23 de junio de 2011

Aqueronte



El infame chasquido del látigo estalló sobre el lomo de los caballos, que apresuraron el paso, adentrando el coche en la sombría niebla londinense. El vehículo se introdujo en una callejuela solitaria, cuyo silencio era sólo interrumpido por el sonido de los cascos. El cochero se estremeció, preguntándose por qué su cliente se dirigía  a esa parte de la ciudad. Pero su trabajo era conducir, no  hacer preguntas, aunque la intriga lo carcomiese.
Primero, el aspecto siniestro de su cliente. Con aquel alto sombrero de copa, la levita negra y el andar altivo, parecía ser una persona de alta sociedad. Y luego, una sola mirada suya bastó para que el cochero se convenciera de que no era adecuado hacerle pregunta alguna. El frío en los ojos del hombre le había dejado más que helado.
Volvió a agitar el látigo, deseando llegar al destino de una vez. A pesar de que estaba fresco, sentía las manos transpirar mientras apretaba con fuerza las riendas, intentando concentrarse en el camino. El traqueteo de las ruedas sobre las calles adoquinadas nunca lo había puesto tan nervioso.
Suspiró, reprendiéndose a sí mismo por su cobardía. Enderezó los hombros y se infundió ánimo. Ya pronto llegaría.
Su pecho se deshizo en alivio en cuanto alcanzó la estrecha calle que el hombre le había indicado. El coche se detuvo, y los caballos bufaron nerviosos. El cochero descendió y se apresuró a abrir la puerta. Un escalofrío volvió a recorrer su espalda cuando el rostro del pasajero se asomó, inspeccionando el lugar. Su nariz se curvó en una leve mueca de desagrado.
―Llegamos, señor ―balbuceó el cochero.
―Espere aquí ―respondió el hombre con voz sepulcral.
El cochero sólo asintió, con la garganta demasiado reseca para hablar.
El pasajero salió del coche y caminó con pasos aristocráticos hasta la entrada de una casa de apariencia desmejorada. La madera de las puertas y ventanas estaba podrida, y la opaca pintura verde se descascaraba como piel ajada. El hombre golpeó tres veces, de forma pausada pero contundente. Pasaron unos pocos segundos antes de que le abrieran.
―¡Señor Logan! ―gimió quien sostenía la puerta con dedos temblorosos. Era un hombre enflaquecido y de aspecto macilento. Sus labios estaban resecos y quebradizos por el frío, y dientes amarillos castañeaban en su boca. Tenía pómulos hundidos y ojos pequeños inyectados en sangre. Su ropa era apenas un despojo, un sombrero agujereado ocultaba su cabello sucio y renegrido.
Logan inclinó levemente la cabeza, pasando a su lado con claro desinterés. Atravesó el oscuro vestíbulo y pasó al salón sin detenerse, conocedor del camino.
En el salón podía notarse el perdido esplendor de antaño, que se reflejaba en los espejos polvorientos y brillaba en los cristales deslucidos de la imponente araña, que colgaba desde el techo ya sin la gracia que había sabido tener. Todo en aquella casa parecía haberse marchitado con el paso de los años.
Sin embargo, distaba mucho de estar abandonada.
―Lord Winterlark ―dijo Logan con gravedad―, usted sabe por qué estoy aquí.
El menguado Lord Winterlark, cabizbajo, se frotó las manos con nerviosismo.
―Lo sé, señor Logan, lo sé ―farfulló sin atreverse a levantar la mirada―. Pero tengo que repetirle que...
―¿Quién es, Kenneth...? ―interrumpió una voz débil desde arriba. La poca luz del vestíbulo dejó entrever primero la sombra, y luego la silueta de una mujer delgada, de apariencia enfermiza y delicada. Se quedó helada al ver a Logan allí, aferrándose con fuerza a las faldas de su raído vestido, que, deslucido, denotaba haber sido bellísimo alguna vez.
―Lady Winterlark ―saludó Logan con una sonrisa gélida―. Un gusto volver a verla.
Calista Winterlark terminó de bajar la escalera con la angustia pintada en el rostro. Clavó los ojos grises en el suelo y se acercó a su marido, que la envolvió con un brazo con recelo.
―No tenemos nada que ofrecerle, señor Logan ―masculló Lady Winterlark en voz muy baja―. Nada.
La mujer le sostuvo la mirada unos instantes, pero el hielo de Logan fue demasiado para ella. Se apartó de su marido, abrumada, y se marchó de la habitación entre toses, haciendo resonar fuertemente los tacos de sus zapatos.
