1 de octubre de 2019

La cena del otro Montevideo

El otro Montevideo me toma por sorpresa. Se aparece al final de una 18 de Julio que resulta no ser el de mi Montevideo, sino uno más oscuro, lleno de ladrillos y edificios laberínticos. Espero un 121, pero el 316 que se asoma me sirve igual de bien. Al llegar a la parada, me choco con un niño. El niño se enoja, me dice algo, pero le pido disculpas y me refugio en el amontonamiento de gente. Es de noche y solo quiero volver a casa.

Al subir al 316, da la vuelta y se dirige hacia el otro lado, el que no me sirve. El conductor explica que se confundió de camino y debe dar un desvío, por lo que va todo por la rambla —una rambla que nunca vi— y de repente estamos en un auto gris, somos pocos y paramos frente a un restaurante.

El conductor comenta lo raro que le parece el local abandonado, que los demás vemos lleno de gente y de actividad. Al prestar más atención, distingo en el medio del local a mi tío y a mi papá. Quiero hacer algo para que salgan, pero sé que una vez que entre allí, estaré perdida. No puedo avisarles, no puedo moverme, solo puedo ver cómo disfrutan de una velada que, a ojos del conductor, no existe.

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