31 de marzo de 2016

Plumas de nieve

Lumi on syönyt kaiken
Routa raiskaa tämän maan
Joutsenetkin jäätyy kiinni jaloistaan

1

La música desaparece de los oídos de Ayn, y el sonido de los patines al deslizarse sobre el hielo es en lo único que se concentra mientras prepara el salto, patinando hacia atrás con la pierna izquierda en el borde exterior de la cuchilla, haciendo una curva. Con la otra pierna, entierra los picos del patín para impulsarse en el salto, y da tres vueltas en el aire, hasta aterrizar limpiamente con la pierna derecha.
Pero no termina allí. Apenas toca el hielo, se prepara para combinar el primer salto con otro, más simple. Cae hacia atrás, sobre la pierna derecha, finalizando la combinación.
El silencio se esfuma, la música regresa, el público rompe en aplausos.
Una combinación de Triple Lutz-Triple Loop perfecta.
Ayn lo sabe, por eso sonríe. Pero no se desconcentra, y sigue con el programa; nada puede fallar. Ella misma no se lo permite. Dando comienzo al Programa Corto, sabe que tiene que ser la mejor. Por eso está allí.
La música, Scheherazade, ya ha sido utilizada por grandes patinadoras antes que ella. Sin embargo, a Ayn le fascina y no le importa que luego la gente compare. Se deja llevar por la melodía mientras realiza varios giros, consciente de que su vestido reluce como una gema, y de que el público está prácticamente hechizado por sus movimientos.
Esa tarde, los saltos, los giros, cada figura, están saliendo espectacularmente bien. Ayn parece fluir sobre la pista como una energía misteriosa, una helada aparición.
Se siente totalmente libre en la secuencia en espiral; ama sentir el aire contra su rostro al deslizarse suavemente sobre el hielo. La velocidad es perfecta; la altura de los saltos, impactante; y la secuencia de paso intensa, manteniendo a todos con la vista clavada en ella, expectantes.
El Programa Corto termina con un último giro, y Ayn se detiene a la misma vez que la música, cuando el público empieza a aplaudir con fuerza. La chica saluda, sonriente, y se retira de la pista. Abrazada a su entrenadora, espera a las calificaciones de los jueces.
A pesar de saber que su actuación fue casi perfecta, no se sorprende al descubrir que está nerviosa. No lo demuestra, pero la llena de ansiedad saber qué puntaje ha obtenido. Los nueve jueces dan sus calificaciones, reveladas al público por los altavoces, y Ayn se siente desvanecer. Son tan altas…
Su puntaje final es de 61,95. En ese momento, su meta de ganar el Campeonato Nacional de Finlandia comienza a volverse real. Es el comienzo, se dice. Es el comienzo, y está siendo genial.
Se abraza nuevamente a Sini, su entrenadora, y se prepara para ver a las demás participantes. Espera que nadie la alcance, aunque todavía falte el Programa Libre. Quiere ganar. Tiene que ganar.
Pasea su vista por el público, que vitorea a una nueva patinadora. De pronto, se siente observada, lo cual es ridículo, porque hace bastante que las miradas se clavan sobre ella, esté en la pista o no. Sin embargo, esta vez es diferente. Siente sobre sí el frío de una mirada en particular, conocida, aunque no puede detectar exactamente de dónde proviene.
Nerviosa, busca su origen, pero el ruido, la música y los flashes la marean. Permanece sentada, aguardando. La chica que patina ahora lo hace muy bien, aunque comete un par de errores al aterrizar sus saltos. No puede recordar su nombre.
Ayn cierra los ojos e intenta calmarse. No deja que sus miedos la acosen, no de nuevo. Hace bastante que decidió olvidarse de ello, exactamente dos años. Desde entonces, no ha vuelto a pensar en su pasado, ni en aquello que podría arruinar su presente. Del futuro, ya se está encargando bastante bien.
Ahora, luego de una gran actuación, Ayn sólo quiere envolverse entre las cálidas mantas de su cama. Afuera el frío es desgarrador, pero en el interior puede olvidarlo. Olvidar el frío… olvidar la nieve. Olvidarlo todo, tal vez.
No, no todo.
El hielo ya es parte de ella.