―Lord Winterlark, usted sabe que esta es la única forma de recuperar la fortuna de su familia ―retomó la conversación Logan―. No sea necio.
―Y yo le repito, mi señor, que los libros no están en esta casa. Jamás expondría a mi esposa a vivir así, si tuviera otra alternativa.
Algo del antiguo Lord volvió a él al decir estas palabras. Logan sonrió casi burlonamente y sacudió la cabeza divertido.
―Quiero esos libros, mi querido Lord Winterlark. Usted sabe dónde están, no me tome por idiota ―entrecerró los ojos amenazadoramente―, ¿cuánto tiempo más van a sobrevivir usted y su mujer así? Entre ruinas y basura... siendo tan fácil volver a la corte. A los bailes, a las cacerías, a los viajes...
Los ojos de Lord Winterlark brillaron al atisbar en su mente fragmentos de su antigua vida, pero recobró la compostura a tiempo.
―No tenemos los libros.
―Usted solía ser un buen comerciante, Lord Winterlark ―prosiguió Logan con calma―. Sé que entiende perfectamente lo que le estoy diciendo. Entrégueme los libros y le devolveré todo aquello que una vez fue suyo, así como se lo quité.
Lord Winterlark apretó los puños con rabia, pero no dijo nada. Clavó los ojos en los de Logan y casi escupió sus palabras.
―No tenemos los libros ―repitió―, y no estoy interesado en su oferta.
Antes de que Logan pudiese replicar, el sonido de un objeto al cortar el aire llenó el salón, y luego el ruido del impacto de uno de los pesados candelabros de bronce contra la cabeza del hombre.
Logan cayó al suelo polvoriento con un golpe seco, con la expresión de sorpresa todavía en el rostro. A sus espaldas, Lady Winterlark aún sostenía el candelabro, respirando agitada y sin saber qué hacer. Se había acercado suavemente, descalza para no delatar su presencia. La idea de asesinar a Logan había surgido en su cabeza luego de mantener aquella mirada tan perturbadora. Aquel hombre era escalofriante, tan poco humano...
―Calista... ―susurró su marido, entre aliviado y aterrado. Lady Winterlark se arrojó en sus brazos y lloró compulsivamente, sin saber qué hacer. A sus pies yacía el cuerpo de Logan, sobre un charco carmesí que se agrandaba a cada segundo.
―¿Qué vamos a hacer? ―lloriqueó ella― ¿Qué vamos a hacer?
El olor metálico de la sangre comenzaba a marearla, y se sostenía de su esposo para evitar desmayarse. Era apenas consciente de lo que acababa de hacer, pero sin embargo tenía claro que no podía ser tan fácil deshacerse de ese hombre.
―Tenemos que sacar el cuerpo de aquí ―declaró él―. Antes de que alguien decida buscarlo.
Su mujer asintió y se separó de él, volviendo sobre sus pasos para buscar sus zapatos, tenía los pies congelados. Volvió calzada y con un chal venido a menos sobre su cuerpo menudo. Se arrebujó dentro de él tosiendo, temblando por una mezcla de miedo y de frío.
Entre los dos cargaron el pesado cuerpo sin vida de Logan, ella sosteniendo sus pies, él manchándose la raída camisa de escarlata. Lo llevaron hasta las puertas de la casa, y Lord Winterlark abrió para inspeccionar la calle. Estaba vacía, salvo por el coche estacionado frente a su hogar. Miró a su mujer antes de extraer de una de sus botas agujeradas el puñal de su padre, con el escudo de los Winterlark en la empuñadura plateada.
Se dirigió silenciosamente hacia el cochero, que estaba de espaldas arreglando las riendas de uno de los caballos. Antes de que se diera vuelta, lo sujetó firmemente y apoyó el arma sobre su cuello. El cochero se retorció, pero luego se quedó inmóvil, consciente de que era mejor así, si quería sobrevivir.
―Necesitamos que nos lleves al muelle más cercano―le susurró al oído―. Hazlo y todo irá bien. Jamás volverás a vernos, ni a saber de nosotros.
El hombre asintió. Lady Winterlark arrastró con esfuerzo el cadáver de Logan hasta la calle, y el cochero la ayudó a subirlo, obligado por Lord Winterlark. La mujer se quedó dentro del carruaje, mientras que su esposo se sentó al lado del cochero, para mantenerlo vigilado. A ella no le gustaba nada permanecer al lado del cuerpo de Logan, pero no dijo ni una sola palabra al respecto. Aunque, cada vez que el coche traqueteaba sobre la calle de adoquines y el cadáver se movía hacia ella, se le cortaba la respiración.
