16 de octubre de 2011

A veces me pregunto
cuantas horas podré robarle a ese reloj
antes de que los segundos
se vuelvan de piedra

cuantas veces podré
hacer eterno un minuto
y mecerme en los hilos
de un momento

y me encuentro con silencio
y las agujas giran tan lento
tan lento

cae la arena
(tic tac tic tac tic tac)
sobre mi pelo
palideciendo
en mis ojos
enceguecidos
tan rápido
y tan lento
tan lento




6 de octubre de 2011

Siete Galeras

Este cuento lo escribí hace unos cuantos años, para un trabajo de taller de lectoescritura -en el liceo-. La profesora nos había leído sobre personajes del Montevideo de principios del siglo XX, y en literatura dábamos la generación del 900. Así que la consigna resultó ser escribir un cuento sobre Siete Galeras.


La silueta inconfundible del llamado Siete Galeras se recortaba en la niebla de la ciudad de Montevideo. No había nadie en las calles, ni nadie se asomaba por las ventanas y terrazas, el silencio sólo era interrumpido por el viento sibilante. Hacía frío y el hombre buscaba refugio. 
Siete Galeras siguió caminando con tranquilidad, como siempre, como la gente acostumbraba a verlo. El frío se colaba entre sus harapos, sólo su cabeza estaba protegida de la ventisca por los numerosos sombreros que llevaba encima. 
 Pasando por un bar, escuchó risas y cantos. Un ligero olor a alcohol llegó a su nariz, y por un momento se sintió tentado de entrar, pero al escuchar una voz, desistió. 
Conocía a esa mujer, esa joven escritora, Vaz Ferreira. No le simpatizaba, era demasiado liberal para la sociedad actual, según su opinión. Paso de largo frente al bar, ya encontraría otro.
O tal vez, pasaría por lo del viejo Zorrilla a pedirle una copita, así recuperaría el calor en el cuerpo. 
De repente, un disparo quebró el silencio. Poco después, otro. La casa de donde provenía aquel sonido se fue rodeando de montevideanos curiosos, algunos con miedo, otros sólo para saber qué había ocurrido.
Los médicos se llevaron dos cuerpos, luego se supo que uno de los muertos era Delmira Agustini, asesinada por su ex esposo, que luego se había suicidado. Siete Galeras no aprobaba a esa mujer, pero aún así lamentaba su prematura muerte. 
El hombre continuó su camino lento y paciente, en otro día memorable del Uruguay del 900.