[1] La nieve ha devorado todo/la escarcha ha violado la tierra/incluso los cisnes han quedado pegados al suelo, congelados. (Joutsenet, PMMP)



2

Salen de la Synergia-Arena. Ayn quedó segunda, detrás de una chica llamada Katariina Pieviläinen, pero por muy poco. De todas formas, esto le molesta y no puede evitar que una mueca de insatisfacción cruce su rostro.
Envuelta en un grueso abrigo, camina junto a Sini hacia el auto que las llevará de regreso al hotel. El frío se cuela entre la ropa, es invierno y nieva allí en Jyvaskyla. Diminutos copos helados que el viento mece sobre la ciudad, para luego vestirla de blanco inmaculado.
A Ayn no le gusta la nieve. No tiene problemas con el frío, ama el hielo. Pero la nieve… demasiados recuerdos. Con su pálida blancura, penetra en su memoria aunque ella no quiera, llevándola hacia ese helado dolor que había sentido en la pista. El mismo que la última vez que sus pupilas encontraron aquella mirada.
Nevaba aquel día…
— ¿Estás bien? — le pregunta Sini. Ayn demora un poco en asentir. No tiene ganas de explicarle el porqué de su semblante serio, cuando después de todo, acaba de obtener un puntaje muy alto.
Aunque sabe que debe apresurarse a subir al auto para no correr el riesgo de enfermarse, le cuesta caminar. Entonces es cuando lo ve. Lo siente como un golpe seco en la cara, tan inesperado como evidente.
Se detiene. Sini se da vuelta y la mira, interrogante.
— Un segundo — le pide. No sabe si habló correctamente o si su voz no fue más que un murmullo ininteligible. Sini asiente y se mete en el auto. Ayn permanece clavada en la vereda, con los pies rodeados de nieve. En frente, está él.
Viste de una forma que lo hace parecer mayor. No, no parecer. Es mayor, y se nota después de dos años. Está más alto, también. Es él quien cruza la calle hasta la chica, que se siente incapaz de dar un paso. No quiere. Es lo que viene intentando evitar durante esos mismos dos años.
El tiempo transcurre increíblemente lento hasta que lo tiene frente a frente, como si el aire fuese una masa densa, difícil de atravesar. Pero allí está, a centímetros de Ayn.
— Kaamos — susurra ella. Sabe que ese no es su nombre, pero siempre le dijo así, desde pequeña. No importa. Los nombres no son importantes. Contemplando la tonalidad azulada de los iris del muchacho, es fácil comprender el apodo. Sobre todo ahora, que lucen tan fríos como la luz invernal.
— Hola — dice simplemente él. Ayn siente ganas de golpearlo. Dos años de silencio, de calma, para que después aparezca en su vida sin consentimiento tan sólo diciendo «hola».
Sini abre la puerta antes de que la chica pueda contestarle.
— ¿Vamos? — inquiere. Ayn conecta con su mirada franca, nota su preocupación.
— Necesito hablar contigo — se apresura a decir Kaamos.
Ayn se muerde el labio. Le cuesta acostumbrarse a la gravedad en la voz de Kaamos. No es la misma que una vez supo reconfortarla, pero mantiene esa calidez propia del chico. Esa sensación tan parecida a la del hogar.
«No quiero hablar contigo. Te dije que no me buscaras. Te pedí que no volvieras a aparecer en mi vida. No quiero hablar contigo».
— Sini, debo quedarme un poco más. Lo siento — se oye decir, y siente que se traiciona a sí misma. No sabe por qué hace todo lo contrario a lo que su cerebro le indica. La entrenadora asiente, aunque queda un poco de preocupación remanente en sus ojos.
— Intenta no volver muy tarde.
Ayn no puede perder tiempo. Mañana es el Programa Libre, donde deberá dar todo de sí para ganar el campeonato. Siente una especie de puñalada en su pecho al recordar la música elegida para dicho programa.
Si hay algo así como el karma, o el destino, evidentemente no la aprecian demasiado.