Pasaron varios minutos de silencio, antes de que el cochero se atreviese a decir una palabra. Sabía que no era lo correcto, que quizás ese terminara siendo su último viaje, pero tenía que preguntar. La curiosidad podía con él.
―¿Usted conocía bien a ese hombre? ―preguntó.
Lord Winterlark estuvo a punto de no contestar, sorprendido por el atrevimiento del cochero, pero no le pareció importante guardar secretos ahora. Ya no había nada que le pareciera importante, además de su mujer.
―Demasiado bien ―repuso―. Él es quien destruyó a mi familia.
El cochero no supo si seguir preguntando, pero sentía que la intriga lo iba carcomiendo poco a poco, más de lo adecuado. Así que, aunque dudando, decidió continuar.
―¿Qué fue lo que hizo?
Lord Winterlark cerró los ojos un momento e inspiró profundamente. Las calles vacías cubiertas de niebla lo protegían de miradas indiscretas.
¿Estaba bien relatarle aquello a un desconocido?
―Ya perdí la cuenta de los años que pasaron desde aquel día ―comenzó, la vista nublada por la melancolía, pero los ojos secos―. Mi familia era enorme, rica, y con un una nobleza en la sangre que nos enorgullecía enormemente. Dígame de qué nos vale esa nobleza ahora, amigo mío.
El cochero esbozó una media sonrisa. Había sido despreciado demasiadas veces por nobles como para sentir una pizca de compasión.
―Y un día, sin que nadie lo esperase, el señor Logan apareció en nuestra casa, reclamando los libros de Elden Winterlark, mi tatara tatara abuelo. Algo totalmente ilógico, porque todos sabíamos que se habían quemado en aquel incendio, ¿recuerda? Se habló de ello durante años; yo aún era muy joven, un recién casado.  
―Lo recuerdo ―asintió el cochero, tirando de las riendas―. Mis padres murieron allí.
Lord Winterlark pareció ignorarlo, demasiado hundido en sus recuerdos.
―Logan quería que le diésemos los libros, nosotros insistimos en que ya no existían. Pero él seguía convencido de que los ocultábamos, así que se dedicó a destruir todo lo que nos importaba. Accidentes, asesinatos, envenenamientos. Nuestra reputación acabada, nuestra fortuna robada, dilapidada. Él jamás negó su responsabilidad, pero nos fue imposible ubicarlo para hacerle pagar por sus crímenes. Así, poco a poco, mi esposa y yo fuimos hundiéndonos en la miseria. Los criados nos abandonaron, diciendo no sé qué cosas sobre una maldición, usted sabe lo crédulas que son esas personas. La casa se llenó de polvo, la ropa fue desgastándose. La comida... la comida. No creo que sea necesario hablar de ello, me avergüenza.
―No se preocupe ―murmuró el cochero. Hizo estallar el látigo sobre los caballos, para  que se apresuraran. Pensar que su último cliente había sido un asesino le hacía replantearse varias cosas acerca de su empleo. En realidad, su último cliente no era Logan, sino Lord Winterlark. Pero de todas formas, al recordar el cadáver que ocupaba el coche, no podía decir que no se trataba de un asesino también. Definitivamente, no iba a ser una noche fácil―. Continúe.
Lord Winterlark carraspeó antes de proseguir.
―Dije que nos fue imposible encontrar a Logan, pero él siempre nos encontró a nosotros. Cada tanto tiempo volvía a casa para recordarnos su pedido. Y cada una de esas veces, al negarnos, las cosas se volvían peores y peores. El frío, el hambre... mi mujer está enferma. No sé cuánto tiempo más le queda a mi lado, pero ya no puedo soportar esto. Ahora que Logan está muerto, ¿qué podemos hacer? No creo que las cosas cambien mucho.
El cochero guardó silencio. Durante interminables instantes sólo se oyeron los cascos de los caballos, repiqueteando rítmicamente sobre los adoquines.
―¿Y por qué son tan importantes esos libros? ―inquirió por fin.
Lord Winterlark no contestó en seguida. Maldijo en su fuero interno aquellas páginas que habían convertido su vida en un calvario. Caviló un segundo, preguntándose si no había hablado ya suficiente. Era un simple cochero, no tenía por qué explicarle más. Sin embargo, sentía la necesidad de hablar, de quitarse esos años de dolor y que alguien más cargara con su peso durante unos instantes.
