23 de junio de 2013

Sonreír con los ojos

Julián no entiende por qué a Sabine le cuesta tanto sonreír con los ojos. La ve desplegar sonrisas de dientes perlados, sonrisas que hechizan a su público, pero nada de eso es real.
Cuando están solos, en su apartamento, sabe arrancarle un par de sonrisas sinceras. No muchas, Sabine parece querer guardarlas para ocasiones especiales. Como la vajilla de la madre de Julián, que sólo usan cuando hay visitas. La que se llena de polvo todo el año, hasta  Navidad.
Sí, puede imaginar las sonrisas ocultas de Sabine cubiertas de las cenizas de uno de sus cigarros, consumiéndose junto a las palabras jamás dichas. 
Entonces siente deseos de abrazarla.  

16 de junio de 2013

Blues


La conoció una noche de agosto. Sabine cantaba blues en el escenario oscuro de un bar, de esos de los que tanto le gustaba escribir a Julián, ajena al público que era ajeno a ella también. La muchacha tan sólo contribuía a evitar el silencio en aquel lugar olvidado. A su lado, un hombre de aspecto sombrío hacía llorar a una guitarra. Sabine se mecía al ritmo de la música con algo parecido a una sonrisa en los labios.
Julián, sin embargo, no la ignoraba.
Había entrado a allí solamente porque la lluvia en el exterior era demasiado fuerte, y se le hacía imposible continuar el camino a casa en tales condiciones. Casi de inmediato había notado que no se trataba de la mejor decisión de su vida. El olor a alcohol y humedad, y la luz agónica y ambarina, habrían sido soportables de no ser por la clientela, que daba a Julián la sensación de ser extremadamente joven. Gente de risa gastada y ojos nublados, sosteniendo entre sus dedos arrugados vasos de whisky, parte indispensable de ese cuadro de bar de paredes ya casi sin pintura, vidrios sucios y mesas de madera vieja. 
Sin embargo, todo eso dejó de ser importante en cuanto Sabine comenzó a cantar.
Todo, absolutamente todo, dejó de ser importante.

2 de junio de 2013

Alturas

Concurso Nacional de Fotografía, Narrativa y Pintura (Italcred)

NARRATIVA. 2da. Mención.
Sofía Aguerre Castelli





Silencio. La calle está desierta y pálida, casi apretando los labios del frío. Por ahí se asoma ella caminando. Primero se sienten sus pasos, rítmicos, lentos. Aparece doblando la esquina. Tiene las manos en los bolsillos y la cara tapada por una gruesa bufanda. Odia el invierno. Odia el frío. Odia las bufandas y odia tener una rodeando su cuello.
Atraviesa la plaza solitaria. A esa hora todavía no hay nadie. Solía jugar, ella, en esa plaza. Trepar los toboganes del lado que no corresponde, llenarse de arena y volar en hamaca.
No hay nadie.
Mira hacia un lado, luego hacia el otro. Se fija la hora en el reloj. Va a llegar tarde.
Suspira.
Se gira y camina hacia los juegos. Lamenta haberse puesto esas botas, pero no piensa quitárselas. Entra en el arenero y pone un pie en la madera gastada del tobogán. Se sujeta de los fierros y se pregunta cuándo se volvió tan adulta como para preocuparse por el óxido. Poco a poco, cada vez más divertida, sube. Resbala un par de veces, pero ríe y vuelve a intentarlo.
Finalmente llega a la cima. Feliz, contempla el mundo desde la pequeña altura como si hubiese escalado el Everest. Se pregunta si el mundo se habrá achicado o si es ella que dejó que se encogiera.
Suspira, se sienta y se deja caer por el tobogán. Un placer más efímero de lo que le hubiera gustado. Se levanta, se limpia la arena y decide, con tristeza, que es hora de volver al trabajo. Igual iba a llegar tarde, qué importa.
Pensar en el trabajo le devuelve el frío. La llena de invierno.
Cuando llega a la vereda, nota que desde una ventana alguien la está mirando. Una niña, tendrá cuatro o cinco años, y ríe . Se siente descubierta, pero entonces nota que en la ventana no hay nadie.
Sólo está ella.
Ella, una niña.