3

Kaamos señala una moto estacionada a unos metros de ellos. Ayn espera reconocer en ella al vehículo con el que tantas historias compartió una vez, pero es otra. Baja la mirada y echa a andar junto al muchacho. Todavía le resulta insólito que esto esté pasando. Haber quedado segunda en el Programa Corto es algo casi irreal comparado con lo que está sucediendo.
Caminar junto a Kaamos parece salido de un sueño, al igual que el Campeonato. Tal vez, un sueño dentro de un sueño. La realidad desfigurada hasta perder sentido. A Ayn le resulta difícil de asimilar.
Kaamos sube a la moto y la invita a imitarlo, tendiéndole un casco. Tal acción podría parecer irrelevante, de no ser porque no es la primera vez que sucede. Kaamos hacía ese mismo gesto con la cabeza cada tarde, cuando pasaba a buscarla por su casa en Rovaniemi. Para Ayn, subir a la moto y envolver con sus brazos la cintura de Kaamos significa muchísimo más que eso. Lo siente en todo su ser, el mundo que ha logrado construir con tanto esfuerzo se desmorona más con cada roce.
Se reprende a sí misma por haber aceptado hablar con él. Por no tener la fortaleza para decirle que no. Tal vez, en el fondo, esperaba ese momento. Reflexiona acerca de ello, mientras ve pasar las calles de una ciudad que no conoce demasiado. Vino para competir, el tiempo libre lo ha usado para entrenar y descansar, no para hacer turismo. Sini la llevó, uno de los primeros días, a recorrer Jyvaskyla. Ayn recuerda un lago y árboles a la distancia, nada concreto. Lamenta un poco no haber prestado atención.
Hace tiempo que no le presta la debida atención a nada más que al patinaje. Dejar entrar en su mente a otras cosas es abrirle la puerta a recuerdos y sentimientos que podrían destrozarla.
Por eso dejó crecer el hielo, por eso no importa.
Cierra los ojos un segundo, e intenta dejar de pensar. No le resulta fácil, pero necesita desconectarse un poco del universo. El peso del pasado se agiganta a cada calle que cruzan.




4

Ayn se sentó en una roca a orillas del lago a contemplar a los cisnes nadar sobre la superficie cristalina. Le gustaba el color de sus plumas, tan blanco como la nieve. También le gustaba la nieve, aunque el invierno significara estar más tiempo adentro y abrigarse para no pasar frío.
La nieve, para Ayn, era sinónimo de chocolate caliente al lado de una estufa. De cuentos de princesas y dragones inventados por su madre. Navidad y cenas con la familia.
De todas formas, ella prefería el verano. Salir con sus padres a pasear por el lago, entre los árboles de hojas color verde oscuro. En sus seis años de vida, no recordaba haberse sentido más feliz que recibiendo los rayos cálidos del sol sobre su rostro, sentada junto al pequeño lago.
Los cisnes graznaban, agitando su plumaje níveo. Ayn no apartaba su vista de ellos, recordando una de las historias que le había contado su madre, sobre una princesa a la que un hechicero malvado había convertido en cisne. A la niña no le había parecido un castigo tan grande, dada la fascinación que sentía por dichos animales, pero entonces su madre continuó con la historia.
La princesa recobraba su forma humana al atardecer, para volver a convertirse en cisne al salir el sol. Tan sólo quien le jurara amor eterno podría romper el hechizo. En una de esas noches, ella y un príncipe se enamoraron. Su madre solía terminar la historia allí, aunque a Ayn le parecía que había aún más.
Al terminar de narrar, su madre siempre ponía un viejo disco de pasta, que le había regalado su abuelo de pequeña. Decía que esa era la música de la historia, que se trataba de un ballet. Ayn le respondía que algún día bailaría en el papel de esa princesa, y su madre sólo se reía y le decía que podría hacer lo que quisiese, siempre que se lo propusiera.
Mirando los cisnes del lago, la niña se preguntaba si alguno de ellos en realidad sería una princesa transformada, esperando por el juramento de amor que rompiera el hechizo. Pero jamás pudo quedarse allí lo suficiente como para averiguarlo.
Sus padres estaban unos metros más alejados, entre los árboles, charlando animadamente. Cada tanto le lanzaban una mirada para asegurarse de que todo estuviera en orden, mientras ella se dedicaba a observar silenciosamente el lago. Siempre había sido una niña más bien callada.
Fue ese el día en que Ayn encontró a Kaamos. O Kaamos encontró a Ayn. O que ambos se encontraron. Realmente, eso no es lo que importa.




5

Brilla el sol
no importa lo lejos
lo distante
el tiempo
ni la ausencia.
Brillaba el sol
aquella tarde
el verano
el lago
los árboles.
Brilla el sol
hoy
contigo
no importa nada
pero nada
contigo
brilla el sol.