―Solían decirse muchas cosas acerca de Elden Winterlark. Se conocían de sobra sus tratos con personas no adecuadas, usted me entiende. Se lo acusó de traición en alguna ocasión, pero encontró la forma de salirse con la suya. Nunca estuvo preso, pero tampoco pasó mucho tiempo en Inglaterra. Viajaba cada vez que podía, a países lejanos, y registraba todo en sus cuadernos de viaje. Con ellos escribió tres libros, libros sobre la muerte ―recalcó―. Se dice que hay muchísimos secretos en sus páginas, cosas que nadie jamás debería saber. Lo cierto es que nunca vi esos volúmenes, ni antes ni mucho menos después del incendio.
―¿Y de verdad se quemaron? ―preguntó el cochero, sin poder disimular la fascinación en su voz.
―Mi estimado, ¿cómo podría saberlo? ―sonrió Lord Winterlark― Reconstruimos la casa, pero jamás encontramos los libros. No sé qué fue de ellos, ni siquiera sé si existieron realmente. Lo único que puedo asegurar es que, reales o no, esos libros arruinaron mi vida. Pero ya no importa, ya no importa...
Dejó que su mirada se perdiera en la nada, hundida en una profunda melancolía. El coche dobló y llegaron a un pequeño muelle sobre el Támesis. El lugar ideal.
Los dos hombres, ya cómplices, bajaron del coche y le abrieron la puerta a Lady Winterlark. Ella agradeció poder salir, harta de la compañía del cuerpo sin vida de Logan. Se sentó en la escalerilla del vehículo y se abanicó con una de sus pálidas manos, antes de empezar a toser. Su esposo la miró preocupado, pero enseguida volvió a su tarea.
Junto con el cochero, arrojaron el cadáver al río, para luego mirarse satisfechos, con una extraña y reciente complicidad. No era una sensación tan terrible la de deshacerse de una persona así.
―¿Los llevo de vuelta? ―se ofreció, incluso. No entendía por qué, pero no quería dejar de ser parte de aquella historia. Volver a la realidad, tan llena de normalidad, de calles grises y cielos plomizos, era como terminar una novela pero seguir atrapado entre sus páginas.
Lady Winterlark iba a asentir, pero se quedó de piedra antes de poder siquiera levantar la cabeza. Entre la niebla que cubría al río, una forma irregular avanzaba hacia ellos, lentamente, pero sin vacilar. Pronto fue distinguible  una barcaza, y sobre ella, una figura que remaba sin prisa.
El miedo que se cernía sobre ellos era casi envolvente, paralizante. La intuición de que algo terrible se acercaba era tangible, la certeza de que habían dado por finalizada la historia antes de tiempo. Calista comenzó a temblar.
Los dos hombres intentaron alejarse de la orilla, pero sus pies parecían plantados allí, sobre las tablas húmedas del pequeño muelle. Cuando el barquero se hubo acercado lo suficiente, sus ojos no acreditaron lo que vieron. Aunque, en cierto punto, no esperaban otra cosa. No podía ser nadie más que Logan, con el rostro pálido y serio.
El terror los invadía, pero Logan no se acercó a ellos al bajar del bote, si no a Lady Winterlark.
―Una mala idea, arrojar el cuerpo de Caronte al río, una noche en la que el Támesis hace de Aqueronte ―sonrió burlonamente, como solía hacer en vida.
―¿Caronte...? ―gimió ella. Conocía de sobra el nombre del barquero del Hades, aquel que llevaba las almas de los muertos al otro lado. Pero jamás, jamás lo habría esperado de Logan. Ni de nadie.
Los dos hombres quedaron perplejos, esperando a que Logan riera el chiste. No era posible. No podía ser cierto. Tenía que estar bromeando.
―Ahora, querida, quiero los libros ―exigió, esfumando de su cara todo rastro de sonrisa.
―No los tenemos ―intervino Lord Winterlark con voz cansina, aunque estaba aterrado―, ¡no los tenemos!
Logan, o Caronte, se volvió hacia él y lo fulminó con la mirada.
―Usted no los tiene, milord. Usted.
Y miró a Lady Winterlark, que se abrazaba a sí misma, temblorosa. Sus ojos grises se cubrieron de lágrimas al dirigir la vista hacia su esposo.
―¿Calista...?
Logan no le dejó hablar.
