sophie es toda una gran escritora!

    Besitos, pequeña

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  2. Guau, está impresionante. Concuerdo con el comentario anterior, me lo quería leer de a pedacitos, pero no pude, tuve que hacerlo de un solo tirón porque es terriblemente hipnotizante. ¡Que buena redacción tienes! ¡Seguro que me cautivó tanto por hechizo de la Dama de la Flor Negra!
    Me gusta mucho como escribes. Sigo tu blog.

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