6

Pronto llegan al puente Ylistönrinne, que atraviesa el lago Jyvasjarvi. Hace bastante que está oscuro, y las luces, reflejadas en la superficie congelada, lo convierten en un espectáculo a los ojos. Ayn no comprende cómo pudo no haberse fijado antes en un lugar tan hermoso.
Cruzan el puente a menor velocidad, sabe que Kaamos lo hace a propósito. En ese momento, a Ayn no le duelen los recuerdos. No le molesta el presente, ni se preocupa por el futuro. Tan sólo siente el calor del cuerpo de Kaamos junto al suyo, el aire helado en el dorso de sus manos, las luces del puente estallar en sus pupilas. Todo está bien.
Alcanzan el otro lado, pasan la universidad y Kaamos detiene la moto. Ayn desciende casi como si despertara de un sueño. Siente cómo la nieve se hunde bajo las suelas de sus zapatos. Cientos de árboles se extienden, vestidos de blanco, frente a ellos. Kaamos apoya el vehículo en uno de los gruesos troncos, y se vuelve hacia ella. Ya no puede estirar más el momento de hablar.
— ¿Tenía que ser en un lugar así? — pregunta dolida. Tan parecido a aquel, hace tanto tiempo.
— Sí — responde él, acercándose. La mira unos interminables segundos, luego levanta apenas las comisuras de los labios — . Cambiaste.
— Tú también.
— Te vi en la pista — continua él, todavía estudiando su rostro — . Genial, como siempre. Mejoraste muchísimo tus saltos.
— Gracias — murmura. Siente que el pecho va a quebrársele si siguen con esa conversación — . Dime, ¿qué era lo que querías hablar conmigo? Tengo que volver pronto al hotel…
Kaamos se mete las manos en los bolsillos del abrigo, como cuando algo lo perturba. Ayn conoce bien ese gesto, lo hace desde que eran niños.
— Me vuelvo a Inari — dice, respirando profundamente — . Quería verte antes de irme, y preguntarte por qué.
Ayn se queda muda. Sabe perfectamente qué por qué quiere preguntarle, pero le impacta que regrese a Inari. Que se vaya tan lejos, al norte. Casi podría decir que le duele.
— ¿A Inari? ¿Por qué?
— Mi madre murió — responde — , y mi padre me quiere consigo. Me voy pasado mañana.
— Lo siento — dice Ayn, sin poder creer que Leena haya fallecido. Adoraba a la madre de Kaamos. A su padre nunca lo conoció, pero sabe que estaban separados desde que él era pequeño, por ese motivo se habían trasladado a Rovaniemi.
— Necesitaba verte antes de irme — repite — . Tal vez porque me voy el mismo día que te fuiste tú, y todavía me duele que lo hayas hecho.
A Ayn se le corta la respiración. El solsticio de invierno, tiene razón. Ella se fue esa mañana, dejándole una nota en el libro que le tenía que devolver.
— Eso ya no es importante.
— Pero necesito que lo hablemos — insiste Kaamos — . Ya pasaron dos años, Ayn, y todavía no puedo sacármelo de la cabeza.
No sabe cómo explicarle, no encuentra las palabras. Hace rato que dejó de nevar, pero sigue haciendo muchísimo frío. Ayn no tiene claro si ese es el motivo de que le tiemblen las piernas.
Hace memoria y casi puede ver la nota, escrita con manos temblorosas y ojos empañados. Doblada y cuidadosamente guardada entre las páginas de Anna Karenina, como una bomba esperando para ser detonada.



7

Kaamos:
Me voy. No me busques. No voy a volver. Aunque escuches mi nombre, no trates de encontrarme. Sé que vas a estar al tanto de los campeonatos por Inka, pero preferiría que ignoraras mi existencia, si es posible.
No sé si ella tiene pensado seguir compitiendo, espero que sí, pero si alguna vez coincidimos, te pido que no te acerques a mí. No quiero saber de ti, ni quiero volver a verte. Nunca.
No me voy solo por ti. Tenía planeado viajar desde hace tiempo, y pensaba decírtelo ayer por la tarde, pero obviamente tenías cosas más importantes que hacer. Qué tonta fui.
Lamento no tener el valor para decírtelo cara a cara, pero creo que en eso estamos a mano.
Perdón, espero que seas feliz.
Adiós.