―Sé que los tienes ―constató―. Cosiste las páginas a tus enaguas, sabiendo que nadie iba a buscar allí. Te vi revisarlos, en el coche, estabas preocupada. Antes no te importó. Leíste sobre los secretos de la muerte, y tu egoísmo no te permitió conservar la vida a tu alrededor. Te estás muriendo, Calista Winterlark, y lo sabes. La tuberculosis podría llevarte al otro lado antes que yo, o quizás no. No hay nada en esos libros que pueda evitarlo.
Lord Winterlark seguía prendado a la mirada de su esposa, sintiendo que una herida sangrante se abría en su pecho. Habría deseado que esa herida fuese real, y morir ahí mismo. Todo antes que presenciar la escena que se desarrollaba frente a sus ojos.
Se debatía entre el terror, la incredulidad y la desazón, incapaz de comprender que todos esos años de sufrimientos pudiesen haber sido evitados, que la mujer que amaba había tenido la clave para ello todo ese tiempo, y no había hecho nada al respecto. Tampoco podía creer que Logan fuese quien decía ser. Todo frente a él lo corroboraba, pero se negaba a aceptarlo. Era imposible.
El cochero no estaba mejor que él. Estático, su boca y sus ojos se hallaban abiertos, en una mueca de horror y asombro. Su curiosidad había sido saciada en demasía.
―No podía dárselos, Kenneth ―se defendió ella―. Tú no comprendes, no sabes lo que yo sé. Lo que hay en esos libros, Kenneth, Kenneth... ―rompió a llorar―. Valió la pena, todo lo que sucedió. Todo, absolutamente todo. Lo juro.
El barquero la miró con condescendencia, aquella expresión que los Winterlark tanto odiaban.
―Calista, Calista... ¿qué vas a hacer ahora? ¿cómo vas a mirar a la cara a tu esposo? ¿cómo podrías seguir viviendo luego de esto?
―Yo... ―pero no terminó. Tan sólo dejó que las lágrimas escurrieran por su rostro, derrotada.
―No voy a dejarte ir, Calista ―aseguró Logan―. Quiero esos libros, ningún mortal debe leerlos. Tampoco puedo permitir que sigas aquí, sabiendo lo que sabes. Así que tú decides. O vienes conmigo, y tu esposo y este cochero pueden irse, o me llevo a los tres al otro lado. No es muy difícil, en realidad. No suelo hacer tan malos negocios.
La mujer enjugó su llanto y caminó hacia su marido, temblando. Antes de llegar hasta él, un ataque de tos le hizo detenerse. Se miró las manos y se horrorizó al ver sangre. Se limpió en el sucio y destrozado vestido, y se lanzó en los brazos de Lord Winterlark.
―Te amo ―le dijo, antes de besar apenas sus labios por última vez. Él no contestó, no supo hacerlo. No supo si la amaba, si la odiaba o si sentía miedo de perderla. O si, tal vez, la certeza de perderla para siempre no le permitía reaccionar. No pensaba detenerla, por más que su pecho se contrajese y sus manos se crisparan, conteniendo la necesidad de salir corriendo y recuperar a su mujer. Una parte de su ser lo encontraba justo.
Ella no dijo nada más, antes de seguir a Caronte a la barca, sin mirar atrás. Lord Winterlark la miró partir, hasta que su silueta desapareció entra la niebla del Támesis. O quizás el Estigia, o el Aqueronte.
Así se quedaron, los dos hombres, contemplando por un largo rato el lugar en el que la barcaza se había desvanecido. Casi parecía que todo lo ocurrido había sido un sueño, o algo demasiado lejano en el tiempo y cuyo recuerdo se nublaba y carecía de sentido.
―¿Lo llevo? ―preguntó, al fin, el cochero.
Lord Winterlark sonrió con amargura.
―A un bar ―suspiró―. Necesito olvidar.
No tenía dinero, pero ya se las arreglaría de alguna forma. No le importaba demasiado, tampoco. No le importaba nada.
―¿Podrá?
Respiró profundamente. Evocó el rostro de su mujer, los años felices. Toda su vida, todo lo que tenía sentido, y todo lo que no. Los ojos de Calista al partir. Lo fríos que estaban sus labios en ese último beso. Lo lejanas que parecían ahora sus palabras.
―Puedo intentarlo.

14 de junio de 2011

Palabras trémulas

Si sé que estás a mi lado

 

no controlo el temblor






ese que ataca mi labio


y que me delata a tus ojos


esos que se clavan 


en mis pupilas turbadas





y exigen una respuesta


y anhelan una palabra




y abrigan una esperanza







y esconden todo


todo lo que yo quiero saber



pero es secreto





y mis pupilas no se atreven 


a intentar descubrirlo