14 de mayo de 2011

Nube


No voy a perdonarte.
Lo sé.
Nube se mira los pies descalzos, evitando su mirada. Escucha su propia respiración. Los latidos de su corazón resuenan como tambores de guerra.
Entonces, ¿por qué todavía sigues aquí? ―pregunta él, sin moverse.
Nube también se lo pregunta. No entiende por qué sus piernas insisten en clavarse en la tierra, por qué sus pies no quieren levantarse.
Ya no hay nada que pueda hacer.
Vuelve a casa, Nube ―le dice Trueno.
La muchacha levanta la vista hacia él, y puede notar que se desvanece.
No te vayas ―ruega―. No todavía.
Trueno no le responde. Ella sabe que su silencio dice muchísimo, pero no quiere escuchar nada de eso. Ahora, tan sólo le gustaría escuchar su voz. Por última vez.
Aunque lo que más desea, en realidad, es poder levantar su brazo y tocarlo. Sabe que es imposible. Sabe que no puede alcanzarlo. Que su piel, sus manos, sus labios, todo lo que el tacto le decía que era Trueno, ya no existe. No de esa forma.
La vista y el sonido deben bastarle, ya que los otros sentidos le están vedados. Si se esfuerza, puede imaginar el olor de Trueno, el que la envolvía cuando estaba entre sus brazos.
Brazos imposibles. Brazos lejanos.
Adiós, Nube ―se despide Trueno, con voz baja pero contundente.
Nube extiende su mano hacia él, inconscientemente, aunque tenga claro que no es posible tocarlo. No dice adiós. Ella no está preparada para despedirse.
Un trueno, de los del cielo, resuena con fuerza, señal de que él ya se ha marchado. Nube eligió esa noche precisamente porque se venía una tormenta. Era el momento perfecto para llamar el espíritu de Trueno.
Comienza a caer la lluvia, primero despacio, apenas unas gotas. Luego, se intensifica hasta casi volverse dolorosa. Nube, sin embargo, no se mueve. No llora, ni emite sonido alguno. Tan sólo mira el espacio vacío donde hace unos segundos se encontraba el espíritu.
Otro trueno estalla, mucho más potente, despertándola de su ensimismamiento. A pesar de haberse ido, de no perdonarla, él la sigue cuidando. Nube reacciona y emprende retirada, huyendo entre los árboles como un ciervo asustado. Su pelo se empapa, y su vestido se vuelve pesado.
De repente, siente el frío meterse en su cuerpo. Apura el paso para poder llegar a la aldea y resguardarse de la lluvia. Para eso debe llegar al claro en el que habita la Tribu del Cielo, la última de las tribus en el Gran Bosque. No puede permitirse morir, porque es mujer, y son pocos. Por más pena que haya en su corazón, la supervivencia es ahora lo más importante.
Recuerda su infancia, cuando solía encontrarse con los niños de la Tribu del Viento. En esos días de inocencia y felicidad, se hizo amiga primero de Eco, y luego de su hermano, Trueno. Las mujeres de ambas tribus se encontraban en el lago, que compartían para asearse.
La Tribu del Cielo y la Tribu del Viento eran amigas, e incluso peleaban juntas en algunas de las guerras contra otras tribus, dividiéndose las pieles, armas y mujeres que conseguían al vencer.
Una de esas mujeres, una vez, fue la madre de Nube. Vino de la Tribu del Fuego, hace muchísimas lunas. Ahora su gente ya no existe. Todos murieron cuando llegó la plaga.
Nube lo recuerda muy bien. Antes, era normal encontrarse en el arroyo que cruza el Gran Bosque, con gente de otras tribus, para el trueque de pieles y otros utensilios. A veces, hasta se intercambiaban mujeres, para mantener la paz. No todas aceptaban dejar su tribu de buen grado, pero así eran las cosas. Ninguna se hubiese atrevido a empezar una guerra.
En estos tiempos, el arroyo está vacío y ya nadie se puede dar el lujo de rechazar una unión. En la Tribu del Cielo son apenas cincuenta personas, y lo primordial es procrear, no importa con quién.
Sobre todos pesa la vergüenza, la terrible culpa, de haber acabado con la Tribu del Viento.


Para seguir leyendo, click aquí, página 17 :)

2 comentarios:

  1. Este textito estuvo en el e-book, yo lo lei, y aún después de haberlo hecho, me sigue poniendo la piel de gallina, y un nudo en el estómago.

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