8

Tenía dieciséis años cuando se marchó. Consiguió, a través del que era en ese entonces su entrenador, contactar con una aún mejor en Tampere, al sur. Los tres sabían que era lo mejor para su carrera como patinadora. Además, allí había una buena universidad, donde continuaría sus estudios. Sus padres estaban de acuerdo y la apoyaban en todo. Era casi perfecto.
El día que finalmente tomó la decisión, Ayn tenía absolutamente claro que esos no eran los verdaderos motivos de su partida. Amaba Rovaniemi y no le habría molestado para nada estudiar allí. Su entrenador era bueno, y aunque era una chica ambiciosa, le tenía cariño. Podría haber seguido con él.
Pero no.
Lo que Ayn quería ahora era marcharse, irse lo suficientemente lejos como para olvidarlo todo y que dejara de doler. El dolor que le impedía quedarse era mayor que el amor que sentía por su ciudad, por su familia y por Kaamos. La dominaba por completo, y aunque sabía que era algo ridículo querer escapar de esa manera, no podía evitarlo.
No podía, y por eso se marchaba. Huía lejos del dolor, aunque supiera que el dolor se iría con ella a donde fuese, sin importar el tiempo y la distancia. Pero Ayn tenía sólo dieciséis años. Había muchas cosas que no comprendía entonces, y que tal vez no comprendería jamás.
Esa mañana, la del primer día del invierno, se encontró con Kaamos en su lugar, allí, a orillas del lago. Estaba congelado, sin cisnes nadando sobre la superficie como en la tarde en la que se habían conocido. Como la mañana en la que él la había besado por primera vez. Poco después comenzaron a salir.
Kaamos la saludó con un beso, y de inmediato se dio cuenta de que algo no andaba bien. No dijo nada, pero Ayn lo notó. Se sintió terriblemente culpable por ocultarle su partida, pero no era capaz de mirarlo a los ojos y decirle que se iba. Ni de explicarle por qué. Eso era infinitamente más difícil.
Así que se dedicó a disfrutar esos últimos minutos con él, estirados bajo un árbol, sobre la nieve. Callados, porque las palabras sobraban. Si no tenían nada para decir, mejor no decir nada. Ambos se daban cuenta de que algo estaba roto y no tenía arreglo. No eran necesarias ni la ira ni el arrepentimiento. No servirían para nada.
La fría y mortecina luz del invierno, kaamos, cubría la nieve de una hermosa tonalidad azulada. El color de los ojos de él.



9

Luz azulada, tus ojos
como el invierno
y sus tormentas
y su frío
y sus lamentos
y sus risas.
Luz que brilla
en tu mirada
que no se apague
por favor
no la dejes
apagarse.

10

Aquel día, el primero de todos, se encontraron a la orilla del pequeño lago. Kaamos era apenas más alto que ella, y caminaba entre los árboles con una mochila roja, decidido. No fue difícil para Ayn detectarlo, hacía tanto ruido que lo complicado habría sido no notar sus pasos.
— ¿A dónde vas? — le preguntó cuando pasó por su lado.
Kaamos dio un respingo, sin duda sorprendido.
— No te incumbe — contestó fríamente, antes de proseguir.
Por un instante, Ayn estuvo a punto de darle la razón y volver a sus asuntos, pero ya que aquel niño había interrumpido sus ensoñaciones, le parecía bastante justo molestarlo un poco.
— Sí me incumbe — replicó, con los brazos en jarras — . Resulta que este es mi lago, y no puedes pasar así como así.
— Este no es tu lago — contestó el chico, frunciendo el ceño.
— Lo es — insistió ella — . Soy la princesa de este lago — mintió, recordando la historia que su madre solía contarle.
Kaamos se rió.
— Eso es mentira.
— No, no lo es, ¿no ves mi vestido, y mi corona? — se señaló.
Daba la casualidad de que ese día había convencido a su madre para que la dejara ponerse el vestido de salir, blanco con tres flores del mismo color bordadas en la cintura. También le había hecho una corona de florecillas blancas que ahora ostentaba sobre su cabello castaño claro. Así, descalza, podía pasar perfectamente por una pequeña ninfa de los bosques.
A Kaamos le costó algo de tiempo caer en su mentira, pero Ayn terminó por conseguirlo. O eso creyó, porque mucho tiempo después se enteraría de que al niño le había resultado entretenida la historia, y solo por eso le había seguido la corriente.
De todas formas, ese día Kaamos la trató como a una princesa, con el debido respeto y tratos aristocráticos. Ayn se moría de risa por dentro, aunque mantenía la seriedad necesaria para continuar con su papel.
— ¿Cómo te llamas? — inquirió.
— Jaako Lassinharju, princesa — contestó él de inmediato, inclinando la cabeza levemente.
Ayn se acarició la barbilla.
— No me gusta ese nombre — lo miró a los ojos fijamente, y se sorprendió de no haber notado antes lo extraños y hermosos que eran, con ese color azulado tan parecido a la luz del invierno. Entonces lo decidió — . Te llamaré Kaamos.
— Está bien — aceptó él — , ¿vos cómo os llamáis, princesa?
— Me llamo Ruska — respondió lacónicamente, pensando que no había nada más bonito que la explosión de colores otoñales que recibía ese nombre. Si ella era una princesa, también quería cubrirse de hermosos ocres, púrpuras y dorados — ¿Entonces, a dónde vas? — preguntó nuevamente, antes de que exigiera saber más.
Sentados bajo uno de los árboles, Kaamos le contó que se estaba escapando de su casa. Pretendía volver a Inari con su padre, ya que él y su madre se habían mudado a Rovaniemi después del divorcio. No estaba de acuerdo con la decisión, extrañaba a sus amigos y quería volver a casa. Ayn le dijo que Rovaniemi era un lugar hermoso, pero que le deseaba suerte en su viaje de todas formas.
Un rato después, le dijo que tenía que irse, así que le dio un impulsivo beso en la mejilla y se marchó. Volvió a donde estaban sus padres cuando estuvo segura de que él ya no podía verla. No lo sabía, pero se encontrarían en la escuela cuando comenzaran las clases. Allí tendría que admitir que no era ninguna princesa ni se llamaba Ruska; y él, que no había logrado su objetivo, pero terminarían por hacerse amigos.
Años después, se enteraría de que el hechicero y su hija se presentan en el baile en el que el príncipe debía escoger esposa, engañándolo para que creyera ver a la princesa en lugar de a la otra chica. Entonces le declara su amor, y cuando se da cuenta del engaño, ya es demasiado tarde. El príncipe va al lago a buscarla, y aunque luchan contra el hechicero, no pueden hacer nada. Desesperados, se arrojan al lago y mueren. El hechicero muere debido a este acto de amor, y los espíritus de ambos jóvenes permanecen juntos para siempre.
Ayn siempre odió ese final. Toda su vida pensó que si el príncipe estaba tan enamorado de la princesa, debía haberse dado cuenta del error. Y también creía que podrían haber derrotado al hechicero, tenía que haber una forma. Era decepcionante saber que la historia que tanto amaba terminaba así. Que estuvieran juntos después de la muerte no le parecía un final feliz.
Cuando cambió el ballet por el patinaje, a los ocho años, comenzó a soñar con un programa con esa música. Tuvo que pasar mucho tiempo para que se decidiera a hacerlo, finalmente. Y justo cuando lo hizo, Kaamos volvió a aparecer.



