17 de septiembre de 2015

Princesa astronauta en la órbita de Júpiter

¿Te acordás de cuando te prometí que no iba a escribir sobre las luces? Me besé el índice derecho, vertical y horizontalmente, muy rápido, para asegurarte que jamás incumpliría mi promesa.
¿Te acordás?
Bueno, te mentí.

Supe que iba a escribirlo desde el momento en que te juré que no lo haría. Tendrías que haberte dado cuenta, vos, que siempre me leías la mente incluso antes de que fuera capaz de pensar en algo. A lo mejor lo hiciste, pero preferiste ignorarlo.
Qué sé yo, ¿todavía te fijás en las luces? Hubo un tiempo en que no brillaban para mí. Quiero decir, sí, estaban ahí, con un resplandor falso, triste, sin sentido. Brillaban pero no, digamos. Como la luz huérfana de una estrella muerta, destinada a desaparecer. Así de dramático. Sabés que siempre me gustó exagerar.
Al final volvieron, pero no eran las mismas. Las de ahora no tienen ese nosequé capaz de robarme el aliento, ¿sería igual contigo? Mirá qué pregunta idiota, no me prestes atención.
En fin, se suponía que estaba acá para incumplir mi promesa, no para llenar la hoja de melancolía edulcorada y metáforas de bolsillo. Vas a tener que perdonar que, a pesar de todo lo que dije, sea yo quien no tiene muchas luces.

No me acuerdo de cómo te conocí. Dale, enojate, yo lo haría. Solo me acuerdo de que empecé a prestarte atención cuando contaste la historia de la princesa astronauta.
Al principio me reí, como todos. No te importó. Continuaste relatando acerca de quienes creen que las linternas del Salvo y el Barolo eran usadas para comunicarse a través del río. Me gusta más tu teoría de las naves espaciales.
¿Lo parecen, verdad? Siempre que cruzo la Plaza Independencia me pregunto qué pasaría si de repente el Palacio Salvo decidiera despegar, dejando atrás una estela de fuego y escombros. Te considero responsable de eso.
La princesa astronauta partió en su nave hace muchísimo tiempo, llevándose consigo un tercer palacio que nadie recuerda. El original, el que inspiró los otros dos, gigantes que jamás despegarán hacia el infinito. Soñabas con capitanear uno de ellos para descubrir qué había sido de la princesa.
¿Qué tan lejos se hallaría su nave? ¿Cuántos planetas habría alcanzado? ¿Cómo se verían las luces desde el espacio?
Las luces.
Vos decías que hablaban. Que nos susurraban sus secretos todo el tiempo. Un farol, el fuego, los autos formando un firmamento en la carretera. La luna no, la luna era sólo un eco. Creo que lo que no te gustaba era que no brillara con luz propia.
Pero eso me lo contaste sólo a mí, en confianza. Me pediste que no lo repitiera, que no escribiera al respecto, que era algo entre vos y yo. Y acá me ves.
Me enseñaste a reconocer los planetas a simple vista. No titilan, repetías, y yo intentaba recordar cuál era cuál. Venus, Marte, Júpiter, ¿qué importaba? A mí lo que me gustaba era escucharte, y a vos Júpiter, porque calculabas que la princesa debía andar por ahí, mirando la eterna tormenta roja y sonriendo.
¿Qué le dirían las luces a ella?
Quizás las linternas de los palacios sí hablaran de orilla a orilla, después de todo. O quizás la princesa está muerta y lo único que nos llega es su luz. No lo sé, me gustaría preguntarte. Eras vos quien sabías responder a este tipo de cosas. Yo nunca tuve demasiada imaginación, hasta me costó recuperar las luces.
Tampoco sé cumplir mis promesas. Es mucho lo que no sé, como podrás ver. Pero sería lindo poder volver a hablar de las luces contigo. Que me volvieras a dar clases básicas de astronomía. Que me narraras los viajes de la princesa.
Sería lindo saber si desde tu ventana se ve Júpiter.




Este cuento está publicado en la antología Hilando Historias (CreateSpace Independent Publishing Platform, 2014), que puede conseguirse acá: http://www.amazon.com/Hilando-Historias-Spanish-taller-literario/dp/1494974274/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1438738968&sr=8-1&keywords=hilando+historias