11

— Te vi — confiesa Ayn, suspirando.
— ¿Cuándo?
Kaamos se acerca a ella, apoya una mano en su cintura, en el lugar exacto en que, debajo de la ropa de abrigo, tiene tatuado un pequeño cisne. Él lo sabe perfectamente.
— Con Inka — sigue ella — . En la pista, ¿recuerdas? Vi cómo la mirabas, tu sonrisa cuando logró hacer el Triple Axel… no pudiste disimular que te alegraba que ganara esa competición. Supongo que, en realidad, tan solo…
Calla, baja la mirada. Kaamos levanta la cabeza de ella desde el mentón para poder mirarse a los ojos, a Ayn le duele cuando se cruzan sus pupilas. Están a la orilla de otro lago, bajo otros árboles, y ni ellos son los mismos. Todo resulta extraño.
— ¿Tan solo…?
— Tan solo tenía miedo — completa la frase — . De ver cómo te enamorabas de Inka, de que la prefirieras a ella. No estaba equivocada, lo sé y lo sabes. Dolía demasiado perderte poco a poco, y por eso huí. Por cobarde.
Kaamos retira la mano de la barbilla de la chica, aunque mantiene la otra en su cintura. Ahora cuesta mantener el contacto visual. Ella no tiene palabras que agregar, él no tiene palabras que sirvan como respuesta. Pasa bastante tiempo para que alguno de los dos vuelva a hablar
— Igual dolió — dice él, contundente.
— Lo sé. Tenía la esperanza de que dejara de hacerlo, algún día. Aún la tengo.
— A mí me dolió. Me dolió muchísimo leer la nota, correr hasta tu casa para no encontrarte allí, para que me dijeran que te habías ido. Me dolió muchísimo más no tener idea de por qué no lo habías hablado conmigo, y no llegar a saberlo jamás. Me dolió horriblemente verte patinar en los campeonatos, siempre a través de una pantalla, nunca en persona, sabiendo que estabas ahí, en alguna parte, lejos. Me dolió tanto que llegué a pensar que no iba a aguantarlo.
Dice todo esto aumentando cada vez más el tono de voz. Ayn no aparta la mirada del suelo, de la nieve que aplastan sus zapatos. Sabe que tiene razón, aunque al partir no lo tuvo tan en cuenta como él lo merecía. Sabe que actuó mal, que no hay forma de que la perdone. No hay forma de que esos dos años desaparezcan, de que el dolor se olvide.
— Lo siento — susurra, tan bajito que no sabe si Kaamos será capaz de oírla. Pero sí, la escucha.
— No voy a perdonarte, Ayn — sentencia. Ella se lo esperaba — . Vine aquí esperando escuchar algo distinto, ¿sabes? — rió con una nota de amargura — Cualquier cosa, algo grave, no importa qué. Alguna buena razón para que te fueras, pero no. Resulta que sólo tenías miedo y por eso decidiste marcharte. Miedo — repite — . Te daba miedo perderme poco a poco y por eso preferiste hacerlo de golpe. El día que Inka logró el Triple Axel, en el calentamiento, me alegré porque pensé que eras tú. Sí, luego me percaté de mi error; sí, es cierto que nos acercamos demasiado; pero jamás habría sucedido nada si tú no te hubieras marchado.
Ayn siente la lágrima luchando por salir de su ojo, pero no la deja. No se permite llorar ante él, cuando es la única responsable de todo aquello.
— Lo siento — vuelve a decir, con la voz tomada — . Sé que no vas a perdonarme, lo sé, pero necesito que sepas que lo siento. Fui estúpida y egoísta. Lo sé y lo siento. Lo siento…
Ahora sí, rompe a llorar, contra su voluntad. Las lágrimas caen despacio sobre sus mejillas, y duelen por el frío. Sin embargo, ese dolor es nimio comparado con el que estalla en su pecho y viaja por todo su cuerpo, a través de sus venas. Quema como ningún otro, y no se va, no se va.



12

Duele
Se aferra a tu pecho
Te arranca la piel y sopla la carne
Duele
Sangra y te baña de tristeza carmesí
De lágrimas escarlata
De pena, de miseria
Duele
Duele muchísimo
Y no se va
No se va.



13

Kaamos la abraza por la cintura y la atrae contra su pecho. Ayn llora sobre él como solía hacerlo antes, con la misma seguridad, la misma calidez. Se odia por haberle hecho daño, por haber sido tan idiota. Estar con él le recuerda su error, su debilidad. Saber que perdió abrazos como este durante dos años, y que será así por toda su vida, le hace querer morir. Jamás se había sentido tan insufriblemente imbécil.
— ¿Ella sigue patinando? — pregunta mientras intenta calmarse.
— No — responde Kaamos con parquedad — . Se lesionó en el accidente, el mismo en el que mamá murió.
— Lo siento — repite Ayn una vez más — , lo siento.
Kaamos no dice nada. La abraza hasta que se calma, y luego, sin hablar, vuelven a subir a la moto para que él la lleve al hotel. Es tarde, la oscuridad de la noche sigue haciendo del puente una obra hermosa, pero para Ayn no tiene color.
El camino hasta el hotel pasa lento, demasiado para el gusto de ambos. El silencio les deja mucho tiempo para pensar, algo que ninguno de los dos querría. Al fin, llegan a la puerta del edificio. Ayn baja de la moto y le tiende el casco, intentando no mirarlo a los ojos.
— Suerte en tu viaje — dice Ayn, al despedirse. Aprieta los labios para no volver a llorar, no quiere hacerlo.
— Gracias — contesta él. Parece que va a agregar algo, pero no lo hace. Están tan cerca que a Ayn el resto del universo le resulta borroso, como cubierto por una cortina de agua. La distancia entre sus rostros es minúscula, incluso ya puede sentir el roce de sus labios sobre los suyos, cálidos, lejanos, hasta anhelados.
Pero antes de que algo así ocurra, Kaamos se separa de ella bruscamente.
— Adiós, Ayn — dice, subiendo a la moto. Se pone el casco y enciende el vehículo.
— Adiós, Kaamos — murmura Ayn cuando él arranca, aun sabiendo que no puede escucharla. Lo ve alejarse por la calle nevada, y se pregunta si volverá a verlo algún día.
No lo sabe, pero espera que no. No le gustan las despedidas, y con dos es suficiente.
Sí, está segura. Ambos ya tuvieron suficiente.



14

Ayn Selänne e Inka Pietilä nunca se habían llevado mal, a pesar de la sana rivalidad que compartían desde la infancia. Sobre el hielo, la competencia por lograr la perfección y superar a la otra era constante, casi obsesiva; pero fuera de la pista eran como desconocidas. Sus vidas personales no eran de interés, sino su desempeño como patinadoras.
De haber compartido clases alguna vez, tal vez habrían llegado a conocerse mejor, pero esto jamás había sucedido, y Ayn sólo le dio importancia a la persona que era Inka cuando Kaamos la miró de aquella forma tan diferente.
Hacía frío ese día, más del que podría llegar a sentir en Jyvaskyla o Tampere algún día. Rovaniemi estaba más al norte, capital de tierras laponas. Sin embargo, podrían haberse encontrado en pleno verano, bajo el sol de medianoche, e igual el pecho de Ayn se habría llenado de frío y escarpado hielo.
La competencia que se llevaba a cabo no tenía mucha importancia, pero de todas formas Ayn quería ganarla. El segundo puesto no era opción, no si quería ir a Tampere y trabajar con una entrenadora del nivel de Sini Täthi.
Kaamos la acompañaba, como siempre desde antes de estar juntos. Aún no se atrevía a decirle de sus recientes planes de mudarse, le daba miedo que no reaccionara bien. Los padres de Ayn se habían ofrecido a alquilarle un módico monoambiente en la ciudad, pero ella dudaba que su novio pudiera o quisiera ir con ella. Tal vez se enojara por no consultárselo.
Ayn quedó en primer lugar, esa vez, pero perdió más de lo que imaginaba. Inka no consiguió el Triple Axel durante su programa, pero sí en el calentamiento. Percatarse de cómo Kaamos se maravillaba de la otra patinadora, tener la premonición certera de lo que ocurriría, el miedo…
Todo eso fue suficiente para que Ayn se decidiese.



15

En el hotel, Ayn se deja caer sobre su cama de espaldas, mirando hacia la ventana. El cristal le muestra un paisaje helado, casi de cuento de hadas. Ella no quiere más cuentos, no quiere más nieve ni luz invernal. Sólo quiere dormir, entrenar y deslizarse sobre la pista.
Cierra los ojos, deseando con fervor olvidar los últimos momentos vividos. Dos años intentando sepultar todos los recuerdos, para que él viniera a verla, los desenterrara y se fuera, dejándola sola con el cadáver de su relación.
Ya pasadas la culpa y la tristeza, fluye por su cuerpo una rabia inmensa, la necesidad de responsabilizar a Kaamos de su situación actual. ¿Por qué tenía que ir a buscarla? ¿Por qué tenía que ser durante el Campeonato?
Lo que más le molesta es que, en lo más profundo de su ser, sabe que le alegró que lo hiciera. Que quiere volver a verlo.



16

Ayn ingresa a la pista para comenzar con el Programa Libre. Tiene la certeza de que, en algún lugar de la Synergia-Arena, está él. Aunque no pueda verlo, lo sabe. Eso la llena de desconsuelo, pero a la vez de ganas de hacer las cosas bien. Quiere ganar.
Cuando la música comienza, sabe lo que tiene que hacer. Conoce el programa perfectamente bien. Los giros, los saltos, todo. Esa tarde, parece que todo le sale como debe. El lago de los cisnes resuena por los parlantes, tal y como siempre quiso que fuera. La embarga una emoción extraña, no sabría decir si buena o mala, pero eso no importa. Se centra en cada movimiento, todo tiene que ser perfecto.
Se desliza sobre el hielo como un hada, vestida de blanco y con flores decorando el moño en el que ató su pelo castaño. Casi igual que aquel día de verano. Ahora ella es la princesa del lago, la que se convierte en cisne. Ahora es ella quien quiere ser salvada por un juramento de amor.
Ya perdió una oportunidad y lo sabe. Pero también sabe que una caída no significa que no pueda levantarse y continuar patinando. Después de tropezar, ¿quién sabe si no será capaz de realizar un salto perfecto?
Ella puede hacerlo. Kaamos se va mañana, el día del solsticio de invierno. Ella también se marchó un día así. Tal vez, entre tantas partidas, también se vaya el dolor. O la culpa, o los recuerdos.
Tal vez, algún día, la historia tendrá un final diferente.



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Adiós.
Qué palabra tan triste
tan dura
y tan frágil
cuando se sabe
sin duda
que es la última.


Este cuento está publicado en la antología Hilando Historias (CreateSpace Independent Publishing Platform, 2014), que puede conseguirse acá: http://www.amazon.com/Hilando-Historias-Spanish-taller-literario/dp/1494974274/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1438738968&sr=8-1&keywords=hilando+historias

5 comentarios:

  1. Que lindo, siempre quise patinar sobre hielo! :)

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  2. sofia, puff todavía estoy emocionada, metida en la historia, esa triste, amarga, pero preciosa que has construido. Me encanta tus descripciones, tiene que ser difícil describir esos movimientos, simplemente adoro como escribes. Una y mil veces más: NUNCA lo dejes, nunca dejes de escribir.

    un besazo preciosa.

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  3. Me ha gustado la entrada, profunda, helada, bella .

    Aquí me quedo, te sigo!

    Me gustaría que te pases por mi blog literario para ver qué te parece y si te gusta, sígueme :).

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  4. encantadora!! te felicitamos y te compartimos. felicidades!

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